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En El Salvador, ruta de paz para no olvidar la guerra

Llegué a El Mozote por lo que algunos en esta región llaman “turismo de guerra”: visitar antiguas trincheras de la guerrilla y sitios donde se libraron enfrentamientos, incluso conocer un campamento guerrillero simulado y ver alguna de las bombas lanzadas por el ejército y el agujero que dejó en la tierra.

Varias veces me rehusé a ir a esa región del El Salvador, porque siempre creí que el turismo de guerra es un sinsentido. Creía que no era necesario estar ahí para conocer el horror de lo sucedido. Sin embargo, un hombre mayor me hizo cambiar de opinión: “No importa lo que creas saber de mi país, porque no lo conoces realmente si no has ido a El Mozote”.

El monumento está justo en el centro del pequeño pueblo, al lado del kiosco, donde unas guías entrenadas por Rufina Amaya, sobreviviente de la masacre y fallecida en 2007, se acercan a los visitantes para contar los horrores de aquel operativo que duró tres largos días de un diciembre de 1981, en el cual fueron asesinadas más de mil personas.

Dividida en bloques, la lista de nombres cubre una pared de varios metros de largo. Frente a ella se ha construido una escultura metálica de la silueta de una pequeña familia que pretende materializar el profundo vacío que dejaron las personas asesinadas durante el mayor acto de violencia contra la población civil cometida por agentes del gobierno durante la guerra salvadoreña. Lo que sucedió hace 32 años en la zona de El Mozote es infinitamente más doloroso de lo que un monumento puede expresar.

La historia de El Salvador no puede explicarse sin hablar de la enorme desigualdad entre los más pobres del país y los dueños de enormes latifundios durante los primeros años del siglo pasado; algunos siguen siendo los mismos. Una sucesión de gobiernos militares dirigió el país en medio de la inconformidad de la población y una represión continua y violenta. Eso fue lo que dio paso a principios de los ochenta  a un levantamiento armado contra la dictadura por parte de un frente unido para la liberación nacional bajo el nombre de Farabundo Martí.

El gobierno dictatorial sometió al pueblo a través del combate y el exterminio. El Mozote, en el departamento de Morazán, fue un capítulo más de ello; el gobierno desplazó hasta ahí tropas del Batallón de Infantería de Reacción Inmediata, conocido como Batallón Atlacatl. Aquel día, los habitantes del pueblo fueron informados que serían protegidos del combate y que recibirían alimentos. Los pobladores de caseríos cercanos aprovecharon el llamado y se congregaron donde el ejército esperaba para matarlos. Los niños no se salvaron, varios años después se encontraron los cadáveres de 420 de ellos y de más de 500 adultos.

Para llegar a El Mozote manejé más de tres horas desde San Salvador, recorriendo un camino que hoy se llama La ruta de la paz para honrar la memoria de los caídos durante la guerra civil. Conduje entre el verde follaje de los caminos salvadoreños y el cobijo del mismo cielo azul al que el grupo U2 hace referencia en una canción “Bullet The Blue Sky”, compuesta por Bono tras visitar El Salvador, en 1985. Viajé debajo de ese cielo que varias veces se cubrió de balas y bombas no para conocer la historia de este pequeño país centroamericano sino para ayudar a mantener vivo el recuerdo de las más profundas heridas de El Salvador, para que no pueda repetirse y que nadie pueda volver a decir que no sucedió.

Gustavo Andrade

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