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Réquiem por MAD

Mad
(Apache Pirata)

México era un pueblo bicicletero al que esporádicamente llegaban noticias del imperio en una lengua que apenas unos pocos dominaban más allá del washawasha. Para enterarte de lo que pasaba más allá de Cuautitlán tenías que acudir cada mes al Sanborns pre-Slim a los anaqueles de revistas importadas, donde te daban manazo si ojeabas y le dabas en la torre con tus pezuñas a publicaciones como GQ, Vogue, Rolling Stone, Cream, Vampirella,  L´Équipe, Paris Match o Vanity Fair. Y es que o costeabas tu educación o comprabas esos materiales que te daban chance de atisbar en otras voces, otros ámbitos y poner distancia con la mexicana alegría, Siempre en domingo, Noches tapatías y el “arriba y adelante” y “la solución somos todos”. Así que no quedaba de otra que estacionarse frente a esos anaqueles a tratar de beberse el mundo a sorbos, ante la mirada irremediablemente retadora de las dependientas que te querían mandar a la patrulla cada vez que abrías las páginas del Heavy Metal con esas imágenes eróticamente desmesuradas de Boris Vallejo.

Uno de los mayores placeres de aquellos días, después de haber escaneado toda clase de rudezas necesarias, era echarle un detenido lente a la venerable MAD magazine, cuyos contenidos te devolvían la fe en la humanidad al saber que no todo en la vida, sobre todo en materia de humor, eran la India María y Chespirito.

Mad” de loco, demente, de fuera de sí. “Mad” de locura frente la muy artificial pero inverosímil sensatez del mainstream. “Mad” de desquiciado e irreverente, de incontinencia frente a la previsible solemnidad de lo socialmente aceptado. “Mad” de impaciente regocijo ante la posibilidad de ir despelucando valores rancios, certezas baratas y convicciones chafas.

La imagen de Alfred E. Neuman, el pecoso, pelirrojo y chimuelo (lo era, pero mascaba vidrio) como mascarón de proa de la revista, era el centro en el que gravitaba la propuesta donde abundaba la ironía, el humor negro, la caricaturización del american way of life, pero sobre todo un tono irreverente que para los tiempos de la represión, la intolerancia y la guerra fría, con ese chauvinismo yanqui tan acendrado, resultaba casi inimaginable que pudiera existir a pesar de los pesares.

No era sencillo sostener un proyecto que ponía el humor por encima de toda sospecha. El humor implacable e incómodo que hurga en las heridas mientras hace cosquillas en los pies. Ese grupo de maniacos nos enseñó que hacer reír es cosa seria, que no hay más ruta que la de la corrosión del sarcasmo.

Sería por eso que MAD, al mando de editor Albert B. Feldstein (quien recientemente ha fallecido a los 88 años de edad después de haber forjado el futuro de la comedia en el mundo, dedicado a la pintura de naturalezas muertas lejos del bullicio y la falsa sociedad, cosa que no deja de tener su lado irónico), recibió demandas millonarias por parte de los políticos gringos que desde su curul se sentían tocados en sus figuras e intereses. Y no es que MAD —y ese era parte de su encanto—fuera una publicación militante, absolutamente politizada con pretensiones de tumbar al régimen policiaco y deshumanizado que reptaba en Washington. No. Alejada de la obviedad y el propagandismo ideologizado, MAD se concentraba en poner el acento en lo absurdo, contradictorio, vano y cursi de la escena política (entre muchas otras cosas del folclor tremendista de lo cotidiano) con delicadeza casi colindante con una candidez deliberada.

Allí estaba la tropa: Jack Davis, Jack Kamen y un paisano al que hay que rendirle tributo: Sergio Aragonés. Un hombre que no requería derrapar en la mentada ni en el rencor social para hacer señalamientos, todo a través de un trazo agridulce y bonachón que traía escondido en su interior mucha maldad.

Quizá la parte más llamativa, además de los grandiosos “Spy vs Spy” (pitorreo superior del recontraespionaje), el maese don Martin de Duck Edwing, y el inmortal Mort Drucker, cuyas versiones hiperdesmadrosas de las películas del momento (debidamente adicionadas con un portentosa calidad artística) te mataban de risa y te generaban un blindaje antilugares comunales que se agradecía fanáticamente.

Esa fue la lección fundamental: no se debe confundir el humor con el panfleto.

MAD, fundada en 1952 por William M. Gaines (ese curioso personaje mitad protonerd, mitad red neck de regordetas proporciones, barba hirsuta y melena blanca con lentes de pasta negra y sonrisa demencial), ha sufrido nutridas transformaciones y luchas por la sobreviviencia. Con la llegada de nuevas tecnologías, el crecimiento del humor perro y la censura (bajo el reinado de grandes masiosares y paladines de la democracia), la revista fue perdiendo penetración e influencia. No obstante, ha sabido adaptarse y, lo más importante, generando nuevos lectores que desde la niñez comienzan a abrevar en su espíritu desde MAD TV. Allí, a través de lenguajes más frescos, actualizados y multirrefrenciales, los chicos pueden construir agudas carcajadas y proverbiales visiones desacralizadas y críticas de la cultura popular, tan sobrevalorada ella.

EL AMIGO BOB HOSKINS

Al final todos lo van a recodar por su papel del detective mal encarado de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, que está condenado a vivir en un mundo donde los dibujos animados, en su locura, conviven con los humanos. Una cinta que pasó de adolescentes para pasar a Cartoon Network, a pesar o gracias a la escultural Jessica Rabbit. Otros evocan al talentoso Mr. Bob en su rol del señor Smee en Hook, un alucine edulcorado de Spielberg sobre un Peter Pan devenido en yuppie y su regreso a la Tierra de Nunca Jamás.

Yo lo recuerdo por un filme frenético llamado Monalisa. Él, con toda su imagen de Godinez pasado de peso, se transforma en el salvavidas de una núbil criatura extraviada en un sórdido paisaje cuajado de seres siniestros. Un delirio con forma de road movie existencial de un ñor en plena crisis de la mediana edad que se desliza en un intrincado laberinto de pasiones thrillerescas de alto rango.

Don Bob, apenas fallecido a causa de una neumonía, también nos dejó Sirenas, una fantasía clasemediera con coctelería incluida, donde Bob Hoskins era el marido de ¡Cher¡ y padre de una Winona Ryder en estala preadolescente. Filme estrambótico y exótico que se adelantó a la moda de filmes estrambóticos y exóticos sobre la familia disfuncional con derecho a discernir.

Especialista en la encarnación de gánsters hiperrudos pero con alma de gitano, Hoskins se ganó una admirable reputación qu se sostuvo a lo largo de su prolífica y admirable carrera.

Ah, lo único que no hay que extrañar de su profusa filmografía es su papel como Mario Bros. Todos tenemos cadáveres en el clóset, pero eso está al nivel narcofosa.

Jairo Calixto Albarrán

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