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Rockabilly: es bueno estar vivo

Daniela Alcalá se maquilla cuidadosamente (ceja en perfecto ángulo, tono exacto de labial), acomoda su cabello en una especie de rizos (victory rolls, aclara), se pone un vestido de flores y, cuando acaba, luce como salida de un afiche de mediados del siglo pasado. Veterana en cuestiones de rockabilly, tiene como misión adentrarme en esta subcultura chilanga.

La música rockabilly no llegó masivamente a nuestro país en el siglo XX. Acá los rockeros eran Enrique Guzmán y César Costa, mientras en esos años los hillbillies sureños de Estados Unidos mezclaron el rock and roll con instrumentos casi caseros, batería que se tocaba a pie y contrabajo, que le darían el sello a este estilo musical: rock + hillbilly= rockabilly. Asociado a la clase baja, no tiene un discurso social evidente: no hay una rebeldía contra el sistema como en el caso del punk, por ejemplo. Es simplemente la diversión.

Sigo a Daniela a una cafetería de la colonia Roma ambientada al estilo cincuentero, que incluye un cádillac, figura de Elvis Presley y luces de neón. El menú se compone de hamburguesas y malteadas, como debe de ser, y en el pequeño escenario un grupo toca canciones de los Teen Tops. Es el Be-Bop Diner, lugar de nostalgia, donde lo mismo hay abuelos que recuerdan la música rucanrolera que adolescentes atraídos por esta cápsula del tiempo. Al fondo un grupo de treintañeros celebra un cumpleaños, disfrazados de personajes de la película Grease. Dany me explica: “Hay que entender una cosa: hay gente que se disfraza aunque evidentemente no siempre le atinan a la época —dice eso mientras delante de nosotros pasa un tipo vestido como Elvis... en su característico traje blanco— se visten una vez, se divierten y listo. Yo visto así todos los días: mi guardarropa se compone solamente de prendas vintage. No es fácil encontrar algo que me guste, aunque ya se han abierto más tiendas especializadas, pero es más sencillo que yo me haga mi propia ropa. Entiendo que es muy fácil caer en la caricatura: copetes cada vez más altos, sacos más vistosos. Hay una delgada línea entre la sutileza de vestir al estilo retro y caer en el cliché”.

Un joven al que todos llaman El Cadáver saca a bailar a otra chica, Irlanda Castillo, con tal maestría que todos en el Be-Bop se detienen para verlos. Se llevan el aplauso de los comensales. Me llama la atención los tatuajes de su brazo que incluye un ancla, una telaraña y unas golondrinas: “Seguramente no había mujeres con tantos tatuajes en la verdadera época del rockabilly, esa es una característica de hoy. Están inspirados en la old school y con motivos de la Segunda Guerra Mundial”.

Decidimos ir a una tocada en el centro de la ciudad, donde alternan grupos de ska con rockabilly. A las 11 de la noche Los Teddy Boopers levantan a la gente: es imposible no moverse con el ritmo. Una pareja se mueve en medio de la pista, aunque con pasos cumbiancheros. Después de media hora de zapatear, me acerco a Memphys Fury, vocalista de la banda: su atuendo es impecable, traje negro, copete pompadour que no se mueve. Platicamos sobre la escena nacional: “Esto va en aumento y tenemos seguidores en todo el país, aunque para ser sincero la mayoría de las bandas están en la Ciudad de México. Está muy centralizado. Hemos ido a Guadalajara y nos va bien pero no hay tanto movimiento. Hay una gran escena en Los Ángeles y allá es donde queremos llegar, visitar otros países, dar ese salto”.

Festivales como Rockalavera son la Meca de estos grupos, que generalmente tocan en pequeños lugares, como Lucy’s, al norte de la ciudad, o El Cuartel, en la colonia Juárez. A veces los festivales masivos, como el Vive Latino, tienen lugar en el escenario principal para el rockabilly, pero nunca en horario estelar. Daniela lo deja claro: “Aunque lleva muchos años en México, esta subcultura siempre ha sido pequeña en comparación con el ska, por ejemplo. Desgraciadamente es cerrada, un poco elitista, y los que están adentro son muy cuidadosos por permanecer auténticos. Lo común es que haya chicas que van a una tocada, atraídas por la estética vintage y la siguiente semana ya se volvieron ‘expertas’ en el género. O que algunos músicos formen su grupo con dos o tres ensayos. No está padre que crezca de esa manera, tan artificial.

“Ese fenómeno pasa en todos los movimientos musicales desde el metal hasta la bachata, no hay una manera correcta de adentrarse más que siendo un advenedizo”, contesto. “Sí, es la gran ironía —responde Dany—. Queremos que la escena crezca, que haya más festivales, pero hay muchos rockabillies adentro que no quieren que esto se vuelva el mainstream. Siempre buscan la exclusividad, ¿cómo va a crecer así?”

Pido una cerveza y oigo a unos tipos junto a mí señalando a Daniela: “Mira, ella vino disfrazada como Marilyn, tómale una foto”. Casi estuve a punto de decir “no, así es ella”, pero supongo que es algo que ha oído miles de veces, así que me resigno. De fondo suena “It’s good to be alive”, de Imelda May. Supongo que eso resume la escena rockabilly: es bueno estar vivo, solo porque sí.

 Guillermo Guerrero

@guillermo_ga

 

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