QrR

Philip Seymour Hoffman, memento mori

Philip Seymour Hoffman
(AFP)

En septiembre de 2005, poco antes del estreno en Estados Unidos de Capote, el filme de Bennett Miller sobre la vida del polémico y legendario escritor estadunidense, que lo llevaría a ganar un Oscar, y una larga serie de distinciones, Philip Seymour Hoffman concedió una entrevista para MILENIO Semanal.

 

*** ***

 

Aunque estaba a punto de convertirse en uno de los hombres más retratados de la temporada, Hoffman —entonces de 38 años de edad— no se sentía realmente cómodo con tanta atención o con que algunos lo tildaran, entonces, después de 15 años de carrera profesional, de ser “una estrella de cine.”

“¿Estrella? Una estrella de cine es Tom Cruise —con quien tuvo alguna memorable escena en Magnolia, de Paul Thomas Anderson, de quien fue actor fetiche, en 1999—,  que tiene el carisma para llenar él solo una pantalla. Para que su solo nombre garantice que un proyecto puede financiarse. Y además, al ser una estrella hay que tener la sustancia para poder serlo, porque debe ser una de las cosas más difíciles del mundo. Yo soy un actor y hago diferentes papeles. Estoy acostumbrado a ser parte de un ensamble, soy un itinerante. Pero no voy a ser nunca una estrella.”

Educado en la disciplina del teatro en la facultad de arte dramático de la Universidad de Nueva York, en el escenario era una fuerza deslumbrante —a Chékhov lo habría dejado pasmado el Kostia  que hizo con Meryl (¡nada menos que Meryl!) en La gaviota en 2001 o a Miller le habría partido el alma con su impecable Willie Loman en Muerte de un viajante en Broadway, en la temporada 2012— era grandote e intenso, con una apariencia imponente, que le permitía ir de personajes sórdidos e inquietantes, como el abyecto Freddie Miles, horroroso niño rico en El talentoso Mister Ripley —Minghella, 1999—  a seres de carne y hueso, como el adorable enfermero Phil Parma, que con dulzura cuida en sus últimos momentos al personaje de Jason Robards en Magnolia o su versión del periodista musical Lester Bangs en una breve aparición en Casi famosos de Cameron Crowe en el 2000  o el enigmático sacerdote de La duda (2009).

Si bien su trabajo como Capote —al que no quiso “imitar, porque eso sería muy fácil, todo mundo puede hacerlo. Entender al personaje que interpretas es lo realmente difícil”— tuvo acceso a ser leading man en algunos filmes —principalmente independientes— Hoffman era lo que se conoce como un “secundario de lujo”; la clase de actor o actriz que con su presencia da textura y color a un filme: su rostro suave y sin edad podía sonreír, hacerse confiable, espantar, enloquecer, endurecerse. “Eso es bueno, porque significa que siempre tendrás trabajo” dijo ese día en Manhattan, donde le gustaba vivir porque habitualmente podía “mezclarse”: nadie lo molestaba, si lo reconocían se limitaba a una mirada, un asentimiento, acaso algún murmullo. “Si te piden una foto, o un autógrafo, suele ser gente que viene de fuera. Pagan por ver el trabajo que hago. Uno tiene una deuda, grande o pequeña, con el público. Y no me cuesta nada un segundo. Es muy diferente a estar acosado por cámaras todo el tiempo. Eso no sé cómo lo pueden soportar algunos actores. Eso no es vivir.”

De este modo, afable y eficiente, se construyó una carrera brillante y sólida, al margen de sensacionalismos. Nunca hizo una exhibición de su vida personal (“finalmente, entre más sabe una persona externa, de ti, o cree que sabe de ti, más difícil será que crea que eres el personaje que interpretas: que se sepa demasiado de lo que haces y cómo lo haces, va en contra de tu trabajo.”) y fue discreto siempre, aunque nunca fue un secreto que desde 1999 tuvo una larga relación con la diseñadora de vestuario Mimi O’Donnell, a la que conoció durante una puesta en escena y con quien procreó tres hijos: un niño y dos niñas, todos menores de diez años.

Camaleónico y audaz en sus elecciones  —lo mismo podía rechazar un proyecto muy lucrativo para hacer algo independiente pero que le diera satisfacción— dirigió una película: la comedia romántica Jack goes boating, en 2010, en la que interpretaba a un tímido conductor de limusinas que se enamora de una mujer (Amy Ryan) que también padece una paralizante timidez. El filme, sencillo y bien construido, fue una revelación del sentido agudo del humor de Hoffman, de un toque insólito de lo empático, de lo cálido. Igualmente es conocido para las generaciones más jóvenes por ser Plutarco Heavensbee uno de los personajes de la mega saga Los juegos del hambre (se encontraba en medio del rodaje de la última parte, que será partida en dos, cuando falleció por lo que aún no se sabe qué pasará con su personaje), algo que hizo no sólo por su atractivo comercial, sino también porque le gustaba disfrazarse y tenía ganas de divertirse.

Deja tras de sí una filmografía variada y rica en fondo. Una reputación brillante y un recuerdo amable. Era de esa clase de grandes, que no necesitan un reflector para serlo: él generaba su propia luz.

 Miguel Cane

< Anterior | Siguiente >