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Queremos tanto a Natasha

Natasha Richardson (Guadalupe Rosas)
Natasha Richardson (Guadalupe Rosas)

Natasha Richardson vivió de muy niña el divorcio de sus padres —Tony dejó a Vanessa por la irresistible Jeanne Moreau y ésta se consoló con el galán italiano Franco Nero, con quien tuvo un hijo y hasta la fecha está casada— y pasó su adolescencia viajando entre internados ingleses y Le Nid du Duc, la exótica hacienda de su padre en el sur de Francia, donde aprendió a cocinar para veinte personas a la vez, una práctica que mantuvo incluso en su vida adulta (la recuerdan quienes la conocieron y quisieron como una anfitriona fabulosa); negándose a ser actriz, hasta que el llamado de la RADA, como el de las sirenas a Odiseo (o bien, de la sangre, ya ve usted), fue irresistible y se incorporó al oficio familiar.

Debutó en escena al lado de su madre en La Gaviota, de Chéjov, interpretando a Nina, rol que Vanessa hiciera en cine para Sidney Lumet. Pese a que el cine la llamó bastante pronto, su verdadero amor era el teatro y no hizo jamás un secreto de ello; en 1998 ganó un Tony por el formidable revival del musical de Kander y Ebb Cabaret dirigido por Sam Mendes, en el que fue una formidable Sally Bowles, haciéndola “una cantante de segunda en un cabaret de tercera, en un Berlin a punto de irse a la mierda.” Por otra parte, su debut en cine fue como una figura histórica: la entonces muy joven Mary Wollstonecraft Shelley en Gothic (1986), uno de los más delirantes excesos en celuloide de Ken Russell —que ya había dirigido a su madre en Los demonios (1971)— que buscaba retratar con estilo rococó y ritmo de video-rock la noche de 1816 en que fue concebido Frankenstein, con resultados francamente desastrosos, aunque al verla, el buen Paul Schrader —guionista de Taxi Driver y director de Gigoló Americano— la eligió para ser nada menos que su Patty Hearst (la inefable heredera secuestrada, que acabó convertida en guerrillera asaltabancos) en un peculiar docudrama que le valió llegar al Festival de Cannes. Repitió con Schrader en El placer de los extraños (1990), un enigmático, inquietante y muy violento chamber-film escrito por Harold Pinter sobre una novela de Ian McEwan, con Rupert Everett, Christopher Walken y Helen Mirren, ambientado en Venecia, en el que interpreta a una ingenua que vacaciona junto con su amante en la ciudad de los canales y no puede evitar caer en la telaraña de Walken (como un tipo siniestro y monótono) y la siniestra Mirren, una arpía muy chic con cara de no-rompo-un-plato, capaz de cualquier cosa para complacer a su marido, con funestas consecuencias para todos los involucrados.

De ese rodaje, fue recomendada por Pinter para protagonizar El cuento de la doncella, de Volker Schlöndroff, basado en la célebre novela distópica de Margaret Atwood, junto a Robert Duvall y la maquiavélica y siempre temible Faye Dunaway; posteriormente actuó con Jodie Foster en Nell —salió del rodaje de esa cinta para casarse con Neeson y ser madre. Después de eso, espació más sus apariciones en cine— prefería trabajar en teatro porque le permitía dormir todas las noches en casa —aunque la generación millenial la recuerda con cariño como la mamá de no una, sino dos encarnaciones de la púber Lindsay Lohan (antes que ésta se volviera un superfreak) en el remake marca Disney de Juego de gemelas, y como colofón a su carrera, tuvo dos grandes trabajos en 2005: La condesa blanca (de James Ivory, con guión de Kazuo Ishiguro), ambientada en los albores de la Segunda Guerra Mundial donde actúa con Ralph Fiennes y todas las mujeres de su familia, y también produjo la adaptación al cine del inquietante melodrama Asylum, escrito por Patrick McGrath, que estelarizó con Ian McKellen, ambientada en los sesenta, donde encarnó a la esposa reprimida (pero elegantemente vestida) de un psiquiatra que halla brutal liberación sexual —y la ruina social—en brazos de un enfermo mental.

Solidaria y activa en la lucha contra el VIH/sida —su padre murió a consecuencia de este mal en 1991—, nuestra Natasha sufrió muerte cerebral a consecuencia de un estúpido accidente en una pista de esquí en Canadá, el 19 de marzo de 2009. Neeson y Vanessa honraron su última voluntad y tras desconectarla, donaron sus órganos, mientras que Broadway apagó sus luces en señal de duelo. Hoy, la recordamos con cariño.

Miguel Cane

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