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Queremos tanto a Mary

Mary Tyler Moore
(Ilustración: Waldo Matus)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Miguel Cane

The Mary Tyler Moore Show es el sitcom favorito de Oprah Winfrey, que, afirma, le dio inspiración para inventarse una carrera. Usualmente aparece en el tope de las listas que compilan los mejores programas de su tipo en la historia de la tv estadunidense (y en algunos casos internacional), marcó una época y sirvió de ejemplo para muchos otros programas —entre ellos, fue el formato en que se basó el muy entrañable Mi secretaria— así como semillero de spin-offs de éxito.

Sin embargo, no tenía pretensiones de nada de esto cuando se presentó en la CBS en 1970; la cadena buscaba un target más urbano y joven. Para entonces, la dama de marras, Mary Tyler Moore, buscaba reinventarse, así que ambos estaban en igualdad de circunstancias.

Miss Moore no era ninguna desconocida para los televidentes; había empezado su carrera bailando en programas de variedades, después fue la recepcionista de Johnny Staccato, detective jazzista (encarnado por John Cassavetes), si bien solo se le veían las suculentas pantorrillas cuando intervenía, y había alcanzado la fama como Laura Petrie, ama de casa sensacional y vivaz, casada con Bob Petrie, atribulado guionista que interpretaba Dick Van Dyke en el clásico programa que lleva su nombre.

A lo largo de seis temporadas, los Petrie hicieron historia en la comedia de situación, hasta que en 1966 terminaron su contrato y decidieron probar suerte en Broadway y el cine. Van Dyke tuvo mucho éxito, donde Miss Moore pasó con más pena que gloria como Holly Golightly en el calamitoso musical basado en Desayuno en Tiffany’s —¡con libreto de Edward Albee!— y dos películas; otro musical en que aparecía con Julie Andrews, y un drama en que era una monjita cortejada por Elvis Presley, con el que no tuvo química—, así que la propuesta de hacer un programa de comedia de media hora en que fuera la protagonista, no era mala idea, sobre todo porque la productora sería ella, junto con su entonces marido, Grant Tinker, con quien fundó MTM, un estudio que produjo series realmente emblemáticas como St. Elsewhere o Hill Street Blues.

Tinker y Moore presentaron a la cadena un proyecto creado por un muy joven James L. Brooks —el mismo que daría a Matt Groening la oportunidad de Los Simpson— en que una mujer divorciada se muda a una gran ciudad a buscar trabajo en el medio editorial. La CBS, que había transmitido también The Dick Van Dyke Show, puso peros casi de inmediato: divorciada ni hablar, dada la historia de la actriz en las ondas, temían que se pensara que Mary habría dejado a Dick Van Dyke.

Así pues, Mary Richards pasó a ser una treintañera abandonada por el novio, que se muda a una gran metrópoli (Minneapolis) en pos de la realización personal. La cadena sugirió el final de la primera temporada con una boda. Miss Moore fue entonces la que protestó, ejerciendo presión suficiente para salirse con la suya. El personaje buscaría crecer como persona sin necesidad de tener un hombre en su vida. Este “yo sola puedo” se impuso y no hubo galán fijo en la serie.

Estrenado el 19 de septiembre de 1970, el show se presentó a una protagonista simpática e inteligente cuya vida se desenvolvía en dos ambientes: su trabajo como productora asociada de un noticiero con un jefe, el inefable Lou Grant (Ed Asner), un acérbico redactor, Murray (Gavin MacLeod, el capitán Stubbins de El crucero del amor) y Ted Baxter, el conductor, un idiota funcional, interpretado (Ted Knight). Por otra parte, estaba su vida doméstica, con sus amigas, la extravagante Phyllis Lindström (Cloris Leachman), poseedora de estrafalarias ideas sobre cómo vivir la vida —curiosamente, no del todo ajenas a lo que promueve Gwyneth Paltrow en GOOP— y Rhoda Morgenstern (Valerie Harper) despreocupada ex hippie prófuga de una tremebunda madre judía, que subsistía como diseñadora de escaparates, amén de gorreándole comida a Mary, que era una santa en su tolerancia.

Los ratings fueron bastante decentes y se renovó la serie casi en seguida. Mary tenía capas que no se habían explorado; era independiente, con la idea de encontrar su propia posición en el mundo laboral (y en su vida personal) sin tener que rendir cuentas a nadie; vivía sola, tenía una relación cordial pero suficientemente distante con sus padres, ofrecía con entusiasmo dinner parties que eran célebres por acabar en desastre (uno de los running gags más entrañables del programa), e incluso se daba el lujo de pasar la noche con algún caballero —si bien esto no llegó a verse (no eran los tiempos tan avanzados) pero había claros indicios, incluyendo una escena en el que los espectadores descubren, que Mary tomaba anticonceptivos.

A manera de un espejo un tanto desparpajado del zeigeist de la era, elementos como la liberación femenina, la revolución sexual, Vietnam, el escándalo Watergate, la brecha generacional, etcétera, aparecen sutilmente satirizados. La parodia política tenía que ser discreta, pero llegaron a un punto en el que pudieron hacer alusiones bastante burlonas a Nixon e incluso incorporar a la mismísima Betty Ford (ostensiblemente sobria) en un cameo.

Muchos señalan a esta serie como la cuna del hoy muy conocido género del dramedy; los primeros momentos conocidos en la tv masiva en que se dio esto, están claros momentos como en el que Mary seriamente entretiene la idea de aceptar irse de fin de semana con un casado —finalmente, el sujeto se acobarda— o cuando Lou Grant tiene que aceptar contra su voluntad que le apliquen el divorcio. Estos temas que hoy parecen hasta cursis eran bastante polémicos para el público de la época; había risas y pathos, muchas veces en el mismo episodio, y hasta humor surrealista. En “Chuckles Bites the Dust”, de 1975, el payaso “Risitas”, que formaba parte de la cadena, muere (fuera de cuadro) de modo abrupto cuando, por ir al circo disfrazado de cacahuate, es destrozado por un elefante. Mary está escandalizada al ver cómo sus colegas encuentran hilarante la noticia, pero luego, durante el servicio fúnebre, es ella quien empieza a reírse entre dientes hasta estallar en carcajadas para alcanzar catarsis y llorar (y de paso llevarse su tercer Emmy, amén de convertir el capítulo en un auténtico clásico).

Mucho se discute acerca de cuál es el momento en que una serie popular debe terminar. Algunas como Seinfeld y Friends se extendieron por intereses comerciales y llegaron a tener finales estúpidos. En el caso de The Mary Tyler Moore Show, no había una razón que intimara su desenlace en la primavera de 1977; simplemente, con 40 años cumplidos, Miss Moore decidió que era hora de hacer algo más —no tardaría mucho en recibir la oferta de Robert Redford para romper el estereotipo y encarnar a lo más opuesto posible de su personaje, la glacial madre castrante de Timothy Hutton en Gente como uno—. Siete temporadas eran suficientes y era mejor retirarse cuando no había encarado aún la inevitable decadencia de otros (las últimas temporadas de Hechizada, son una afrenta a la memoria de la enormísima Elizabeth Montgomery).

Fresca y rompedora en su momento, astuta y brillante aún hoy The Mary Tyler Moore Show es algo a lo que muchas de las series que ahora disfrutamos le deben mucho, igual que a la actriz que falleció la semana pasada dejándonos esos capítulos como herencia; ella quería hacer algo diferente, tal y como rezaba el coro de la famosa canción tema. Se propuso iluminar al mundo con su sonrisa, y lo logró.

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