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La Reina del Golfo

Caridad volvió a marcar el número por diezmilésima vez en la semana. Era uno de los 194 números a los que tenía que llamar diariamente. Un trabajo tedioso, ciertamente, pero finalmente un trabajo honrado.

* * *

Riiiing… riiiing… riiing…

—¿Bueno?

—Buenas tardes, ¿con el señor Guillermo Barcelata, por favor?

—Huy, el señor no está.

—¡No puede ser! ¡Siempre que llamo nunca lo encuentro! En fin, ¿podría usted tomar el recado?

—Pos eso sí depende.

—¿Cómo que depende?

—Depende de quien hable. Mire, si habla usted del banco, tengo órdenes de mandarla mucho a la chingada.

—¿Perdón?

—Es que el señor nomás se atrasa un día en sus pagos y están muele y muele todos los días y no la dejan a una ni disfrutar la novela.

—Pues yo no llamo de ningún banco.

—Qué lástima porque a mi encanta mandarlos mucho a la chingada.

—Es usted bastante llevadita, ¿eh?

—Bueno, si usted llama de una compañía de telefonía ya es diferente, tengo órdenes de decirle muy amablemente que “no gracias, que el señor está conforme con la que tiene”, aunque aquí entre nos, el señor debería cambiar de compañía.

—¿Por qué?

—Porque otra compañía, con lo que debe, ya habrían cortado la línea, y así no estarían llame y llame…

—Mire, hablo de parte de Doña Rosario Uscanga, propietaria de la tienda de abarrotes La Reina del Golfo.

—Mire, si el señor debe algo ni se hagan ilusiones, ni les va a pagar. Hasta a mi debe. El otro día le presté para el camión.

—Pues “el señor”, como usted le dice, adeuda medio kilo de jamón de pierna, un paquete de pan multigrano, dos litros de leche, un yogurt para beber y un Gansito.

—Ah sí, ese yo se lo pedí.

—Bueno, pues dígale al señor Guillermo Barcelata que pesa sobre su cabeza una terrible y fatídica amenaza de muerte, que ya ni se preocupe por pagarle a doña Rosario Uscanga, que es una mujer respetable y trabajadora y está muy disgustada, que de ella no se burla ningún…

—A ver, espere, voy por una pluma, porque lo que usted dice está muy largo.

—Sí como no. Aquí la espero.

—…

—…

—Ora sí, ¿decía?

—Que al Señor Guillermo Barcelata lo van a matar por no pagarle a Doña Rosario Uscanga.

—¿Y a qué hora o qué?, por si pregunta el señor.

—Eso sí quien sabe, yo nomás cumplo con pasar el recado.

—Ta’ bueno.

—¿Con quién tuve el gusto?

—Con la licenciada Eulogia González, pa’ servirle.

—Muchas gracias, Eulogia. Buenas tardes.

—Buenas.

Clic.

—¿Quién era, Eulogia? ¿Otra vez los del banco?

—No se preocupe, señor, solo era una amenaza de muerte.

—¿Del Cerebro?

—No señor, de La  Reina del Golfo.

—¿?

* * *

Dos horas después de que Caridad colgara el teléfono, el periodista Guillermo Barcelata sería asesinado por los pistoleros del Cerebro Carrillo, secuestrador que estaba siendo investigado por el reportero de La Verdad Desnuda, para después ser enterrado en el campo, junto al cuerpo de un líder obrero secuestrado por ellos mismos.

Mucho dinero del Cerebro circulaba entre las autoridades locales, que se repartía hasta llegar al gobernador.

Media semana más tarde aparecerían los cadáveres y la gente comenzaría a murmurar. Entonces, la redacción de La Verdad Desnuda recibiría, en forma anónima, la grabación con la conversación telefónica entre Caridad y Eulogia, empleada doméstica de Memito (como lo conocían en el medio), quien más tarde sería llamada a rendir su declaración en la comisaría (la hoja donde anotó el recado, sin embargo, no pesaría como evidencia, pues solo decía: “jamón Gansito fatídica”).

Doña Rosario Uscanga, propietaria de la Tienda de Abarrotes La Reina del Golfo sería señalada como autora intelectual del asesinato del periodista y permanecería en prisión año y medio, del cual saldría cobrando una jugosa recompensa por sus servicios como chiva expiatoria voluntaria.

La empresa Amenazas S.A., también sería remunerada como intermediaria entre Memito y “la culpable”.

En el prorrateo, la telefonista Caridad se llevaría una modesta comisión, por realizar un trabajo tedioso, ciertamente, pero finalmente un trabajo honrado.  

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