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Sangre, sudor y lava

(Especial)
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Verónica Maza Bustamante

Las leyendas del volcán

     La leyenda de los volacanes Popocatépetl y el Iztaccíhuatl se ha ido perdiendo con el transcurrir de los años y ahora son pocos los que la conocen. De hecho, buscando en internet me topé con dos versiones diferentes que, a pesar de todo, guardan ciertas similitudes. Una, la más sencilla de las dos, cuenta que Iztaccíhuatl, hija de un señor poblano, se enamoró de un guerrero llamado Popocatépetl. Su padre puso como condición para que se pudieran casar el que él venciera a los jefes de los pueblos enemigos. La guerra duró varios años y cuando por fin pudo regresar, se enteró de que su prometida había muerto. Para honrarla, Popocatépetl mandó que 20 mil hombres construyeran un cerro. Después, tendió a su amada en la cumbre y se quedó de pie junto a ella, alumbrándola con una antorcha encendida. Desde entonces, a Iztaccíhuatl se le conoce como “la mujer dormida” y al Popo como “la montaña que humea”.

     La otra epopeya, publicada en el libro Leyendas mexicanas de antes y después de la Conquista, vine de “los tiempos en que se adoraba al dios Coyote y el dios Colibrí; cuando en el panteón azteca las montañas eran dioses y recibían tributos de flores o de cantos, porque de sus faldas escurría el agua que fertiliza los campos”. La historia habla de Xochiquetzal, mujer enamorada de un guerrero azteca y traicionada por un tlaxcalteca, que la hizo su mujer después de decirle que su amado había muerto en la guerra contra los Olmecas y los Zapotecas.

     Cuando los aztecas regresaron abatidos, después de haber perdido la batalla, el guerrero descubrió el engaño. Sin pensarlo dos veces, esgrimió su macana con “dientes de jaguar y de jabalí incrustados” y se enfrentó al tlaxcalteca. Cuando ganó la pelea, buscó a Xochiquetzal, pero la encontró muerta a mitad del valle porque “no había podido soportar la pena y la vergüenza de haber sido de otro hombre”. El guerrero se arrodilló a su lado, lloró y la cubrió de flores de xoxocotzin. Entonces la tierra se estremeció y ocurrió un cataclismo; “cayeron piedras de fuego sobre los cinco lagos, el cielo se hizo tenebroso y las gentes del Anáhuac se llenaron de pavor”.

     Al amanecer, donde antes era valle, aparecieron dos montañas nevadas. Una tenía la inconfundible forma de una mujer recostada sobre flores y la otra la de un guerrero arrodillado. Desde entonces, esos dos volcanes son conocidos como Iztaccíhuatl y Popocatépetl. En cuanto al tlaxcalteca, la tradición dice que fue a morir cerca de su tierra y se convirtió en una montaña a la que llamaron Poyauteclat y posteriormente Citlaltepetl o Cerro de la Estrella, porque “desde lejos vigila el sueño eterno de los dos amantes a quienes nunca podrá ya separar”.

     La leyenda me hace pensar en la posibilidad de que el Popo y el Iztla se lleguen a desligar luego de una erupción más grande. A estas alturas uno pide que, como en telenovela del Canal de las Estrellas, los protagonistas del relato sigan juntos por toda la eternidad y tengan unos montecitos como fruto de su amor. Porque, además, tienen todos los elementos para lograrlo: en la época prehispánica, la región volcánica fue conocida como Tamoanchan, lugar donde, al principio de este Sol, Quetzalcóatl molió los huesos divinos y se sangró para dar origen a los hombres (de paso, también creó el maíz).

     Existe otra interpretación colonial que asegura los ancianos olmeca-xicalanca llegaron a las estribaciones del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl buscando “el suelo florido de la suave vida, que se llama Paraíso Terrenal”. Cuando arribaron ahí, alcanzaron a ver de dónde manaba el agua. Desgraciadamente, en la actualidad la zona de los volcanes dista mucho de ser un paraíso y de agua ya no se ve nada, aunque en este relato podemos encontrar una posible explicación al hecho de que los habitantes no se quieran salir de su terruño (pese a que el rito haya perdido su mito en los jaloneos posteriores a la conquista): Según el libro Los volcanes, símbolo de México, vivir en vecindad con el paraíso Tamoachan entrañaba ciertas obligaciones, entre las que se encontraba el cuidar del adoratorio y las fuentes de agua.

     Cuando se formó el volcán base, llamado Nexpayantla, hace más de 30 mil años, y después surgió en una segunda etapa el Popocatépetl, los residentes sabían que por mucho tiempo estaría en activo (entre 1347 y 1992 se registraron unas 20 erupciones de diversas magnitudes). En ese tiempo habitaban en sus faldas y laderas mamíferos como el puma, el venado, el coyote, el lobo y la zorra gris. Ahora sólo quedan liebres tordas, conejos mexicanos, cacomixtles y una que otra comadreja.   

     También existe otra vertiente que no hay que pasar por alto: el volcán convertido en un suerte de profeta del nopal, conocedor de los sucesos futuros. Una de las primeras fumarolas que lanzara quedó marcada en la memoria de nuestros antepasados porque coincidió con la muerte de uno de los fundadores de México, Tenuch, suceso que, además, coexistió con una plaga de langostas y sequía en Chalco.

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