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'Seinfeld'

Seinfeld
(Ric Reyes)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Rafael Tonatiuh

En una época muy rara de mi vida, entré en estado elevadamente paranoico, por el consumo excesivo de cierta vitamina B que ya no existe en ninguna farmacia (katovit). Todo lo analizaba a detalle, en mi mente justificaba que conspiraban para matarme.

Nada lograba tranquilizarme hasta que descubrí el programa de televisión Seinfeld por las noches, que me hacía reír y tranquilizaba mi espíritu.

En la actualidad, cuando miro un capítulo viejo, reflexiono sobre su poder sanador y descubro que lo que alivia es su manera de revelar lo milagroso dentro de lo cotidiano. Transmite inmortalidad, porque sus personajes son tan arquetípicos como Zeuz o El Avaro o el refresco que agarra Kramer del refrigerador de Seinfeld, sin su permiso y que obliga a Seinfeld a cobrárselo, despojándole al drama de su ropaje de suceso cotidiano inadvertido.

En el guión, Jerry Seinfeld y Larry David se transcriben a sí mismos, actuando dentro de un grupo de personajes de clase media, que hacen lo que todo el mundo: vivir como pendejos, pero en tragedias estúpidas e hipercotidianas que revelan su naturaleza, espejo del espectador, con el realismo mágico típico de la anécdota que cuenta el peluquero de la esquina, rememorando personajes míticos del barrio, como el vecino del edificio de enfrente, que en las noches se pone bien pedo y grita que quiere “que todos se enteren que es bien chingón”, o el pendejo de la cuadra que les compró tenis a todos los hijos de la mujer que se quiere ligar.

Lo que nos da serenidad, confianza en el orden cósmico, es saber que todo seguirá igual: la tienda de abarrotes, la señora que emborracha a su perro, el sanguijuela que siempre está recargado en la puerta del edificio y conoce la historia de todos. Nos alegra que todo eso va a perdurar, porque equilibra las energías que actúan cotidianamente.

La observación del detalle deriva del tipo de comedia que realiza Jerry: stand up, haciendo reír él solo frente al público, contando cosas frente a un micrófono. En el stand up, Jerry se pregunta, por ejemplo, cuál es el sentido de los lavabos que abren y cierran el suministro de agua sin usar llaves, sino pasando la mano por el hoyo de la llave, verbalizando: “¿Acaso creen los dueños de los lavabos que vamos a dejar abiertas las llaves y salir corriendo, pensando: Jajajá, logré salir corriendo del lavabo sin cerrar las llaves?”.

Seinfeld desarrolla el típico humor judío, cuya tierra prometida es Nueva York, tierra de SNL, ciudad que en la serie de televisión nos recuerda el enigmático Londres de 1800 de Robert Louis Stevenson, en Las nuevas noches árabes, cuyas fachadas brindan serenidad, pero que dentro de sus habitaciones puede ocurrir algo inenarrable, tipo la tienda de aparatos eléctricos que esconde un calabozo para perversiones sexuales en Pulp Fiction, pero en más cotidiano, como Kramer alojando japoneses dentro de los cajones de su ropero.

El humor judío tiene qué ver con cierto temperamento cínico, atrevido e intelectual, que aparece incluso en la tradición mística hebrea, pues la Santa Cábala admite que “lo Negativo es parte inseparable de su polaridad Positiva y es sagrada”. Caer, romper la vasija, equivocarse forman parte de la dinámica de la vida: “Haremos y ecucharemos” (es decir, regarla y aprender de los resultados).

Aunque la serie lleve el nombre de su protagonista: Seinfeld, lo que lo hace entrañable es el séquito de los cuatro amigos básicos: George Costanza (Jason Alexander): naquísimo y rudimentario neurótico pelón con suerte; Elaine Benes (Julia Louis-Dreyfus), sofisticada, atractiva y pretenciosa, y el excéntrico Kramer (Michael Richards), de pelos parados, playeras locochonas y carácter nervioso, quien realmente es el personaje más atractivo de la serie, pero por la naturaleza de su personaje siempre debe permanecer en segundo término, pues su gracia consiste en representar la locura del otro lado de la puerta, pues hace lo más inusitado y es el más loco pero, extrañamente, el único con el que conversa el Nazi de la sopa.

También son sensacionales los machos gays agresivos que golpean a Kramer en aquella marcha por el orgullo gay, por no quererse poner el distintivo del arcoíris, y quienes, en otro capítulo, le roban un ropero en plena calle.

Mención aparte merece el capítulo cuando todo sucede en un estacionamiento del que no pueden salir, muy buñuelesco y surrealista.

Seinfeld es el programa que “se trataba de nada” pero que en realidad trataba sobre lo evidente, de lo que tenemos tan enfrente que nos parece admirable cuando se analiza a detalle, hasta provocar la epifanía de lo admirable.

Ahora que Seinfeld cumplió 25 años de su salida al aire, regresan a mi mente aquellos momentos de paranoia, cuando creía que alguien quería exterminarme, pero también regresa el bálsamo de la risa, haciéndome aterrizan en la locura cotidiana, pues Seinfeld ponía las cosas en su justa medida: todo es bien pendejo.

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