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Pupilentes

Pupilentes
(Karina Vargas)

EN EL TONO DE TONA
Rafael Tonatiuh


Hay tantas realidades como puntos de vista.
José Ortega y Gasset.

Cuando era niño me encariñaba con los chicles. Después de un buen rato de masticar uno, aunque ya hubiera perdido su sabor, me negaba a tirarlo o pegarlo bajo una mesa o al tronco de un árbol; sentía que por el tiempo de placer que me había proporcionado, el chicle no merecía que lo abandonara con tanta ingratitud. Prefería tragármelo antes que deshacerme de él.

Durante la adolescencia entré en contacto con escuelas filosóficas y espirituales que enseñaban las ventajas del desapego a los objetos materiales. Así dejé de tragarme los chicles y aprendí a arrojarlos al peor bote de basura (un amigo le decía a su hijo: "Si vas a dedicarte a ser bote de basura quiero que seas el mejor bote de basura"; pues bien, seguramente su hijo sería el peor y contendría todos mis chicles).

Me creía curado de todo tipo de materialismo (histórico y dialéctico), pero últimamente le he agarrado un apego enfermizo a mis lentes de contacto y me niego a quitármelos. ¿Se acuerdan que Ricky Luis tenía un mes con el mismo pantalón, y qué? Bueno, yo ya tengo más de un mes con los pupilentes puestos, sin quitármelos para dormir. Me los puse el jueves 4 de junio de 2015 para verme más bonito (la propaganda oficial de los pupilentes es que el amor no solo entra por los ojos, sino que sale por ellos), en la presentación del libro El motel de los antojos prohibidos, de mi querida amiga Verónica Maza Bustamante, y hasta el cierre de esta edición los traigo puestos.

En mi adolescencia usaba pupilentes de los normales (blandos), pero como dibujaba con tinta y no me lavaba bien las manos, siempre tenía los ojos contaminados. También era ligeramente salvaje, recuerdo que un lente se me salió del ojo entre la multitud que salía de un lienzo charro, lo encontré en la punta del zapato, le puse salivita y me lo coloqué otra vez. Estas aberraciones me obligaban a encerrarme dentro de un clóset no por gay inconfeso, sino porque me ardían los ojos con el mínimo rayo de luz. Traumado, durante mucho tiempo usé lentes de armazón, hasta que se me rompieron a finales de los noventa; al acudir a la óptica me di cuenta de que ya existían lentes de contacto desechables, más económicos y que me los entregaban al instante, así volví a usarlos; actualmente uso los de armazón y guardo los pupilentes para ocasiones especiales.

Se supone que duran un mes y luego debes remplazarlos, y puedes dormirte con ellos un día o dos, echándoles su líquido, así que esa noche me dormí con ellos puestos, por flojera, diciéndome: "Mañana en la mañana me los quito", que luego se convirtió en "por la noche me los quito" y es la hora que siguen aferrados a mis pupilas y ya ni siquiera les pongo su líquido, pues no me causan molestia (bueno, salvo que veo el mundo con un ligero sfumato tipo Da Vinci, pues aproveché una oferta, con la desventaja de que no había de mi graduación, así que veo la vida con media dioptría menos).

¿Por qué no me los quito? ¿Será por güevón? ¿Acaso temeré desilusionar a quienes ya se habían acostumbrado a mi belleza sin lentes, defraudándolos, recuperando mi apariencia nerd, logrando que mi autoestima caiga estrepitosamente cual popularidad de un partido político?

La mayor ventaja de la que puedo gozar usando lentes de contacto es que puedo ponerme lentes obscuros. Sobre todo porque tengo una inevitable mirada libidinosa y no quiero ser recordado por lujurioso (como Bill Cosby), sino por tener una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood (como Bill Cosby); lo sé porque me lo han dicho mis ex novias, y no por la manera de mirarlas a ellas, sino por la manera de mirar a otras cuando estamos en un lugar público; de pronto recibo un pellizco, seguido de una recriminación, y me veo obligado a explicar: "Es que me sorprendió el parecido de esa chava con mi prima Julita". Además, como uso bastón, algunas chicas que llaman mi atención me toman por ciego, me ayudan a cruzar la calle y aprovecho la ocasión para pedirles su teléfono. De este privilegio se pierden las personas sin bastón y sin orejas.

Si mi arriesgada experiencia no tiene efectos secundarios alarmantes, podría investigarse si los lentes de contacto en realidad son eternos, y la comunidad de enfermos visuales hemos sido engañados por la industria de la óptica, comprando líquidos y estuches totalmente innecesarios. Si hace falta una prueba viviente para una demanda ante la Administración de Alimentos y Medicamentos, aquí estoy yo.

Por lo pronto, pondré mis ojos como donación de órganos, para un miope que no le importe tener un punto de vista con una dioptría menos.

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