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Parquilandia

Parquímetro
(René Soto)

por Juan Manuel Villalobos

Cada vez que regreso a Ciudad de México después de una temporada fuera, de uno o dos años, los cambios que, estando en el extranjero, he leído que ha experimentado la urbe, anunciados como vanguardistas, pierden toda consistencia nada más piso tierra mexicana; resultan, unas veces, una caricatura respecto a lo que se decía que había sido una transformación; y otras, una mala copia de lo que los políticos, administradores del terreno y “consultoras” que trabajan para ellos hinchándose los bolsillos, ha visto en otras ciudades de otros países y ha querido creer que si funcionaba allá funcionaría también acá haciendo un sencillo copy paste, muy propio de su generación, como si el documento, esto es, la ciudad, fuera la misma, importando mecanismos de primer mundo a cultura e infraestructura de tercero. Y cuando digo allá, me refiero a Europa.

La novedad en este nuevo arribo ha sido la privatización del terreno delegacional para hacer parquímetros en una parte de la zona poniente, en la colonia Roma y en la Condesa con visos, según me entero, de extenderse por toda la capital, y de alargarse en horario hasta la una de la mañana (cosa nunca vista en ninguna ciudad europea, cuyos horarios van de nueve a siete, con una pausa a la hora del almuerzo); cualquiera diría que Ciudad de México se ha querido hacer adulta de la noche a la mañana, que ha madurado, que ha aprendido a dar lecciones de civilidad, que hasta da de qué hablar a los editores y periodistas que publican guías chidas de lo cool que se ha vuelto, que ya hasta la quieren imitar; cualquiera; no yo.

Fue Marcelo Ebrard quien, hasta donde recuerdo, quiso darle una nueva identidad a Ciudad de México; es cierto que me he perdido los dos años de gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas, el interinato de Rosario Robles, los cinco de López Obrador, el nuevo interinato de Alejandro Encinas, y un año más de Miguel Ángel Mancera, el primero, tiempo suficiente para que en dieciséis años uno, que ha vivido fuera de forma intermitente, se encontrara una ciudad verdaderamente transformada, revolucionada, un cambio de piel, uno real —lejos de lo que sugieren los segundos pisos, el Metrobús, las ecobicis, las pistas de patinaje en el centro y, ahora, los parquímetros, emblemas de modernidad—; es cierto que mi referencia de Ciudad de México, como la de muchos, es la desastrosa administración priísta que no ha vuelto a gobernarla por su infame legado, así que, a primera vista, parece que todo lo que vino después debió haber sido pensado y organizado, nuevo y bueno, pero la realidad es muy diferente, carente de armonía y de inteligencia.

Después de la metamorfosis que trajo el segundo piso del Periférico, un galimatías inescrutable, comprensible solo para expertos en surrealismo y que, a la par de la carretera México-Querétaro, lleva una década, o dos —ya perdí la cuenta—, construyéndose, derramando dinero para quién sabe quién, los gobiernos capitalinos no han hecho sino copiar e importar de capitales europeas trampolines de alta tecnología, sin que antes se les hubiese ocurrido construir, o al menos reparar, la alberca.

Y cuando digo alberca me refiero a su asfaltado, baches por todos lados, a su nulo alumbrado —solo ciudades como Tegucigalpa o San Salvador la superan en oscuridad, creando un ambiente de casa del terror a partir de las ocho de la noche, una pera en dulce para la delincuencia—, a la extensión infinita de contaminación visual, espectaculares y anuncios que tapan el sol en perpetuo desprecio de la estética, a la carencia de estacionamientos subterráneos, a la negligente manera de combatir eso que solo se ve acá, los valet parking, que llevan años apoderándose de las calles, a la nula manera para oponerse a la mafia de los viene viene, de forma más eficaz que privatizando la calle, a la alta tolerancia para que en vías fundamentales siga circulando esa plaga maldita que Manuel Camacho Solís solidificó, convirtiendo los peseros en microbuses; a su incapacidad para embellecerla con parques, flores y una manita de gato de pintura Comex, aunque sea cada vez que cambiamos de gobernador.

Durante más de tres lustros, ningún gobierno de la capital se preocupó por establecer y regir los sitios para estacionar en toda la ciudad, pintando espacios como debe ser, pasos de cebra, señalizaciones, capacitando a sus elementos de tránsito para que los ciudadanos, poco a poco, se fueran adaptando a lo que debieron haber sido nuevas políticas urbanas (verdaderas, no de faramalla como las ecobicis, para las que no hay siquiera un reglamento, o los nuevos parquímetros) en un proceso de concientización y educación, no de castigo.

Para tapar ese hoyo que los gobiernos del PRD han excavado en Ciudad de México con eternas aspiraciones presidenciales, año tras año, sexenio tras sexenio, entonces sí, vienen esas soluciones de primer mundo en las que la autoridad se vuelve más papista que el Papa: cárcel para quien se pase un minuto de más estacionado en el parquímetro; o lo que es lo mismo: cadena a su coche, dándonos a entender que en esta ciudad, el que no aprende por las buenas, tendrá que hacerlo a garrotazos, no castigando a quien se debe castigar, esto es, a los valet, a los comercios que no cuentan con espacios de estacionamiento, a la economía informal y ambulante, que ha crecido como hongo incentivada por esos políticos, administradores del terreno y seguramente consultoras, sino al público, al que hace vivir una ciudad, al que le da sentido, al que termina pagando los platos rotos de las políticas copy paste.

Y, señor, se nos olvidaba, si usted tiene dos coches en los nuevos territorios conquistados por el nuevo poder que maneja los parquímetros —o si usted tiene uno, y su mujer otro—, jódase y pague, porque del dinero que las mafias delegacionales levantan dando permisos a diestra y siniestra en un esquema de clientelismo y corrupción al estilo viejo PRI para que las zonas residenciales se conviertan en comerciales, no le va tocar un solo peso a usted, antes un candado con el que se le da el ejemplo y quiere hacerse creer que Ciudad de México ha dado un paso gigantesco hacia la modernización, de golpe, con trampolines que ni siquiera Londres tiene.

Lástima que el agua de la piscina, de sucia y estancada que está, sea tan negra.

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