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Entre Puccini y Pedro Infante

Fotografía de la OTCM tomada en 1885.
Fotografía de la OTCM tomada en 1885. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Ricardo Guzmán Wolffer


Cruzar el bosque de Chapultepec para llegar caminando al Castillo (no hay de otra), además de recordarnos el sobrepeso adquirido en el puente Guadalupe-Reyes, patentiza la libertad citadina: al menos cuatro parejas (una de gays, dos de lesbianas y otra de viles heterosexuales) retozaban con actos casi ejecutivos a la cópula, a la vista de todos y sobre el pasto que quedó ligeramente hundido. La clásica fiesta donde cierran el área con globos y los padres del niño festejado llevan charanda y tequila para agasajar a las comadres tampoco faltó. Los bicicletistas que suponen ser políticos y avientan el vehículo a los peatones, ciertos de que podrán irse impunes, también estaban ahí. Todo valió la pena apenas sentarme en el histórico Alcázar del castillo (con un mantenimiento perfecto: por algo lo ocupaba la dueña de la pareja presidencial para hacer sus toquines sin populacho) y escuchar, junto con los instrumentos de viento y otros clásicos, los bandolones, salterios y marimbas, entre otros regionales. La característica de la OTCM es la mezcla de instrumentos y música tradicionales con clásicos, como sucedió en esta magnífica función inicial, la primera gala operística de la OTCM en más de un siglo.

La mera presencia de la OTCM logró que el público que deambulaba con la mirada extraviada por el sastillo, se sintiera como en casa al escuchar las palabras del maestrazo Arturo Quezadas, músico de altísimo nivel que diera una memorable actuación en el reality del Canal 22 Ópera prima ¡la banda! y que salió con rabo, orejas y batuta en alto, tras los aplausos de la gente que abarrotó el espacio: era lo mínimo luego de interpretar partes de la ópera Carmen, Cavalleria Rusticana, La Bohéme y más. Quezadas continúa con la tradición de magníficos directores (Lerdo de Tejada, Tata Nacho y muchos) de esta orquesta fundada en 1884, la más antigua de México aún funcionando y, dicen, de América Latina. Desde la mezcla de prendas tradicionales (ellas) contra la camisa o playera blanca (ellos), la música logró efectos anímicos en el público. Más de uno dejó salir unas lagrimitas con las notables interpretaciones de sopranos y tenores, especialmente en el Nessun Dorma de Turandot y Si, mi chiamano Mimí de La Bohéme, donde el salterio del maestro Pacheco acompañó las voces sin error, cantadas en un espacio cuya acústica resistió a la gente que pasaba, los niños que brincaban en su asiento, e incluso los comentarios del nada respetable, que confundió “Mi ciudad” con “La bikina”, y hasta imitaba a Pedro Infante cuando cantaron “Qué te ha dado esa mujer”. Bien dijo al inicio del concierto el director Quezadas que se habían guiado por el gusto del público para escoger las piezas.

En parte por la magnífica interpretación de la OTCM, en parte porque la mayoría de los asistentes se concentraron en el conciertazo y no en los pesados turistas que sacaban fotos a escondidas, pero sobre todo por el espacio que permite al espectador sentirse más libre, todos salieron contentos, desde el neófito que llegó por error hasta los culteranos que comentaban haber escuchado ese mismo Turandot con Eva Marton en Bellas Artes, pero pagando varios miles de pesos más. Y es que esta gala fue gratuita: buenísimo, bonito y regalado: el sueño del mexicano. Para que luego no digan los melómanos que no van a conciertos por falta de fondos.

La reapropiación del espacio público es un concepto que en Chapultepec, más en el castillo, se concreta a pesar de que hay que hacer fila solo para iniciar el ascenso por la interminable subida, donde hay que driblar al trenecito que va derecho y no se quita, a las señoras con leggins romperretinas y a los infantes que hacen tal tamaño de berrinches, que si fueran cobrables, aumentaríamos el PIB. Con este concierto se logra que los escuchas verdaderamente se compenetren con la música y sus ejecutantes, los niños y bebés asistentes pudieron retorcerse a sus anchas sin impedir el curso de la función que si bien constó de no más de 10 piezas, fueron las justas para que todos los escuchas salieran satisfechos de este concierto ganador en muchos rubros. Quezadas ha puesto a la OTCM en el camino ascendente que merece la agrupación. Y apenas es el inicio de la temporada. Muchos asistentes grabaron las canciones: “Luego la busco en el interné”, decían algunos; de modo que este acto de promoción músico-cultural dio la vuelta al ruedo. Hasta a la anciana que llegó a medio concierto a ganarle el asiento al niño que estaba parado fue tolerada, pues la mamá del infante ni le hizo caso; como todos, tenía la mente en la música. La OTCM logró capturar a sus escuchas: por una vez en mucho tiempo, la ciudadanía musical se sintió parte del bien público que significa esta gran orquesta: se hizo parte del patrimonio anímico del espectador.

La gente quiere más y lo va a tener, solo hay que darle seguimiento a Quezadas y sus muchachos para estar en los próximos conciertos. Ocho conciertos.

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