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Películas de verdad

Mad Max
(Especial)

EN EL TONO DE TONA
Rafael Tonatiuh

“¿Es de llorar o de risa?” Pregunta que escuchó Groucho Marx en la taquilla de un cine.

A principios de los años noventa realicé un documental para la Universidad de las Américas, campus Cholula, Puebla, sobre las cactáceas columnares que crecen en la zona desértica de Tehuacán, entrando a la sierra mixteca; se tituló: El Desierto de los espíritus verdes (me parece que el material ya no existe).

La grabación duró tres días y no sé cómo pero me autorizaron llevar un actor, para “representar al Señor del Desierto”: mi amigo Silvestre Ugalde, quien vivía en Cholula. También tuve presupuesto para arte, de modo que tuve libertad pare meterle algo de ficción al guión, que no era mío.

Al desempacar, el actor y el realizador entramos en comunión con otro espíritu verde con fines re-creativos (para crear algo con el varo de la producción). Ya bien puestos, nos lanzamos al mercado y lo primero que vino a mi mente fue Mad Max, la película australiana cyberpunk de culto que George Miller realizara en 1979, en un futuro distópico, con una tierra árida para la humanidad, en la que un grupo de humanos atraviesa el desierto en busca del mar, donde todavía hay vida, con la ayuda del guerrero solitario Mad Max (Mel Gibson), enfrentándose a una pandilla de punks motorizados que influenciaran a grandes obras del videohome nacional, como Intrépidos Punks (Francisco Guerrero 1980) y La venganza de los punks (Damián Acosta Esparza, 1991).

En el mercado compré un vestuario post apocalíptico para el Señor del Desierto: Jergas y mantas para envolverlo, botas de plástico, un morral, un bastón y una flauta de madera. El mejor toque fue colgarle refacciones de carro en el pescuezo. Nos acostamos temprano, nos levantamos antes del amanecer, grabamos la salida del sol, con el Señor del Desierto tocando su flauta a los cactos, regresamos a seguir durmiendo y al mediodía continuamos la grabación. En la Universidad me pidieron que les mostrara lo que había grabado, cuando vieron a Silvestre caminando entre fantasmagóricas canteras de mármol tocando su flauta, me preguntaron que “qué era eso”, les dije que un personaje tipo Mad Max que aparece durante el documental, para reforzar la idea de que los cactos son seres que deben ser respetados; me miraron como diciendo “Mad Max, yeah”, y se fueron tranquilos. Mad Max era una película taquillera de una estética atractiva con muy bajo presupuesto: unos cuantos coches, un grupo de actores, persecuciones y mucha acción.

Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015), con Charlize Theron y Tom Hardy, agarró su propio mito de bajo presupuesto y se convirtió en super-producción (como si Steven Spielberg hiciera un remake de Santo contra las Mujeres Vampiro), consiguiendo un resultado deslumbrante, un colorido cómic cyberpunk, de un poético feminismo natural, además ya hacía falta otra película punk, tipo Faster Pussycat, Kill! Kill! (Russ Meyer, 1965), Pink Flamingos (John Waters, 1972), The Great Rock’roll Swindle (Julien Temple, 1980) y Cecil B. Demented (John Waters, 2000).

Ingresé al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM en 1985, donde analizamos muchas películas bajo la enseñanza de Jorge Ayala Blanco y Gustavo García. Ver buen cine te sensibiliza y anima a crear una obra de arte, pero antes de la educación cinematográfica, cuando uno se acerca de manera intuitiva al cine, uno no sabe quien es el director ni el guionista ni el fotógrafo de la cinta, solo se perciben películas de terror, de acción, de amor, de guerra, de choques, de balazos, etc., imágenes que se te quedan grabadas, por eso recurrí a Mad Max cuando tuve un actor, un desierto y un mercado, porque es parte de mi bagaje y vagaje cultural.

Mad Max: Fury Road estuvo nominada como mejor película en Los Globos de Oro, Premios Bafta, Premios Crítica Cinematográfica y Premios Oscar y no le dieron el premio en esa categoría, aunque se llevó seis Oscares (hasta Louis C.K. hizo el chiste de que también había ganado el Oscar a mejor cortometraje documental). ¿Por qué no le dan el premio a la mejor película? Porque es políticamente incorrecto, significaría premiar una película de choques (o sea, una película de verdad, no de Cineteca) ¿y cuando se ha visto eso? Lo mismo podemos esperar de las comedias, que tampoco son consideradas “cintas de mucho corazón”. ¿Entonces para qué las nominan? Quizás porque el público al que le gustan las películas de verdad también es televidente y le rascan rating a la taquilla, que estuvo bajísimo en la entrega de los Oscar 2016.

Me despido aplaudiendo la actuación de Hugh Keays-Byrne (quien también salió en el primer Mad Max) como Inmortan Joe (especie del Lobo Feroz del Loco Valdés en cyberpunketo) y la actuación de iOTA como el Guerrero Doof, guitarrista enmascarado de la banda militar, clavado en un requinto esquizoide con su guitarra lanzallamas en honor a la princesa perfecta Divine.

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