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Sexo verde

arbol
(Antonio Helguera)

EL SEXÓDROMO
Verónica Maza Bustamante

Anoche, en la terraza del Howard Johnson Hotel Alameda, Antonio Helguera y yo presentamos nuestro libro El motel de los antojos prohibidos. Desde que me desperté, fue uno de los mejores días de mi vida. Muchas gracias a todos los que lo hicieron posible y me acompañaron.

Estando ahí, en pleno chou, uno de los asistentes me pidió que compartiera algún fragmento con el público de alguna de las "21 prácticas sexuales fuera del clóset", así que decidí leer unos fragmentos del capítulo ocho, sobre la dentrofilia, el cual comparto aquí para quienes tienen curiosidad por saber cuál es el tono y tipo de investigación que realicé.

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En su libro Elogio del insomnio, Alberto Ruy Sánchez me presenta a la fotógrafa Alicia Ahumada. Su capítulo "Velar en el bosque erotizado" comienza así: "Ya es una leyenda conocida incluso en las montañas Rocallosas: dicen que cuando Alicia Ahumada camina entre los árboles, algo se despierta en ellos". En sus imágenes, éstos se convierten en seres sexuados con vida, representantes de los rituales de fertilidad más ancestrales, odas a suaves entrepiernas de madera y liquen, desfiles de nalgas redondas y duras que se antoja tocar.

Hay mucho de poesía en ellas porque la artista capta una dimensión excepcional en la vida cotidiana, Eros apareciendo ante sus ojos, como señala el escritor: "En todos los árboles de este bosque, de golpe, su sexo canta, se muestra feliz o adolorido, es cicatriz o brote nuevo. Hay incluso extraños falos oscuros en árboles de cortezas claras, inquietantes como ramas interrumpidas en su decidido crecimiento horizontal. Tienen otro color y otra textura como si un estado de excepción los animara. El bosque todo es una erección de la vida. Y en otra rama, más cercana, un musgo púbico que tampoco es verosímil si no fuera porque está ahí, a la vista, sigue multiplicando ante nosotros el desfile carnavalesco de cuerpos que se revitalizan".

¿Cómo no desear pasar una noche en esos páramos, acompañados por Alicia y por Alberto, contemplando cómo el reino vegetal se transforma en una sociedad de cuerpos ardientes, sintiendo sus palpitaciones, las caricias de esas raíces que se enroscan, que son labios que acarician la tierra, entendiendo, al ver sus nopales, que "no hay vida erótica donde el corazón no conozca agujas, cenizas, espinas"? Como dice el autor de Los demonios de la lengua, "sabemos muy bien cuando los vemos que, aunque lo parezcan, estas plantas no son cuerpos. Pero disfrutamos su poder metafórico. Aceptamos a estas plantas como lenguaje: cuerpos de madera hablando de otros cuerpos como si fueran palabras para hablar del sexo".

Más allá de la poesía y la fotografía, los árboles, las flores, las plantas, los vegetales generan una atracción sexual real hacia ellos en muchas personas, que los llegan a usar como objetos sexuales, en cuyas manos y cuerpo se transforman en entes que les brindan placer e incluso les generan sentimientos amorosos.

Esta manifestación del erotismo suena extravagante. Sin embargo, muchos niños y niñas han descubierto el placer genital al frotarse contra un árbol para treparlo jugando a las escondidillas, al fingir que se monta un caballo o se vigila una fortaleza.

El químico y bioquímico Pere Estupinyà señala en su libro S=EX2. La ciencia del sexo que está comprobada la existencia de un periodo crítico "en el desarrollo de la conducta sexual, asociado a los primeros deseos, masturbaciones, orgasmos o actos en pareja, que puede condicionar las preferencias de costumbres o características físicas de futuras parejas. El grado en que esto es más o menos flexible y si está detrás de algunos fetichismos es algo que hasta la fecha ningún estudio científico ha establecido más allá de especulaciones y casos anecdóticos".

Es decir, no es común que en su adultez todos esos chicos busquen de nuevo sentir ese gozo con especies del reino vegetal, pero es muy probable que recuerden con cariño ese instante en que no querían bajar del árbol o insistían en subir y bajar de él, tallando su entrepierna en el tronco. En El siglo de las luces, Alejo Carpentier escribe: "Trepar a un árbol es una empresa personal que acaso no vuelva a repetirse nunca. Quien se abraza a los altos pechos de un tronco, realiza una suerte de acto nupcial, desflorando un mundo secreto jamás visto por otros hombres".

En un artículo escrito para el periódico La República, de Perú, el intelectual y periodista Marco Aurelio Denegri hace un recuento sobre la afinidad erótica de los seres humanos por objetos vivientes del reino vegetal. Ludwig van Beethoven, por ejemplo, fue un dendroerasta, como escribe Emil Ludwing en su libro Beethoven o la lucha con el destino: "Este hombre, que nunca en su vida cultivó con los seres humanos un trato tan confiado como el que mantuvo con los árboles, creció, él mismo, como un árbol".

El sexólogo Iwan Bloch señala que, en Lidia, el rey Jerjes "tributó a un árbol los honores y zalamerías que corrientemente se brindan a la mujer. Se condujo Jerjes en aquella ocasión como el más interesado y solícito de los pretendientes. El árbol lo había encandilado tanto, que el monarca persa lo cubrió de joyas y otros presentes".

Magnus Hirschfeld afirma en sus registros "haber conocido a un hombre cuya enamorada o, por mejor decir, idolatrada amante, era una encina. La encina estaba en Machnow, cerca de Berlín, y allí, todas las noches, furtivamente, iba anhelante el rijoso dendroerasta. Se arrimaba presto al árbol y lo abrazaba ardientísimo, como quien estruja a una hembra formidable; se movía entonces, en remedon copulatorio, hasta la consecución del clímax", revela Marco Aurelio.


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Robinson vaciló varios días a las puertas de lo que él llamaría después la vía vegetal. Volvía una y otra vez y daba vueltas en torno al quillay con aires sospechosos, terminando por encontrar insinuantes a las ramas que se separaban bajo las hierbas como dos enormes muslos negros. Por último se tendió desnudo sobre el árbol abatido, agarrándose al tronco con sus brazos y su sexo se aventuró en la pequeña cavidad musgosa que se abría en el punto de reunión de las dos ramas. Un aturdimiento dichoso lo invadió. Sus ojos semicerrados contemplaban mareas de flores de carnes suaves que por sus corolas inclinadas vertían efluvios densos y embriagadores. Entreabriendo sus húmedas mucosas, parecían aguardar algún don del cielo, surcado por el vuelo perezoso de los insectos. ¿No era acaso Robinson el último individuo del linaje humano llamado a retornar a las fuentes vegetales de la vida?

La flor es el sexo de la planta. La planta con ingenuidad ofrece su sexo al recién llegado por ser lo más brillante y perfumado que posee. Robinson imaginaba una nueva humanidad en la que cada uno llevaría con orgullo sobre su cabeza los atributos machos o hembras enormes, coloreados, olorosos [...]

Michel Tournier en Viernes o los limbos del Pacífico.

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