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Sobreviviendo a la alberca de olas

 EL ÁNGEL EXTERMINADOR

 

 Karina Vargas


Una breve descripción de la visita a algún parque acuático cercano a la CdMx puede hacerse con una adaptación del cuento más corto de Augusto Monterroso: “Y cuando despertó, el popodrilo todavía estaba ahí”, pero explicar toda la gama de eventos que ahí se desarrollan exige más palabras.


Las representaciones de la Pasión de Cristo durante Semana Santa no son las únicas costumbres que se siguen con rigor en esos días, también arribar a balnearios como Oaxtepec (próximamente Six Flags Hurricane Harbor), El Rollo en sus versiones Morelos y Acapulco, o cualquiera de las numerosas opciones que los estados vecinos ofrecen, son actos casi innatos del chilango promedio, y las facilidades que pequeñas agencias turísticas ofrecen alientan esa tradición. Por la singularidad de su nombre, Tepetongo, ubicado en Contepec, Michoacán, fue la selección a conocer y, tras pagar 250 pesos por un boleto con transporte de ida y vuelta incluidos, agendé mi recorrido para el Viernes Santo a las siete de la mañana.

Aparcados afuera del Metro Patriotismo, una fila de camiones amarillos custodiaban a una línea de madrugadores cargados con mochilas, garrafones de agua, flotadores en forma de llanta y casas de acampar, listos para abordar los vehículos y emprender la huida hacia los paradisiacos toboganes. Se dio la instrucción de subir a los autobuses y tras pasar lista, una de las organizadoras saltó de camión en camión para darnos la bienvenida, gritar un par de hurras y hacer hincapié en no olvidar el número de autobús en el que estábamos, pues sería el mismo que buscaríamos en punto de las 5:30 pm para regresar a la ciudad. Tres horas de viaje en un asiento pequeño y sin posibilidad de reclinarse dejaron mi espalda, cuello y retaguardia en peores condiciones que el ánimo de Ben Affleck al escuchar las críticas de Batman vs. Superman.

Sin indicaciones de dónde canjear los tickets que llevábamos e intercambiarlos por los que nos permitieran la entrada, nos esparcimos hacia las ventanillas, atravesando un estacionamiento exclusivo para automóviles desde donde se alcanzaba a ver una gran masa de gente que estaba en espera de su turno para entrar. Tras formarme en dos filas erróneas y sortear algunas carreolas cargadas de Tuppers y cacerolas, por fin escuché un aviso: “¡Para los que vienen del DF y Toluca, las taquillas 4, 5, 6 y 7 están abiertas!”, con lo que descubriría uno de los grandes problemas del lugar: poca señalización, acompañada de letreros diminutos.

Un puesto de Dorilocos (al cual recomendaría poner una foto de la famosa “niña Dorilocos” para atraer a más gente), un carrusel, un bazar de souvenirs y astas con banderas de Argentina, Brasil, Canadá, Belice, Colombia y demás países del continente americano al fondo aparecieron en el primer cuadro; caminé hacia una área de vestidores y entre torsos desnudos, olor a cloro, shampoo y humedad, no encontré ningún locker disponible. Caminé hacia el siguiente vestidor, pasando por una decena de espectadores que miraban a la orilla de una pequeña alberca a la clientela de los toboganes de menor altura.

Crucé en medio de otro local de recuerdos, el Aquadomo y una taquería que a primera vista explica por qué la gente prefiere llevar sus propios insumos: 50 pesos el taco de bisteck, 60 pesos el taco de alambre, etc. Llegué a la zona principal de albercas; los espacios con pasto y árboles circundantes ya estaban ocupados por casas de campaña, niños poniéndose el traje de baño, visitantes secándose y tomando el sol sobre sus toallas y señoras alistando el almuerzo. “Hamburguesas”, “Tlayudas”, “Hot dogs”, “Raspados”, “Bebidas”, “Piñas Coladas”, “Nachos”, eran de los letreros que se asomaban sobre unas cabañitas dispuestas alrededor de la alberca con mayor profundidad (1.10 metros), hileras de palapas apartadas con cúmulos de bolsas de mercado, equipaje y maletines antecedían a los toboganes más altos y a la última área de sanitarios y duchas. Un par de familias y yo encontramos un conjunto de lockers desocupados, alentándonos a guardar nuestras petacas, pero llegó pronto la desilusión: el costo de diez pesos por casillero aplica para cada vez que quieras sacar o asegurar algo, aunado al mal funcionamiento de estos guardarropas, que en cuestión de 20 minutos se tragaron un total de sesenta pesos.

Logré cambiarme y para cumplir con la orden de meterme a la alberca para vivir la experiencia completa, corrí a la alberca de olas, en donde un presentador hacía concursos de carretillas y otras suertes con algunos elegidos. Ahí comprobé que la mayoría de la población tepetonguera no sabe nadar, pues al sonar el pitazo que anunciaba el oleaje, la gente se arremolinó en la primera parte y menos honda del estanque, para sortear el movimiento, sin temor a ahogarse, dejando desértica la parte que anuncia más de dos metros de profundidad. Y cómo animarse, si en la mayoría de los espacios acuáticos los salvavidas parecían menos entrenados para actuar en momento de emergencia que Belinda en su papel para la próxima versión de Guardianes de la Bahía, lo que me llevó a otra conclusión del lugar: o dan por hecho que la gente es una experta nadadora o están al tanto de que sus huéspedes van solo a remojar el cuerpo, ya que no hay en ningún sitio un solo letrero de precaución o algún aviso mínimo de “no grito, no corro, no empujo, ni hago pipí en la alberca”, erizando mis nervios cada que veía a la gente trotando sobre el suelo húmedo.

Tanto en niños como en adultos, los bañadores de mil colores y formas dejaban ver el resultado de una estricta “dieta T”, así como el contenido de los recipientes llenos de ensaladas de atún, frascos de mayonesa, salsa Valentina, Paketaxos, Sabritones y refrescos tamaño familiar. Comer a la orilla de la alberca es una práctica habitual, al igual que encargar todo el equipaje a la abuelita, el abuelito o tía que solo va a eso, a tomar un baño de sol y prender el anafre. En un kiosco, el grupo Sepa La Bola comenzó a cantar sus versiones de bandas populares que iban de Los Ángeles Azules a Bronco, y cuyo vocalista se percibía contaba con una cultura muy chiquita, pues les gritaba a las edecanes, que lo ignoraban: “Vayan a preparar la comida” o “ya ni yo me ponía así cuando salí de Televisa”.

Con un vasito de michelada en mano, entré a ver el Aquadomo, donde los niños concentraban toda su energía, saltando de un minitobogán a una gruta artificial, observados por las figuras de animales que estaban sobre ellos. En medio de ese ambiente caluroso, en el que no se cumple la promesa de que el agua esté a 28°, porque todos salen tiritando luego de sumergirse, me bañé y salí a buscar el autobús número seis, recordando el documental La Horda, la felicidad fuera de la cancha, en el que participa Juan Villoro, donde advierte que las barras de fútbol son el espejo de la sociedad, oración que aplicaría sin duda a lo que pasa adentro de este bonito parque acuático.


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