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Cada quien su Rigo

Rigo Tovar
(Especial)

1. Discutir si el categórico juicio que Nicolás Alvarado emitió en alguno de sus programas, en el sentido de que “El triunfo de Rigo Tovar significó el triunfo de lo naco”, es verdadero implica meterse en honduras antropológico-sociológicas que no caben en este espacio. Pero como en principio ni clasemedieros ni pirrurris se visten como él o cantan sus rolas, entonsestamos más cerca de lo falso que de lo verdadero. Lo cierto es que Rigo con su Costa Azul fue el verdadero creador de la “nacoteca”, término que abarca, a veces injustamente, a grupos como Los Solitarios, Los Chicanos, La Tropa Loca, Los Freddys, Los Terrícolas e incluso Los Ángeles Negros, cuya calidad no cabe discutir aquí. Verdaderas naqueces son las dos canciones de King Clave —“Los hombres no deben llorar” y “Mi corazón lloró”—, esa platica telefónica donde el padre habla con el hijo a quien abandonó y a la que años después le hizo una secuela con la misma música—. Rigo fue un músico anfibio que era transmitido tanto en Radio Mil (especialmente con “Lamento de amor”, acaso su obra mayor, y “Mi amiga, mi esposa, mi amante”) y en las estaciones de música tropical. De hecho, en este género tuvo un enfrentamiento con el Acapulco Tropical (“Qué bien que toca Acapulco Tropical/ Qué bien que goza Acapulco Tropical”), con el que se peleaba por ver quién tenía el público, ahí sí, más naco. Ganaron estos últimos.

2. Utilizar como argumento contrario el libro coordinado por Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964) Rigo es amor. Una rocola a dieciséis voces (Tusquets, 2013) no es válido, puesto que en lo global la mayor parte de los participantes ve a Rigo más como una curiosidad nacional que otra cosa. A la coordinadora del volumen le restamos culpa porque es paisana del músico, y como ella lo explica, en tanto que abandonó muy pequeña el terruño, aprendió a querer a Rigo a la distancia del tiempo y el lugar (el paisanaje impone), mas como “irresponsable” del volumen pudo haber sido más rigurosa con sus invitados.

Para empezar a platicar, como dicen los clásicos, a cualquier curioso que se acerque a un representante de la cultura popular se le debe pedir al menos una cosa: la identificación con él. Y no se trata de que se desclasen como George Orwell y se vayan a vivir a un barrio apache, sino de que lo sientan. La música del barrio no necesita publicidad porque es la misma gente la que la mantiene viva. De aquí derivamos otro principio: la nacoteca se aprende haciendo el quihacer; agarrando la escoba y el recogedor y poniendo música para llevársela leve. ¿Cómo se va a aprender uno las rolas si no repitiéndolas en la actividad cotidiana?

3. Pero además de falsarios, la mayoría de los participantes de Rigo es amor pecan de ignorancia porque no conocen realmente el repertorio tovariano. Tengo a la mano la más reciente recopilación del músico: Antología musical. Rigo Tovar (Fonovisa-Universal Music, 2011), una caja de tres CD+DVD (donde no se menciona por lo demás al Costa Azul). Se incluyen 60 temas, pero los autores que participan, salvo las excepciones que mencionaré más adelante, se basan en aproximadamente el diez por ciento de la selección: “El sirenito”, “Lamento de amor”, “No son palabritas”, “Mi amiga, mi esposa, mi amante”, “Perdóname mi amor por ser tan guapo”, “Matamoros querido” y “Oh qué gusto de volverte a ver” (“Cuando tu cariño” como que no los inspiró).

4. En cuanto a los textos, está bien que se trata de un ejercicio de libertad imaginativa, pero la neta que la mayoría se pasó de la vertical. Por ejemplo, del cuento “La ley de la pasión: En las estepas del Asia Central”, que se pretende policiaco, lo menos que podemos decir del autor es que es un abusivo y abusado porque da la impresión de que ese cuento ya lo tenía escrito y solo buscó un personaje más o menos atractivo para ponerle el nombre de Rigo. Se trata de un funámbulo ciego, que hasta podría ser asociado con el augur griego Tiresias.

En “No son palabritas” su autor, quien usa como epígrafe parte de la letra, por principio se la achaca a Rigo, pero por no haber leído Notitas fresicales ni escuchado La inmortales de Radio Mil. Ignora que fue interpretada primero por el cantante argentino Heleno (quien tuvo otro éxito titulado “La chica de la boutique”). ¿Nomás porque se medio conocen dos o tres temas de Rigo ya se es especialista en él? Luego sobreinterpreta una información que él dio alguna vez: que le gustaban los Scorpions, Ozzy Osbourne y los Beatles. Pero el despistado escritor asume que ¡fueron influencias directas que están en su música! Se concede que revolucionó la cumbia introduciendo el uso del sintetizador, pero que no manche su camisa con estas sobreinterpretaiones (y, bueno, casi hasta ponen que fue el primero en imponer los Ray-Ban, dejando de lado al gran Jim Morrison).

En “Lo que vieron sus ojos”, el escritor, haciéndole al creador de mitos, se chuta con un cuento fantástico donde nos cuenta la historia, ¿ya adivinaron?, del mismísimo sirenito (pa’hacerlo exótico llama al personaje masculino “Igor Rotva”; el lector tendrá que hacer un tremendo esfuerzo mental para identificar de quién habla).

5. “Oh qué gusto de volverte a ver” y “Cerrar” destacan por su buena escritura. Los mejores, por sinceros y eruditos, son “Recordando a mi hermano con las canciones de Rigo Tovar”, de Betto Arcos, pues se nota que sí conoce al Rigo, y en donde las canciones realmente ocupan un papel importante en lo que se cuenta (aunque tampoco faltan las exageraciones, como el igualar a Rigo con José Alfredo, lo cual es una abusivez. Porque, por favor, una cosa es que sea un compositor popular y otra cosa es querer igualarlo con Tín Larín, José Alfredo o Juan Gabriel. Ninguna de sus canciones le llega a este último, incluso en sus peores momentos. Pretender encontrarle un sentido filosófico a sus canciones, no solo es una sobreinterpretación, sino una ociosidad. En el conocido verso de José Alfredo “Te vi llegar y sentí la presencia de un ser desconocido”, claro que lo tiene). El otro es “Rigo fue amor”, de Pepe Rojo, en el que nuevamente el conocimiento de la obra se hace patente; la reflexión se enriquece con citas del pueblo que podrán sonar exageradas, pero que dejan en claro cuál es el verdadero público del ídolo. Si los editores pensaron que este libro era para él, se equivocaron. Reiteramos: el ejercicio imaginativo es válido, pero no se vale rebasar los límites que imponen tanto la personalidad como la obra del artista al que se le rinden estos homenajes que al multiplicarse van a terminar por banalizarse.

Ernesto Jiménez Olín

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