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Reglas intangibles para recuperar la tradición

Arturo Beristain.
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Alegría Martínez


Desde 1779 existen reglamentos de comportamiento en relación al teatro y quienes lo hacen posible, que en muchos casos son parte de una tradición que se desvanece y de unas normas no escritas que actores de trayectoria, como Arturo Beristáin, han asumido con sus matices y hoy conforman un código de conducta necesario de ser observado antes, durante y al final de una función; procederes y acuerdos implícitos que de no ser cumplidos, serían castigados por una imaginaria policía teatral, que vendría a sustituir al viejo juez de los cómicos, al censor, inspector o delegado del sindicato de actores y hoy, a la pérdida de una ética indispensable.

De niño escuché siempre en esta tradición teatral sobre la escuela de antes, dice el actor. Ni mis abuelos, ni la eximia actriz María Tereza Montoya que obtuvo las Palmas de Francia, fueron gente de educación teatral, pero sí tenían la formación de la escuela antigua, de quienes se hicieron en las tablas y fueron conocidos como cómicos de la legua. Entonces se le decía cómico al actor y las compañías tenían que estar a una legua de distancia de la ciudad, porque a los actores les tenían miedo.

“Si bien no hacemos la revolución, los actores inflamamos el corazón de los revolucionarios y quienes defienden el status quo, les han temido desde siempre. Sin embargo, los actores siempre han sido necesarios para algo que el Estado no comprende ahora que era crear válvulas de escape. Los emperadores romanos lo entendieron muy bien y crearon el circo, que precedió a las corridas de toros. Hoy piensan que con el futbol como válvula de escape se podrán evitar sublevaciones, pero se necesita del teatro como un medio de comunicación social, de diversión; sin embargo, al mismo tiempo en el teatro siempre han sido necesarios los reglamentos que antes eran muy peculiares.”

Por ejemplo, en el libro El actor en el siglo XVII, de Maya Ramos, un fragmento del artículo número 5º, sentencia: …”Se prohíbe desde luego estrechísimamente, cualquier agregado que se haya inventado, como el que llaman cuchillada, salto u otros movimientos provocativos; en inteligencia de que el actor o actora que incurra en semejante desorden, se le arrestará en el mismo acto, y será puesto en la cárcel por un mes, conduciéndolo desde el tablado en que haya sido la transgresión, a la vista del público e individuos de la compañía de cómicos, para que sirva de escarmiento y exemplar”.

Existía también el Castigo a los actores faltistas, como lo registra el libro 200 años del espectáculo en México donde se expone un aviso cuyo título se lee de la siguiente manera: Un escarmiento a los indisciplinados: “El día de ayer se resistió Juan José Molina a ensayar y a presencia del administrador se descompuso y propasó sin que bastasen amenazas ni razones a contentarlo. He tomado la providencia de poner al mencionado Molina en una bartolina, (nombre femenino de calabozo oscuro y estrecho), y que sea llevado a los ensayos; y continuará así hasta su corrección y para escarmiento de otros si Vuestra Excelencia se sirve aprobar esta determinación”. Firma: El asentista del Coliseo Nuevo al Virrey Revillagigedo, 1790.

Las pruebas de que fue necesario reglamentar al detalle conductas que podían atentar gravemente en contra del espectáculo, sustentan la postura de un actor como Arturo Beristáin, miembro del elenco estable de la Compañía  Nacional de Teatro, que durante el 2014, participó en 10 obras a lo largo de 11 meses en funciones ofrecidas tanto en la ciudad de México como en giras nacionales e internacionales, además de haber dirigido cuatro montajes y haber realizado un cambio de papel, una vez que se había aprendido el texto de su personaje; labor para la que requirió de una férrea disciplina actoral y una concentración tanto fuera como dentro del escenario, que resulta difícil conseguir en nuestros días.

Hijo de la actriz Dolores Bravo y del actor Luis Beristáin, quienes interpretaban una obra por semana, nieto del también actor Leopoldo, El Cuatezón Beristáin, Arturo recuerda que su papá era galán de los años cincuenta, muy amigo de Luis Manuel Pelayo, de José Gálvez y de José Solé, con quienes formó una especie de cofradía del bastón que llegaba al teatro a sentarse en primera fila como la cuadrilla de banderilleros de los matadores y cuando les preguntaban para qué era el bastón, respondían que era para pedir tono porque generalmente, desafinaban.

Es importante el comportamiento tanto en el camerino, como entre cajas, donde si uno es técnico, hay que estar atento a los movimientos en escena, en vez de conectarse a los jueguitos del celular, dice el actor y agrega: El paso de gato, que es toda esa estructura tubular que está en la parte de arriba y cuyo puente debes cruzar de un lado a otro de la barandilla, recibe ese nombre porque así se debe caminar por ahí, con el cuidado y la delicadeza de un felino, cuyos pasos no se escuchan y mucho menos interrumpen o distraen a los que están trabajando abajo.

“Decía Ofelia Guilmáin que uno está fuera de escena en el momento en que se encuentra en la calle, pero en cualquier parte del teatro, ya se está en escena. Hay ciertas acciones que no están codificadas pero que no deben hacerse, como bajar al patio de butacas para hacerse el chistoso y ganarse al público, o hacerle guiños de referencia al espectador para coquetear, lo cual le quita rigor a la puesta en escena.

“Por otro lado, también se puede mentir con la verdad, porque como dice la tradición teatral, ‘al mal Cristo, mucha lágrima’ y es que la Pasión de Jesús se representaba antes en los teatros durante Semana Santa, pero el que tenía que llorar era el público y eso lo decidían los propios actores que mantenían una especie de policía teatral para cuidar la calidad de los espectáculos, pero todo esto, que es similar a un grupo de reglas intangibles, se ha perdido.”

De haber esa policía teatral —dice el actor—, se arrestaría a esos actores que se salen de escena durante la función y se sientan ataviados con el vestuario de su personaje a ver desde la butaca lo que sus compañeros hacen en escena, para entrar de nuevo hasta que les toca su parte.

“Hay una anécdota de que el actor José Gálvez, ya fallecido, tuvo que salir disfrazado de mujer de una función en la que había actuado pésimamente y lo esperaba en su coche Nadia Haro Oliva para ayudarlo a escapar de la policía teatral que lo perseguía por haber realizado tan mala interpretación.

Imagínate cuántos disfraces deberíamos tener si tuviéramos que salir del teatro huyendo cuando algún actor o actriz no se prepara adecuadamente y su trabajo es de mala calidad, reflexiona Beristáin.

“Esto de la policía teatral, es como el Duende que baja a escena. Nadie lo ha visto, y me dicen que soy un pesado cuando lo comento, pero no se puede chiflar en el escenario; al Duende no le gustan los chiflidos y tampoco puede estar sucio el espacio, esto es parte de la tradición, porque cuando sí baja el Duende, entonces el público se pone de pie y llora, así que sí desciende, pero entre todos tenemos que lograr las condiciones para que pueda hacerlo.”

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