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Playa del Crimen

(Apache Pirata)
(Apache Pirata)

A Sisi Rodríguez, por tiburonera

Cuando en el año de 1972 del siglo pasado la Federación proclamó al territorio peninsular de Quintana Roo como nuevo estado, los forjadores del futuro daban inicio a la cuenta regresiva para la extinción del paraíso. Luego de las reformas al artículo 27 en la década de 1990, todo fue malbaratado para ser botín de piratas. Después de la guerra civil yucateca a finales del siglo XIX, la región permaneció en el olvido, siendo solo algunos campos productores de chicle y pequeñas aldeas de pescadores quienes ocupaban mínimas extensiones de tierra sobre el litoral.

Ya desde el fin de la Guerra de Castas, en la que los mayas organizados dejaron aproximadamente 250 mil muertos entre mestizos mexicanos y blancos de sangre europea, y que reincorporó a la efímera República de Yucatán a la Republica Mexicana a cambio de que el ejército mexicano aplastara la rebelión. Solo por recordar, pero esa fue oficialmente la única ocasión en que nativos del continente estuvieron a punto de vencer a quienes invadían sus tierras originales. Da igual, es historia vieja, de cuando Playa del Carmen se llamó Playa Morentes.

Hoy en día la población nativa mantiene viva su lengua y construye su futuro trabajando duro en todas las ramas de la industria turística; lo que nadie sabe exactamente es cuando concluirá la vida útil de la Riviera Maya antes de ser una copia caribeña de Caleta y Caletilla.

Lo único cierto es que el Dragon Mart de los chinos, la Disneylización de todas las ruinas mayas y la invasión sin cuartel de todo terreno, playa y manglar por parte de los seres humanos es ya irrefrenable. El paraíso perdido es ya el lugar al que aventureros de todo el mundo vienen a refugiarse, a buscar un empleo temporal y a gastarlo todo en desmadre y reventón o a juntar la plata para seguir rolando.

Ya desde el inicio las cosas le van pesando al entorno. Contrario a lo que cualquiera pensaría, viajar a la Riviera Maya por avión es más tóxico que dar un carreterazo al estilo tapatío cuyo destino es Puerto Vallarta o el clásico Acapulcazo de los chilangos, pues venir a aquí volando deja en la atmósfera un promedio de 285.9 Kg de CO2.

EN LA RIVIERA

Tomo un camión en la TAPO de la capital azteca y 25 horas después aparezco en otra dimensión. El calor tropical sacude mis células, que explotan de alegría. No, no soy un turista, solo uno más de los miles que vienen a probar fortuna en esta región aunque conseguir un buen empleo aquí sigue siendo tan difícil como hacerlo en cualquier otro estado de la República.

En la península, todo es explotable, pues en comparación con la derrama económica anual de toda la ciudad, que es de 125 millones de dólares en promedio, a los aventureros nos tocan unos 200 pesos por diez horas de garroteo severo en tres idiomas mínimo.

Es quizá este contraste entre lo que uno ve que vienen a gastar y lo que uno se lleva a casa lo que provoca que la región sea depositaria del índice más alto de suicidios en todo México, jóvenes sobre todo, ven terminar sus días colgados en sus cuartitos de a mil varitos al mes. Cada gran e inolvidable momento, esos selfies de ensueño por parte del turismo nacional o internacional tienen una repercusión mórbida en la vida de cientos de miles de seres humanos y animales. Mar de muerte es el Caribe caníbal que todo lo devora.

Es curioso cómo funcionan las cosas aquí. Hace no mucho fui levantado por la policía municipal para ser identificado por un robo; detuvieron al hombre equivocado, pues no, no fui yo, fue otro más chacal. Pero es ahí donde uno no comprende  por qué o cómo se arreglaron las cosas para que del otro lado del pueblo la explotación animal y el tráfico de especies (así sean de criaderos) sea una industria boyante. Sobre la 5ta Avenida hay dos puntos donde manejadores de animales exóticos le sacan jugo a los leones, cotorros, jaguares, monos e iguanas. Quiero pensar que como en cualquier negocio, una vez hecha la faena, se reparte el botín entre todos para que al menos los animales vayan en sus días libres y lo gasten en tachas y se lleven a una italiana o una alemana a echar un trago para resistir tal explotación. De otra manera no veo cómo soportan los animales hasta diez horas de trabajo duro mientras unos micos los padrotean abiertamente para solaz y regocijo de turistas sin escrúpulos. Se sabe de un desarrollo construido dentro de la jungla en el que dos jaguares perdidos y hambrientos bajaron de sus ramas a solicitar empleo y cómo no se los dieron y se pusieron locos y atacaron a una turista. Obvio, pagaron con su sangre el faltarle el respeto a una extranjera. Ambos fueron sacrificados en nombre del progreso y las ganancias.

Quintana Roo es el estado del país que orgullosamente más basura produce por persona. Y con todo, la verdad, es una región interesante pues es una Babel caribeña donde rusos, chinos, gringos, mexicanos, argentinos, franceses, italianos, mayas, centroamericanos y caribeños isleños cohabitamos. Aún en un mal día puede uno ir a echarse un taco de ojo a las playas (el conteo de cougars por metro cuadrado rebasa las expectativas de cualquier casanova promedio) enmarcadas en un azul turquesa.

   No hace mucho, un domingo, luego de recibir por parte de una ola en la playa un billetote de 50 pesotes mexicanos que andaban por ahí flotando sin dueño, me fui a vagar. Luego de conseguir unas tortillas para comer, un maya que me había seguido varias cuadras me abordó y me dijo: “Estás bien grandote, ¿te puedo hacer una felación?”. Y lo estoy diciendo correctamente porque el momento fue mucho más vulgar y espontáneo. Pienso mientras masco mis tortillitas transgénicas que si la vida te da limones hagas limonada; sin embargo, me encuentro en la parte de México con el mayor índice de VIH y otras infecciones sexuales, así que paso de largo y agradezco la flor.

Esa misma tarde, al mirar a las sudamericanas menearse al ritmo de las olas en sus coloridas tangas, observo a un norteamericano bien bronceado con uno de esos aparatos para buscar tesoros sondear la arena. Me acerco a preguntarle con malicia si de verdad encuentra dinero, a lo que me responde: “¿Dinero? Yo soy millonario, mira, este arenal hace cinco años era puro y limpio, ahora es un asco”.

Me muestra una bolsa llena de corcholatas de cerveza que es lo único que encuentra y recalca: “Todo esto es culpa del gobierno y su pésima planeación, no puede ser que no haya equipo para limpiar las playas de basura, solo les dan bolsas de plástico y palas a los trabajadores”. Me dice que mandará fotos al Presidente de México para que haga algo; me dice también que él se llevará su inversión a otro lado y venderá su casa.

Sonrío amargamente: su vigor y compromiso con el entorno es honesto, su comprensión de la cultura mexicana y la corrupción endémica muy pobre. Más tarde conozco a una porteña de Buenos Aires, muy bella, con una sonrisa muy linda, charlamos sobre nuestros pasados recientes, eso calma la pesadez en el ambiente. Mis demonios aún me persiguen y luego de charlar con Pilar me voy a otra playa. Se dice que a 30 metros de la costa ya hay tiburones, que temen a los humanos, que solo atacan cuando no pueden ver claramente. Me sumerjo en aguas arenosas para que los monstruos me encuentren. Au revoir.

Una sola cosa, vacacionistas de Semana Santa, piensen a qué paisaje quieren volver. En el reloj de arena de Playa del Crimen la belleza se desvanece.

 Apache Pirata

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