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Rodeo Revillagigedo, diversión ‘kitsch’

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Karina Vargas


Una construcción vieja, a espaldas de la estación Juárez del Metro, aloja una pista de baile donde el alcohol, la danza y el galanteo se consumen sin licencia, ajustando así el célebre dicho del Benemérito: el respeto al disfrute ajeno es la paz.


El reloj rebasa las 17 horas. Atravieso la Alameda en busca de parejas que dispongan su camino al evento que presidirá el grupo musical bautizado con el gentilicio arrabalero de “Los Pipopes” (pinche poblano pendejo), y a cambio, veo familias que gozan a apretujones de un paseo alrededor de los jardines, marchitados por la contingencia, que rebosan sobre avenida Juárez, conformando el perfil contemporáneo de la tarde dominical con la que Diego Rivera soñaba pintando un muro.
  Las reseñas que circulan desde hace algunos años sobre este “antro clandestino” describen a los asiduos como gente dedicada a la construcción y al servicio del hogar —vulgarmente conocidos como chachas y albañiles— que ya no aprovechan su descanso para caminar tomados de la mano, mientras comparten un bote de esquites sobre el parque central, sino para soltar la polilla y despilfarrar en una cerveza la paga de la semana o el mes. Al contrario del gremio godínez que el domingo descansa, pues ya tuvo el juevebes, beviernes y sabadrink para mover la cadera en algún bar cercano a la oficina: eso lo que hace la distinción ¿no? el día de recreo y no la facha, el oficio, ni la solvencia.

Recorro la banqueta de la plaza comercial que une a Balderas con la rúa principal, donde un montón de paseantes hacen fila para engullir un cono de helado o un café de importación gringa, ignoro la fachada impecable del hotel Hilton y llego a la calle Revillagigedo. A la par de mis pasos se van asomando grupos de chicos que están en espera de un encuentro con alguien, tal vez una cita, un dealer o el destino. Voy hacia Artículo 123, siguiendo la dirección que aparece en el sitio que tiene el Rodeo en Facebook, escolto sin querer a dos caballeros vestidos con saco, pantalón y zapatos sin calcetín que van riendo con porte aventurero; los rebaso y ante un edificio casi en ruinas pregunto si es ahí el famoso rodeo. “Si amiga, pásale”, le doy gracias a mi nuevo amigo, subo unas escaleras improvisadas y estiro mis brazos para que una vigía revise si en mi cuerpo o en mi bolso no cargo con algo prohibido. Tengo suerte de que no hayan pedido alguna identificación oficial: de otra manera  habrían notado que voy por la vida sin documentos, al igual que las chicas con cara de niñas que entran después que yo.

“Pagas adentro y dejas tus cosas en paquetería”, comenta un guía, deposito la cuota frente a la cajera cincuentona y me adentro entre las paredes roji-amarillas. A primera vista, esto bien podría ser una fiesta de pueblo. “EN PA-QUE-TE-RÍA”, me espeta una guardiana y obediente llevo mis pertenencias hasta el guardarropa, pago quince pesos y despido la cartera con un hasta luego acompañado de una bendición. La planta baja se cubre de gloria sosteniendo a la mayoría de jóvenes danzantes que mueven su cuerpo al compás que tocan los poblanos. Pseudocumbias retumban en los plásticos que cubren la cúpula del edificio y, sumergida en las anatomías danzantes, llego hasta el fondo. Subo por las enclenques escaleras de metal, en medio percibo una salida de emergencia y al arribo de la primera planta se organizan encuentros de baile y cortejo. Grupos de chicas en un lado, los hombres del otro, vislumbrando a la víctima que baile con ellos o si tienen suerte, les acepten una copa, luego otra y culminen en una habitación de hotel.

Sedienta, en una de las cuatro barras  intercambio 25 pesos por una lata de cerveza y me conduzco hacia el otro extremo del primer piso. La luz azul alumbra a una rubia en espera de que alguien la invite a interpretar una pieza y a unos metros de distancia una veinteañera cubierta de mezclilla dirige una mirada despectiva a dos tipos que le piden bailar “Amor de pobres” junto a ellos; a cada uno le corresponde un no y se diluyen entre los demás presentes. Aquí no hay chicas invitando a ningún hombre, igual que las parejas gay alumbran con su ausencia.

El famoso presentador, mejor conocido como el Pelón, según la información del cartel, aparece para llenar el escenario mientras sucede el descanso de los músicos poblanos; regala pósters y flanqueado de dos edecanes sorprende con unas cajas rebosantes de dulces que avienta al público cual piñata recién reventada y después reparte peluches. Alzo la mano para recibir algo y me llama al escenario para elegir, de entre los nenucos y animales, algo de mi agrado. Elijo un aborto de conejo y huyo hacia el baño. Le entrego tres pesos a la celadora-vendedora de dulces y distingo un cartel que anuncia “Cuida tu salud, usa protección… disponible en paquetería”; ahora pienso que podrían ampliar su negocio vendiendo silbatos por si alguien quiere demandar acoso. Paso junto a unas escaleras que van hasta el equipo de ingenieros de audio y percibo debajo de los escalones a una pareja solitaria dándose cariño con arrumacos y besos, igual que una que otra dupla que habita algún rincón del lugar, cuidando que ningún guardia con playera blanca los increpe para obligar su separación. Regreso a la planta baja, dudando en invertir cuarenta pesos en una cerveza grande o comprar otra lata, elijo la segunda opción y me abro paso entre la multitud sudorosa que continúa con su lección de baile. Reconozco de reojo a los chicos de traje que vi sobre la calle, ahora ríen mientras ven un pequeño slam y determinan a quién incitarán a bailar. Varias tribus urbanas se aglomeran aquí, vistiendo sus mejores galas, deseando olvidar el cansancio de la jornada y las fosas clandestinas, mientras despliegan el salario mínimo. Escapando de este círculo en el que espero no me cobren por salir, despido alrededor de las ocho de la noche a los que no lograron cubrir el cover de cien pesos para entrar y pienso que, aunque no regresaría nunca, aplaudo la existencia de este lugar, porque lo que es el paraíso de corrupción para unos es el oasis, en medio de la pretensión, para otros.

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