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Solteras a la fuerza

Tonatiuh
(Eduardo Salgado)

por Rafael Tonatiuh

Existen cientos de chistes sexistas donde los hombres son unos calientes y las mujeres unas zorras, y ningún género sale bien librado en cuanto a inteligencia, pero los chistes pierden gracia cuando afrontamos la dura realidad: la mayoría de los hombres estamos muy por debajo de la calidad (ética, estética y filosófica) de las mujeres, quienes se ven obligadas a permanecer solteras, o aceptar al menos gacho.

Decía Enrique Jardiel Poncela: “Las mujeres y los hombres se vuelven feministas cuando no saben agradarle al sexo opuesto”, pero ni yo soy feminista ni quiero agradarle a nadie (a estas alturas ya sé que mi target son las arqueólogas), sino que hago un análisis objetivo, científico y comprobable.

La mayoría de los hombres fuimos educados como imbéciles, con el objetivo de dominar y ser bien galanes, colocando la propia virilidad como el máximo valor que se puede tener en la vida. Si a eso le agregamos el infantilismo, la arrogancia y el pánico a las responsabilidades, tendríamos compasión por la oferta amorosa que reciben las mujeres.

Dice un lugar común: “A las mujeres no hay que comprenderlas, sino amarlas”, frase acuñada seguramente por un varón, pues de una forma aparentemente caballerosa quiere decir “Son estúpidas, pero no importa, pues están rechulas”. Reinterpretando el dicho, también podría significar: “La psicología de las mujeres es más compleja porque razonan y actúan con el cuerpo y la mente, según las cambiantes circunstancias de la vida; no como los hombres, más fáciles de entender porque son obvios, predecibles y actúan según fórmulas fijas y prejuicios”.

Nuestros diez principales defectos: 1. Siempre tenemos la razón. 2. Somos mandoncitos. 3. No envejecemos, nos hacemos interesantes. 4. Damos muchos regalos (no por generosidad, sino como una especie de soborno mezclado con la exhibición del poder adquisitivo). 5. Nos obsesionamos más con quienes más nos desdeñan. 6. Creemos que tenemos la obligación de ser infieles (y dejamos rastros, pues no creemos en la inteligencia de nuestra pareja). 7. Creemos que el alcoholismo es cosa de hombres. 8. Desconocemos la etiqueta, la higiene y las buenas costumbres. 9. Nos regodeamos de nuestra rudeza, la cual suponemos envidiable y atractiva. 10. Creemos que ser gandalla es síntoma de inteligencia.

Los homosexuales son un caso aparte, pues, sin generalizar, a muchos les gustan otros hombres precisamente por sus vicios (léase “desplantes de macho”), y lo que es peor: buscan a otros hombres por el simple hecho de ser hombres, sin importar que sean chaparros, gigantes, jóvenes, viejos, ricos, pobres, incultos, ilustrados, etc., y como prueba de ello están los famosos “cuartos obscuros” de sus antros, donde se practica el faje a ciegas, caiga quien caiga, le pese a quien le pese. Las lesbianas (biológicamente femeninas) hasta tienen más refinamiento para la promiscuidad, son más selectivas y parte de su erotismo consiste en ir al teatro, cenar con velas, platillos exóticos y vino y escuchar música suave.

Lamentablemente las mujeres le dan mucha importancia a eso de “tener pareja”, pues su sensibilidad las empuja a hacer actividades con alguien, a compartir, a socializar con una persona querida, pero ante el patético panorama sueñan con ligarse a un extranjero (de preferencia de un país nórdico), ya que resultan ser más polites, abiertos, sensibles, cultos y cooperativos, pero esos forasteros son gays, o están ocupados o sencillamente no les interesa “llevar una vida de pareja”, solo divertirse. Además, lo extranjeros no le quita lo masculinos, y en cualquier momento puede dar sorpresitas, como querer presentar oficialmente a su chica a su familia y allegados (cuál trofeo de caza), coleccionar muñecos de La Guerra de Las Galaxias, o ponerse el uniforme de un equipo deportivo y gritar como orangutanes.

Un camino es el lesbianismo, pero si éste no se asume como algo natural, sino como una salida fácil para la heterosexualidad frustrada, la perjudicada podría resultar su compañera (auténticamente gay o bisexual), quien sería blanco inconsciente de la agresividad de quien cambió sus preferencias sexuales sin mucho convencimiento, prefiriendo los penes de closet.

La soltería por decisión propia es la reafirmación de su amor propio, pero muchas no aguantan la soledad y/o la castidad, y ceden sus principios con tal de tener una pareja. Yo les he visto en reuniones, departiendo alegremente entre ellas, mientras sus maridos están en otra habitación, hablando de mujeres, deportes y política (sus temas favoritos, de los cuáles son “expertos”); su expresión corporal comunica: “El chiste está en seguirles la corriente, siempre y cuando nos cumplan, al cabo nosotras conocemos su calaña, mientras nos hacemos güeyes”.

Mi propuesta sería crear escuelas donde se nos enseñen cosas como limpiar lo que ensuciamos, cambiar las flores cada semana y no cerrarse con el carrito de compras a la viejita que se dirige a la caja del supermercado.

Lamentablemente, ningún varón se inscribiría, pues ¿para qué hacer un esfuerzo si nos puede aceptar cualquiera que esté aburrida después de los cincuenta años? Por eso nos seguimos reproduciendo y los genes no mejoran.

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