QrR

El 'Robapingüinos'

En el tono del Tona
(Fotoarte: Karina Vargas)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

Igual puedes robar el dinero de una persona si robas su tiempo.
Horace Mann

El jueves 17 de marzo salí tardísimo a cumplir con mis deberes a MILENIO Diario. Pedí un radiotaxi de los de antes (ya tomaré un Uber cuando dejen de hablar de ese servicio, pues soy un señor conservador, enemigo de las moditas). Durante los diez minutos que tardó en llegar, devoré una ensalada que tenía en el refri (pues si la ensalada no se come rápido se pone pachicha) con una botella de Naranjada Light. El radiotaxi llegó por mí. Me vestí echo la raya: pantalón de mezclilla, tenis viejos, una playera blanca con cuello de botoncito que dice en letras plateadas: Athletic College Estableshiment Eighty Two (o sea, una playerita de Wall Mart, que una persona fashionista podría odiar o adorar, dependiendo del conjunto y el evento).

Antes de salir me detuve para hacer una babosada: vacié el poquito de una botella de naranjada light tibia en la botella de naranjada light que acababa de sacar del refri y la eché en mi portafolio para beber durante el trayecto. Los cierres del potafolio estaban abiertos y pensé: “los subiré en el camino, ya perdí mucho tiempo a lo buey”.

Me bajé en la esquina de Morelos y Balderas, colonia Centro, CdMx, aproximadamente a las tres y media de la tarde. Pasé al Oxxo de la esquina (en un viejo edificio que antaño fuera un Kentucky Fried Chicken), para abastecerme de galletas y cacahuates japoneses (monchis habitual de QrR!). Agarré tales productos, más un agua de limón light grande y me formé en la pequeña cola, cuando un empleado idéntico a Agustín Basave (pero en chaqueta roja con amarillo), de repente sacó de mi portafolio (con los cierres aún abiertos) la botella de naranjada light y me dijo: “¿Y esto?”. Le respondí: “¿Eso qué? Lo traje de mi casa”. Entrecerró sus ojillos y me miró con suspicacia, agregando: “Todavía está fría”. “¡Claro, la saqué del refri! ¡Y vine en taxi!”. “Nosotros vendemos estos productos, ¿por qué no me dijo que lo ingresó?”. “¿Por qué tengo que decirles lo que ingreso?”. Un niño se me quedó viendo con profundo desprecio; pude imaginar a ese niño ya de adulto, trabajando como policía, encañonando a un delincuente y, antes de cortar cartucho, recordando mi aspecto lamentable (porque, para ser honestos, tenía muy mala pinta, quizás de haber llevado zapatos boleados y una camisa, el jurado me concedería un poco de credibilidad).

Dije: “Mira, yo no me estoy robando nada, pero si quieres te pago mi naranjada light”. Respondió: “Pues para eso están las cámaras de seguridad, aquí hay una y aquí hay otra”. Eso sí me enchiló y perdí los estribos: “¡Yo todavía en buena onda te pensaba pagar aunque no me había robado nada, pero si me quieren acusar de ratero, veamos las cámaras de seguridad!”. Fuimos con el cajero (un chavo prepotente de cabello muy corto), quien me dijo que se tardaban una hora en revisar las cámaras y había que pedir autorización a una oficina. Grité: “¡Pues llámale a tu oficina!”. El cajero se me quedó mirando fijamente a los ojos, como el Chapo a Kate, tratando de traspasarme el cráneo con su mirada penetrante de hombre de verdad; yo le sostuve la mirada con ojos burlones, ofreciendo una hermosísima sonrisa cínica que claramente decía: “Asústame Panteón”. El cajero agarró las galletas, los cacahuates, el agua de limón light y mi naranjada light, lo puso todo aparte y dijo: “Pues yo no le cobro nada y hágale como quiera”.

Tras negarme el servicio, me fui a cumplir con mi retrasado deber y como a las siete regresé acompañado de dos guardias y mi colega Karina Vargas (quien iba a hacer un Periscope que siempre no salió, pues nos clavamos en la textura), exigiendo al cajero que se me mostrara la imagen donde aparezco yo robándome algo (el Basave no estaba, solo había una corta fila de clientes, involuntarios testigos de mi defensa). El cajero insistió: “Mi compañero lo vio sacando una naranjada light y tomándosela en la tienda (¡¿?!). La bebida estaba fría, pero como una atención al señor no se la cobramos”. Estallé: “¿Por qué me la iban a cobrar si era mía?”. Los guardias me tranquilizaron. Karina agregó: “Además, ustedes se quedaron con la naranjada light. Eso es un robo”. El cajero nos dijo que mañana por la mañana podía hablar con su supervisora para checar las imágenes, pero me advirtió: “Nomás no crean que las van a querer revisar por un refresco”.

Después de pensarlo un rato, desistí de probar mi inocencia, pues aunque yo no me robé ninguna naranjada light, en mi juventud sí me robé un montón de libros y discos, clavándome las regalías de autor de Bukowski y de James Brown para gastármelos en drogas, sexo y mucho alcohol. Me lo merezco. Ni modo. Tenía que pagarlas todas juntas. Soy un vulgar Robapingüinos. Entréguenme con Duarte.

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