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Primer aniversario

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Maya Mazariegos

por Rafael Tonatiuh

El sábado 1 de noviembre cumplí con Mayita Mazariegos un año de no sabemos qué, pero que podría definirse como el primer aniversario de Niñas Valientes, que en nuestra cofradía significa 365 días realizando prácticas diversionistas y rituales mágicos (amén de compartir graciosas fábulas y deslumbrantes prodigios).

Todo comenzó a finales de septiembre del año pasado, cuando quedamos de ver la película francesa Amigos. Hacía tiempo que no cotorreábamos. La cité en un bar de Sanborns, en cuya librería se estaba promocionando el libro El regreso de Maya, título que la valiente mujer tabasqueña señaló con el dedo, para reafirmar la importancia cabalística de su retorno.

El 1 de noviembre de 2012 Mayita y un servidor bajamos de un taxi, sobre avenida Morelos, casi llegando a Balderas, México DF. Atravesando la banqueta, yacía el cuerpo de un indigente alcoholizado. Le pregunté a Mayita si le interesaba tener una boda mágica, me preguntó en qué consistía, le dije que bastaba con cruzar juntos por encima de aquel zombi amenazante, mientras pedíamos un deseo.

Tras realizar aquella proeza, degustamos un lechón en El Mesón del Cid (Porky es el amo de la diversión, que nos hace gozar y simbólicamente está representado en la carne de puerco), rociado con tintos; después acudimos a la última transmisión de La Noche W, programa radiofónico que conducía Fernando Rivera con María Emilia Martínez, teniendo las colaboraciones de Verito Maza, Eduardo Limón y un servidor (haciéndole del Profesor Sabelotona); de madrugada, en casa de Fer, la boda degeneró en degenere.

El caso es que ya cumplimos un año como personajes salidos de La Gran Mente Cósmica, Mágica y Musical: ella es una actriz joven, tropical y fantasiosa, optimista e inocente, que habla con las ardillas y con Mía Wallace (personaje de Pulp Fiction), se ríe todo el tiempo calzando sus pantuflas de osos y llevando en la mano a Cirilo (su oso amigo), conviviendo con un viejo pendejo con bastón, que se vuelve monstruoso cuando se emborracha y al que embarra cremas embellecedoras sobre sus arrugas. Ambos se proponen hacer una película, un programa de televisión, un show divertido.

El set es una sala con pinups enmarcadas, plantas sagradas en macetas con frutas como ofrendas, un altar litúrgico a la Magia del Caos y una cocina con barra de talavera poblana.

En ese set, el viejo le organizó su primera fiesta de cumpleaños a Mayita, con un pastel con vela del Chavo del Ocho y platos y vasos de Bob Esponja. Vinieron muchos amigos. Hubo tacos de canasta y coreografías. Muebles, lámparas, muñecos de peluche, todos tuvieron sombrerito de fiesta y se pegaron globos en las paredes. Los globos duraron casi todo el año, pero con el tiempo se fueron desinflando. Algunos elementos de la casa aún conservan su gorrito de fiesta.

Le di a Mayita un anillo de compromiso de coco (anillos sin base jurídica para fines legales), como contrato para salir en esta sitcom, con capítulos como cuando el señor del agua Electropura no regresó con el cambio de 50 pesos y ya ni nos tocaba el timbre; Mayita tuvo que poner un letrero, decorado con florecitas, en la entrada del edificio, diciéndole que se olvidara de los 50 pesos y nos cambiara el garrafón; el señor tocó el timbre, Maya le reclamó los 50 pesos, el del agua argumentó que “le habían robado el carrito de los garrafones” y se fue. Por un puñado de pesos perdió unos clientes.

El sábado en la noche que extravié mi celular. Mayita llamó al aparato perdido y le contestó un chavo, quien dijo llamarse Juan y que se había ido a Michoacán, pero que el domingo regresaba, citándonos a las tres de la tarde en el metro Portales para devolverlo. Ese domingo el chavo apagó el celular y se perdió la comunicación. Por la tarde, Mayita fue al Oxxo de la esquina (último lugar que visité la noche anterior) y preguntó si por la noche no atendía un chavo llamado Juan, de Michoacán, y le dijeron que sí, a partir de los lunes. Allí dejé el teléfono, al sacarlo sobre el mostrador para buscar unas monedas en el bolsillo. Recuperé mi celular, pero el tal Juan de Michoacán me hizo gastar 300 pesos en un aparato nuevo.

Por tratarse de un viejo, es inevitable que le enseñe algunas cosas a Mayita (por ejemplo, la pertinencia de ponerle epazote a las quesadillas con quesillo), pero realmente es la más pequeña quien, con paciencia infinita, educa a una persona mayor en diversos aspectos: salud, belleza, buenos modales, labores domésticas, filosofía, zumba, magia y hasta en actuación (sus ejercicios de improvisación escénica me sirven para mi curso de guión, pues despiertan imágenes).

En cualquier momento Mayita puede dar función: perrillo atolondrado, pulga apostadora, reloj dando las seis, ardilla neurótica, vampirillo en la montaña rusa u conejillo drogado en el bosque.

Con carnitas, cervezas, postres y mezcales celebramos un año de dulce compañía, en este set lleno de flores y aroma a Suavitel y frutos del bosque.

Nunca había vivido con un ser tan joven, rosita, surrealista y mágico. ¡Bienvenida Mayita, nos esperan muchos más felices aniversarios! ¡Te amo, muñequita!

 


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