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Rescatando a mamá

En el tono del Tona
(Karina Vargas)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


 A Lety Pérez

 “De los fumadores podemos aprender la tolerancia.
Todavía no conozco uno solo que se haya quejado de los no fumadores”.
Sandro Pertini

El domingo 20 de marzo le llamé por la noche a mi mamá, la señora Lety Pérez, viuda del Pocho, quien me informó que estaba tirada en el piso, junto a su cama y que no podía caminar, causándome un susto tremendo.

Mi mamá es una persona de la tercera edad y olvida cosas, con dificultad entendí su relato vía telefónica, antes de salir disparado rumbo a su hogar. Según su testimonio, por la tarde fue atropellada por una bicicleta en el Parque de los Venados, Ciudad de México, luego se levantó, fue a su casa por el carnet del médico, acudió al Seguro, le dieron una Ranitidina y un Parecetamol, fue a un Oxxo por unos cigarros, al salir se sentó en las escaleras del súper y ya no pudo levantarse;  unas amables personas se la llevaron cargando hasta la sala de su casa y otra vez no pudo pararse, así que se arrastró por el pasillo hasta que llegó a su recámara, alcanzó el control remoto de la tele y, por razones que solo Cristo Redentor conoce, vio un partido de los Pumas desde el suelo.

Cuando llegué, la levanté y la puse sobre la cama. La examiné, me pareció increíble que una bicicleta le dejara los brazos tipo zombie, morados y hechos jirones ¿a qué velocidad iría? ¿Cómo le dan una Ranitidina y un Paracetamol? (mi mamá dice que en el Seguro todavía bromearon: “No se ve tan mal, hasta viene corriendo”). Le llamé a mi prima Mónica, quien practica terapias chinas y de inmediato le aplicó sus aceites y pomadas naturales con masajes ancestrales (más una efectiva inyección de Ketorolaco).

Mi prima Mónica, mi hermano Toño y un servidor cuidamos ahora a mi mamá, ajustando nuestros horarios, viviendo un reality show que bien podría llamarse Rescatando a mamá, pues hasta ahora me doy cuenta de lo abandonada que estaba. Ocupar su casa es como cuando entraron los aliados a Varsovia, mi mamá podía ser como El Pianista. Es diferente pasar a su casa de visita y corraborar que ahí siguen los retratos y los muebles, y otra profundizar en los objetos más allá de su valor sentimental, observando la acumulación de polvo y bacterias. Hay mucho que reparar, reponer, tirar en su casa. Mi hermano Toño hizo una limpieza profunda, deshaciéndose de todo lo inútil y nocivo: papeles, alfombras, pan de medias noches caducadas, propaganda perredista de tiempos del viejo PRD (mi mamá llegó a ser más mamá de Martí Batres que de nosotros, para quien trabajó y consintió muchos años).

Vivir con mi mamá también implica un cambio de economía, no solo hay que saber administrar lo que consumimos los nuevos habitantes de su hogar, sino también ocuparnos de sus recibos y adquirir lo indispensable.

Casi toda mi vida he vivido solo y feliz y ahora vuelvo a estar en familia, en un reality con capítulos como aquel donde mi prima y yo vamos a buscar la silla de ruedas que fuera de su abuela, en un Chevy que, después de cumplir su misión, se le tronó la batería; el capítulo donde me pongo intenso, cuando mi prima le dijo a mi hermano: “Hay un ladrón de Barritas de fresa en esta casa”, y me entró la neuras: “¡Aquí no hay ningún ladrón de Barritas! Agarré unas porque en todo el día solo me comí dos hot-dogs y tenía hambre. ¡Si hubiera un ladrón de Barritas faltaría media caja!” (ya bastante tengo de que me acusen falsamente de Robapingüinos), y el capítulo donde levanto a mi mamá de la cama para sentarla en su silla de ruedas, me abraza fuertemente, confiada, acerca su rostro al mío y, mientras la sostengo, me pregunta suavemente: “¿Cuántas te tomaste?” “Una cerveza, mamá, para relajarme, pero estoy bien, puedo conducir esta maldita silla de ruedas hasta Las Vegas”. No sé si seamos el mejor equipo para cuidarla (sobre todo porque a Mónica y a mí se nos va el patín regacho, y yo tengo la habilidad motriz de El Gordo y El Flaco), pero somos el que hay. Afortunadamente Mónica tiene experiencia tratando ancianas, conoce su psicología; es amorosa, paciente y ha logrado que mi mamá se recupere, nutriéndola adecuadamente para que agarre fuerzas y cuando se le pase el dolor pueda caminar.

Por ahora es mejor vigilarla, porque si nadie la observa trata de pararse, se cae y se arrastra hacia alguna bolsa colgada en su cuarto, donde tiene una cajetilla de cigarros de emergencia, cual Leonado DiCaprio en El Renacido, solo que en vez de una sed de venganza, a ella la anima el tabaco (como el indio que rescata a Johnny Deep en Hombre Muerto, Jim Jarmusch, 1995). Una vez salí a mi casa por ropa sucia (ahora lavo con la lavadora de mi mamá, artefacto que aprendí a usar), también para buscar recibos y regar mis plantas, cuando sonó mi celular: era mi mamá. Le pregunté: “¿Dónde está Mónica?” “En la cocina, ¿me podrías traer dos cajetillas de Marlboro rojo, sin rata?” Sí mamá, te las llevo”. A mi mamá le racionan los cigarros, pero el tabaquismo es un vicio que tiene desde los 16 años, la adicción más poderosa de todas, incluso recuerdo un cartón de Forges, de dos náufragos en una isla junto a un león que está fumando, y uno le pregunta al otro: “¿no traes más pitillos?” Yo mismo llegué a fumar cajetilla y media durante medio año y se me quitó el vicio de la manera más idiota: me dio una infección en la garganta, me ardía horrible cuando le llegaba el humo y así lo dejé. Tal vez el cigarro mate a mi jefecita, pero viva es lo que más disfruta.

Los cigarros me traen recuerdos de cada uno de los integrantes del reality: mi mamá me mandaba por sus cigarros Raleigh con boquilla (según me dijo don Chucho Rangel, una fuente confiable, los Raleigh se convirtieron en los Lucky Strike); cuando mi prima Mónica se casó, ya nos quería mandar por cigarros la pendeja, cuando era más chica que nosotros (tenía 15 años). Mi hermano Toño a los ocho año tenía una prematura fobia al tabaco, al grado de que mi primo Willy y yo lo hacíamos correr con una cajetilla en la mano, como si fuera un crucifijo ante un vampiro.

Me pongo mi chamarra y salgo a la tienda por sus cigarros. Cuando mi mamá pide las cajetillas “sin rata”, se refiere a la foto que les ponen para amedrentar a los fumadores, lo cual hace de mi madre una mujer sensata y combativa, pues le repugnan más las ratas (tipo Duarte, Moreira, Salinas, etc.) que esos fetos negros rodeados de cigarros.

¿Por qué tanta saña contra los fumadores? ¿Por qué no ponen también fotos de descabezados en las grapas de cocaína y fotos de Calderón en las botellas de alcohol? Todos tenemos vicios insanos, pero de todos ellos, el tabaquismo me parece uno de los más sanos, no debería quitarte la libertad de meterte en tu cuerpo lo que se te dé tu regalada gana. El DVD de mi mamá está descompuesto, es viejo y chino (que, irónicamente, se quedó con El Karate Kid II adentro), cuando le pongamos uno nuevo le pasaré la película.

Llego con mi mamá, le doy una cajetilla y la otra la escondo en una bolsa colgada en su cuarto. “Te voy a dar ésta y la otra la guardo aquí”, para propiciar otro capítulo divertido de este  reality show.

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