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Resaca de San Valentín

Billete
(Sandoval)

Ayer estuvo buena la pachanga. Un Día del Amor y la Amistad en viernes no se celebra siempre; aunque no sueles festejar este día porque crees que es una oda al consumismo o porque quieres celebrar los otros 364 días del año en lugar de uno solo, no pudiste resistir la tentación de irte de farra con los amigos y tu pareja. La música mezclada con una buena conversación, el calorcito que anticipa la bendita primavera, el baile que te echaste eran perfecta excusa para echarte un traguito, luego uno más, dos, tres, y el del brindis, el del estribo, el caminero…

El alcohol te desinhibe, apacigua tus nervios, calma la ansiedad que puedas tener. Es, como dice el doctor David Delvin, autor del libro Sex: How To Make It Better, un lubricante social: hace que le hables a esa chica que siempre te ha gustado, te permite coquetear con tu compañero de oficina, te incita a entablar una conversación con un extraño o desconocida de una manera que no habría acontecido de no haberte echado unos traguitos antes.

“Un poco de vino o un coctel hará que te sientas más romántico y ella menos apretada para el sexo”, dice Delvin, y por eso una copita o dos son excelentes para entrar en ambiente, para desinhibirse al recibir los beneficios de la liberación y síntesis de la dopamina (a escala bioquímica el alcohol tiene efectos anestésicos, ansiolíticos y gratificantes). Como depresor central disminuye el funcionamiento de niveles superiores del cerebro, lo que permite una mayor autonomía de centros inferiores, entre ellos los implicados en las respuestas emocionales. Las emociones se amplifican al disminuir el “filtro” o “mecanismo controlador” que supone la actuación de segmentos superiores cerebrales.

Cuando se toman más de tres tragos las cosas cambian: al aumentar las dosis y prolongar la ingesta, el efecto es contrario: nos volvemos torpes, se nos traba la lengua, la claridad de nuestros pensamientos disminuye. Ya no hay “filtros” que controlen nuestras emociones (quizá esto les resulte familiar a los llamados malacopa).

 Pero supongamos que a ti los drinks te hacen lo que el viento a Juárez y, a pesar de tener una borrachera considerable, llegaste al colchón de San Valentín para rendirle homenaje al dios Eros. Las opciones aquí son diversas, pues no hay que olvidar que cada ser humano es diferente y único; quizá a pesar de la jarra eres un amante impetuoso o te transformas en la mejor geisha, despertando al día siguiente con una sonrisa de satisfacción en el rostro más el cuerpo adolorido por haberle dado tanta alegría, Macaren@.

Puede ser también (de hecho, es muy común) que tu erección se haya visto afectada debido a que el alcohol inhibe el funcionamiento del sistema nervioso autónomo, responsable de que se produzca ese levantón del pene cuando estás excitado. La ansiedad que genera esa situación puede provocar un fallo eréctil de un calibre mayor, pues la angustia no ayudará en nada a que consigas tu objetivo: concretar la penetración. Porque, siendo honestos, estando incróspido suele suceder que se te olvida que el disfrute erótico es inmenso, así como las posibilidades de interacción, y sólo piensas en entrar a esa suave cueva del placer.

Se ha visto que una dosis baja de alcohol puede extender el tiempo que le toma a un joven nervioso llegar al clímax, lo cual resulta maravilloso cuando se une con la expectativa afrodisíaca o de liberación moral que experimentan las mujeres que han consumido bebidas de este tipo, quienes han reportado aumento en su libido, aún cuando su respuesta fisiológica y hormonal puede verse afectada por el chupirilín

La eyaculación retrasada, es decir, que no consigas eyacular, sucede, en parte, por disminución sensorial (el hombre pierde un poco de sensibilidad). En esta circunstancia tendrías que ser muy cuidados@, pues tanta fricción podría provocar que el condón se rompa o se zafe, además de que tu estadazo te llevaría a olvidar usar preservativo o a que no tomes la píldora anticonceptiva del día.

Sabes que quizás al día siguiente no reconocerás el lugar en donde te encuentras ni a la persona que está roncando a tu lado. Puede ser que esto te provoque la llamada “cruda moral” y te sientas muy mal. Pero a pesar de ello, la mayoría de los seres humanos le seguimos entrando al chínguere con deleite: según la encuesta de Athanasiou Shaver y Tavris (1970), 45 por ciento de hombres y 68 por ciento de mujeres consideraban que el alcohol incrementaba su disfrute del sexo. Más de 40 años después no dudo que las cifras sean parecidas o hayan aumentado.

¿Y qué pasa al día siguiente? Oh, triste realidad. Tienes una cruda tremenda. Pero, aún así (en el caso de que hayas superado la fase de ver a tu compañer@ de cama y no salir huyendo), ¡estás excitadísim@! Sientes unas tremendas ganas de tener un encuentro erótico a pesar el dolor de cabeza, el malestar corporal y las náuseas. ¿Por qué? ¿Qué tiene de cachonda la resaca?

Cuando tenemos un orgasmo o estimulamos eróticamente nuestro cuerpecito y mente, el organismo se llena de hormonas como endorfinas y oxitocina, que nos ayudan a sentirnos mejor y más felices. No tienes que llegar al coito; basta con el simple hecho de pensar en la posibilidad de tener un encuentro sensual para que las glándulas funcionen y te sientas mejor. Si procedes, la sensación será mayor; emotivamente servirá para ayudarte a pasar el duro trance.

Además, “follar crudotes”, como dice Elia Martínez-Rodarte en su columna Ivaginaria, es “un acto de humanidad” de parte de la persona que te está ayudando a sentirte mejor; es “encontrarnos con la solidaridad humana… y creo que la sensación de calentura en la cruda tiene que ver con lo miserables que nos sentimos en ese momento, en el que anhelamos cariñito”.

La misión no siempre es fácil. ¿Qué posturas son las mejores para acomodarte en esos momentos de excitación dolorosa? La cucharita es una gran opción, porque requiere de poco movimiento, se puede estimular el clítoris durante la penetración y ambos pueden seguir acostados sin soportar el peso del otro. La misma opción pero frente a frente y panza con panza (sólo asegúrate de haberte lavado los dientes, de limpiarte el maquillaje corrido) es igual de rica. Ella sentada encima de él, abrazándolo con sus piernas y sujetándose de sus hombros o su cuello puede funcionar. El ritmo lo marcarán ustedes: puede ser suave o un poco más rápido.

El alcohol no es malo; no se trata de satanizar a nadie ni a las bebidas. Investigadores suecos han comprobado que aquellas personas que se dedican a la cata de vino en forma profesional, como los sommeliers o los enólogos, tienen una actividad cerebral más acentuada e intensidad en la amígdala, área que tiene que ver con el placer. También se ha dicho que investigadores portugueses evaluaron la función sexual femenina de mujeres abstemias, de aquellas que tomaban de una a dos copas de vino al día y de las que tomaban tres o más vasos al día. Las mujeres que ingerían de una a dos bebidas tenían una mejor función sexual que las de los otros dos grupos.

Lo importante es conocer nuestros límites relacionados al trago; encontrar nuestra media, aquel nivel que nos brinde lo mejor del alcohol sin tener que llegar a la parte desagradable. Una cruda de vez en cuando —quizá hoy, tras el Sanvalentinazo— es hasta educativa, pero una a la semana es de pensarse, ¿o no?

Verónica Maza Bustamante


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