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Patrick Modiano. La memoria del nazismo de clóset

Patrick Modiano
(Waldo Matus)

Francia ha sido un país antisemita y nacionalsocialista de clóset. De todas las moralejas localizables en la muy vasta obra de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945),  ésa es la más estremecedora. Libro tras libro, el Premio Nobel de Literatura 2014 ha dejado constancia indirecta, pero muy evidente,  de que al sumergirse en la  entraña de la historia de su país durante y después de la  Segunda Guerra Mundial se vio obligado a remontar la desmemoria —en toda sus variantes: el ocultamiento calculado, las dobles contabilidades, el adulteramiento o desaparición de registros— para abrirse paso por zonas nebulosas del pasado. No únicamente del personal, sino de toda una época durante la cual cierta forma de amnesia colectiva se expandió como si hubiese sido un trauma de rebote, la voluntaria respuesta psicológica, casi física, a la desvergüenza de haber participado activa y entusiastamente en la perpetración del Holocausto.

Francia nunca será lo suficientemente señalada como cómplice eficiente, animosa, expeditiva,  de la Solución Final a la Cuestión Judía. Uno de los valores esenciales de los escritos de Modiano es andar y desandar los rincones donde anidaron microhistorias que narran esos años aciagos y a partir de ellas producir cientos de páginas de una prosa refinada,  cadenciosa, muy disfrutable en cualquier lengua, como lo comprueban las innumerables traducciones que le aseguraron al nuevo Nobelista una recepción internacional amplísima ya mucho antes de recibir el galardón de la Academia Sueca el pasado jueves.

Modiano publicó su primera novela, La place de l’etoile (traducida como El lugar de la estrella), a los 23 años. En pleno 1968 francés. Tiempos de la Nouvelle Vague, del protagonismo de Jean-Paul Sartre en la escena cultural parisina, de la hegemonía venida a menos del Noveau Roman, del magisterio narrativo de heterodoxos como Raymond Queneau y Georges Perec. Un periodo en especial venturoso para las letras francesas, que vio surgir a otro Premio Nobel de Literatura, Jean Marie G. Le Clézio, nacido en 1940 y por tanto estricto contemporáneo de Modiano, quien lo recibió en 2008. Por cierto, no recuerdo otro caso de una doble nobelización con tan poco tiempo de diferencia a escritores de una misma nacionalidad, lengua, generación, ambos narradores y autores del mismo sello de origen, la editorial Gallimard.

EL ‘FLÂNEUR’ DE LA MEMORIA

La place de l’étoile fue una revelación por varias razones. La más importante, acaso, fue por desmarcarse de los polos dominantes de la narrativa francesa de ese entonces —mencionaba dos antes, la Nueva Novela y a los escritores del OULIPO— para apostar por una escritura en la que confluyen elementos de  la autoficción, la literatura testimonial, la novela histórica e incluso, por algunos momentos, el reportaje. Para empezar, la ópera prima de Modiano contaba un  enjambre de historias, las contaba incluso con cierto vértigo, a un tempo que después el novelista mitigó y reguló en sus siguientes narraciones; incorporaba personajes del París y la Europa del tiempo de la ocupación alemana con sus nombres y apellidos; conducía a los lectores por las calles de la capital francesa de una forma, digamos, “distinta”, con la intención de un flâneur y, si me lo permiten, como un flâneur de la memoria. Como un vago que se interna por los callejones prohibidos, vergonzantes y patibularios de la historia para salir con vida y contarnos qué diablos puede sentir uno al contemplar el meritito fondo del abismo.

En La place de l’étoile se discuten ideas políticas; se habla de y se cita literatura, en especial literatura alemana y austriaca; se conversa sobre escritores siniestros, olvidados; de librerías anticuarias donde se descubren a los autores de los 1880 como si fuesen contemporáneos; es la primera novela francesa de los años 60 donde se habla con familiaridad de Viena, de la Mariahilferstrasse: “Crever Mariahilferstrasse, Vienne, Autriche, comme des chiens perdus. Personne ne pouvait nous proteger. Notre mère etait morte ou folle”. Fatigar la  Mariahilferstrasse, Viena, Austria, como perros perdidos. Nadie podía protegernos. Nuestra madre estaba muerta o loca, se lee.

Para su primera novela Modiano había creado un narrador algo atípico aunque muy probable, he conocido varia gente así; alguien quien decide ser el más grande escritor judío francés después de Montaigne, Proust y Céline. Con una salvedad: es un escritor judío francés antisemita y colaboracionista, Raphaël Schlemilovitch, quien, como el autor, es natural de Boulogne-Billancourt. Aquellas páginas ven pasar los nombres de intelectuales con biografías espeluznantes como Maurice Sachs, Robert Brasillach, Pierre Drieu La  Rochelle. Se escuchan las voces de personajes muy ficticios que pueden ser muy reales. Está, por supuesto, Marcel Proust, una referencia para entender el programa literario modianesque,  adjetivo ya existente en la jerga literaria del francés, y que sirve para referirse no solo a la obra de nuestro autor sino para designar todo aquello que es claroscuro, incierto, ambivalente.

ESCRITURA FRAGMENTARIA E IDENTIDAD

Esas primeras doscientos y pico de páginas publicadas por Modiano en Gallimard le recordaron a todos quienes las cursaron con fruición, que los escritores también pueden ser  personajes, y pueden ser personajes fascinantes, conmovedores y al mismo tiempo unos reverendos hijos de la chingada. El cinismo de Schlemilovitch —quien mientras está en un café de la Dorotheergasse de Viena lee complacido sobre la liberación de Albert Speer de la prisión de Spandau, considera infecta la cocina austriaca, salvajes a los vieneses y que del gran poeta Hugo von Hofmannsthal solo atina a decir que es un judío y que Austria es una colonia judía—, es realmente enervante, para decirlo en buen francés.

Hace ya muchos años, en el lejano 1978, Patrick Modiano se consagró en Francia al recibir el Premio Goncourt por Rue des boutiques oscures (Calle de las bodegas oscuras o La calle de las tiendas oscuras), obra situada  muy cerquita de la novela policiaca, o mejor dicho una novela policiaca disfrazada de algo más, una investigación sobre la identidad en algo parecida a las obras de Alexander Lernet-Holenia. Me sigue interesando mucho su composición fragmentaria, con capítulos de una línea, tan solo con una dirección postal; o de una sola página, la lista domiciliaria de un personaje que va cambiando de residencia e identidad y termina por desaparecer sin dejar rastro, como si hubiera sido abducido por los demonios. Ignoro cuáles fueron las razones para que el libro ganara el Goncourt, pero sin duda canonizó un estilo y una forma literaria de abordar ciertos temas vinculados con el pasado y la identidad política francesas que ahora podrá ser examinado de nuevo, a la luz del Premio Nobel de Literatura, como una de las aportaciones más valiosas de un escritor francés para mostrar que la política de la memoria en su país aún tiene muchas cuentas pendientes por rendir.

@HectorOAguilar


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