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Resnais vuelve a Marienbad

Cine
(Castillo/Guerrero)

La muerte de Alain Resnais, el 1 de marzo, a los 92 años, no es inesperada, pero no por ello deja de ser una pérdida enormísima para el mundo del cine, que él mismo ayudó a revolucionar, como uno de los padres fundadores del movimiento legendario conocido como la Nouvelle vague, con sus colegas François Truffaut, Claude Chabrol, Jean-Luc Godard y Louis Malle. Su manera peculiar de abordar el séptimo arte con un estilo que fue rúbrica, rompería el molde y sería imitado, aunque jamás igualado, le otorgó el título de auteur a los 33 años con el impactante documental Noche y niebla, aunque no sería hasta 1959, con el estreno en Cannes de la desconcertante y hermosa (¡y brutal!) cinta Hiroshima mon amour, con guión de Marguerite Duras, que se consolidaría como una de las visiones más revolucionarias de la época.

Desde la secuencia de créditos, en la que una pareja copula mientras sus cuerpos desnudos se cubren de un fino polvo que podría ser radioactivo, Hiroshima mon amour es una cinta que compromete al espectador, lo arrastra a una dislocación del tiempo y el espacio para ser el testigo presencial del encuentro y desencuentro de una pareja misteriosa, ella, una atractiva actriz que visita la ciudad destrozada unos años antes por la bomba atómica (encarnada con absoluta sensualidad por Emmanuelle Riva, en la plenitud de su hermosura) que se deja seducir por él (Eiji Okada), un japonés de rasgos eurasiáticos, fuerte y sensual como ella. El coito tierno y a la vez frenético, es la clave para revelar secretos íntimos de ella, la pérdida de su inocencia, habiendo sido torturada por sus propios vecinos en una aldea en Francia 15 años atrás, por haberse enamorado de un soldado alemán, pecado de la carne imperdonable.

Hiroshima mon amour fue un éxito sin precedente: no se había hecho en Francia un filme así en más de 30 años y Resnais fue elogiado a rabiar por propios y extraños. No obstante, en lugar de encaramarse en sus laureles, decidió que su siguiente obra fuera algo aún más retador, y para ello convocó a Alain Robbe-Grillet, principal creador del movimiento de la Nouvelle roman (género literario que rompía con los esquemas narrativos tradicionales) para escribir el guión del que probablemente sea su filme más emblemático y una de las obra maestras más referenciadas en la historia del cine: El año pasado en Marienbad.

Concebida como un alucinatorio episodio en un hotel palaciego en algún lugar de los bosques checoslovacos (Marienbad o Frederiksbad o Baden-Salsa), la trama —si es que puede llamarse trama— se fragmenta en torno al encuentro entre tres personajes en salones de ostentosa decoración rococó, jardines geométricos donde los setos de boj no proyectan sombras, balaustradas de mármol con ornadas columnas: así vemos a A (la exquisita hermosura de Delphine Seyrig, posiblemente la más bella de las actrices de su época, y en ese tiempo, la amante secreta de Resnais), vestida de pies a cabeza en Chanel, elegante, deseada, que es acosada por dos hombres: uno, interpretado por Giorgio Albertazzi, trata de persuadirla de recordar que juntos tuvieron un amorío en ese lugar o en algún otro, donde el segundo hombre (Sacha Pitoeff), ostensiblemente el marido cornudo, busca venganza, como presencia ominosa.

Estrenada en Venecia en 1961, El año pasado en Marienbad causó estupor, polémica, furor. ¿Qué era eso que estaban viendo en pantalla? Sí, una serie de escenas cuidadosamente construidas en blanco y negro, que parecían carecer de todo sentido. O tal vez no era así y todo era entendible según la perspectiva con la que se viera. La atmósfera siniestra y la elegancia abrumadora del filme, ayudaron a convertirla en un filme de culto que fue abrazado con pasión no solo por cinéfilos de todas partes (una de las primeras reseñas en la carrera de Roger Ebert fue precisamente sobre esta cinta, en 1963, y la amó profundamente) sino por cineastas.

Los formidables planos secuencia que consisten en la columna vertebral que eslabona las escenas, fueron la inspiración directa para Stanley Kubrick, que en su escalofriante Hotel Overlook (en El Resplandor) deliberadamente creó un lugar hermanado con Marienbad y sus inquietantes ambientes. Así, muchos otros cineastas han vuelto sus ojos a este paraje imaginario, más recientemente David Lynch en Inland Empire y Rob Zombie en algunas escenas de The Lords of Salem.

Resnais y la Seyrig, antes de separarse, se reunieron para crear el tercer filme en la llamada “Trilogía del tiempo fragmentado”, estrenada en color, en 1963: Muriel. La cinta, aunque contó con el gusto de Alfred Hitchcock, no tuvo el éxito de sus predecesoras y llevó a Resnais a tener una carrera extensa y versátil (Otro filme importante es Providence, su única cinta en inglés, con Ellen Burstyn y Burt Lancaster), pero sin el brillo que tuvo Marienbad, el lugar al que ahora uno espera que haya vuelto, para reencontrarse con la Seyrig, para pasearse eternamente en esos jardines donde su mito vivirá para siempre.  

Miguel Cane

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