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El Oscar, ese oscuro objeto del deseo

Por eso se entiende la movilización de los choznos de Kunta Kinte que han levantado un boicot en contra de la gran ceremonia de la estatuilla de oro, alegando segregación, racismo y kukusklanismo.
Por eso se entiende la movilización de los choznos de Kunta Kinte que han levantado un boicot en contra de la gran ceremonia de la estatuilla de oro, alegando segregación, racismo y kukusklanismo. (Mored)

PEPE EL TORO ES INOCENTE

Jairo Calixto Albarrán


Sin duda Will Smith, contra todos los pronósticos y después de una carrera dedicada a echar a perder su carrera, merecía estar en la competencia por el Oscar, su papel es grandioso como el doctor afroamericano que quiere acabar con la NFL solo porque descubre que después de tanto madrazo el futbol americano es peligroso para la salud de los jugadores. Sobre todo porque Will Smith renuncia a ser el Príncipe del rap para emprender el papel prodigioso de un hombre que no sabe que se está metiendo con la principal fuente de entretenimiento del estadunidense promedio, y más aún en una ciudad como Pittsburgh, donde los jugadores de futbol americano son dioses que viven bajo el culto sagrado de una feligresía enardecida y rabiosa que agita sus toallas terribles.

Por eso se entiende la movilización de los choznos de Kunta Kinte que han levantado un boicot en contra de la gran ceremonia de la estatuilla de oro, alegando segregación, racismo y kukusklanismo. Spike Lee, agitador profesional, enorme cineasta, encendió el fuego como en los viejos tiempos de Haz lo correcto, para levantar su puño en alto y exigirle respeto a la supremacía blanca que cree que Hollywood es un campo algodonero en la Alabama decimonónica. Puede ser (no vamos a acusar a la Academia de ser políticamente correcta), pero más que un alegato de Malcom X, lo que aquí tendría que haber prevalecido es una crítica al mal gusto de los miembros de esta cofradía que prefirieron, por ejemplo, la muy grisácea interpretación de Matt Damon en El marciano (filme que me duele pensar que mi admiradísimo Ridley Scott pudiera haber plagiado de un legendario capítulo de La dimensión desconocida) o la actuación de Leonardo Di Caprio en El renacido, que con tanto “¡Mmmmmggggaasssspppwrrooooffff!” como genera mientras se arrastra por las montañas, luego de tratar de matar a un oso sin piedad y a puñaladas, parece homenaje a Chewbacca.

Will Smith merecía esa nominación y enfrentarse con el señor Ruffalo que finalmente dejó de ser el introspectivo y raro doctor David Banner para convertirse en Primera plana en el Hulk que luchará contra los émulos del padrote Maciel en Boston.

Y lo lamento por Leo que sin duda es un gran actor (en El lobo de Wall Street tendría que haber ganado todo, por esa sobredosis de excesos y urgencias políticamente incorrectas) pero con la correa de González Iñárritu lo único que consiguió fue orillar a su personaje a padecer más sufrimientos que Pepe el Toro y generar a su alrededor más mala suerte que Pedro Infante en A toda máquina.

Como quiera que sea, con todo y boicot de los hermanos de la negritud, con tal de ganar el Oscar que le han negado de manera sistemática, es capaz de ir vestido como Al Jolson en El cantante de Jazz, con la cara pintada de betún.

Además en El renacido hay tanta narrativa puesta al servicio de la fotografía preciosista del Chivo Lubeski que con tanta postal montañosa y friolenta parece que quiere chamba en National Geographic y se ve construida deliberadamente para ganar la preciada estatuilla. Ya me imagino la escena:


ESCENA 1. ‘EL NEGRO’ Y ‘EL CHIVO’ SE MECEN CON CALMA EN LAS MONTAÑAS CANADIENSES A 40 GRADOS BAJO CERO.

EL NEGRO (CON VOZ ENGOLADA COMO SI ESTUVIERA EN WFM): TONS QUÉ, MI CHIVO, ¿SE QUIERE GANAR OTRO ÓSCAR?

CHIVO: CÓMO NO, MI NEGRO, PARA ESO ESTAMOS.

EL NEGRO: ¿VES TODAS ESAS MONTAÑAS NEVADAS, ÁRBOLITOS, CIERVOS, BÚFALOS Y DEMÁS?

CHIVO: YEP

EL NEGRO: PUES TODO ESO ES TUYO, ATÁSQUESE AHORA QUE HAY LODO.

FIN DE LA ESCENA.


Y así la película se llenó de bonitas postales que, unidas a los gruñidos de Leonardo produjeron un espectáculo que conmueve a los miembros de la Academia, quienes mientras veían el filme, se ponían una cobijita.

Pero el maestro del performance y la irritación, del frenesí y el vigor, George Miller, debe triunfar por Mad Max: fury road, ahí a los preciosismos innecesarios se les avienta la carrocería y se les ve caer al fondo de un barranco. El nada artesanal cineasta recupera a sus criaturas descompuestas, les aplica el refurbished, las mete en una terapia de choques eléctricos, los lleva a los extremos del salvajismo y la barbarie, solo para producir un prodigio de fulgores, fierros rechinantes y oxidados, vértigos desbocados y fiereza desmesurada.

Ahí están las estructuras machacantes y las almas disfuncionales y molidas, puestas al servicio de un portento alucinante de monstruosidades hipertuneadas, cerebros necesitados de cambio de alineación y balanceo.

En Mad Max: fury road pervive la furia con motor fuera de borda, la hiperviolencia turbo y la desmesura con los pistones desbocados. En un mundo postapocalíptico como el que ya dejó Duarte en Veracruz, los Chuchos en Guerrero y Videgaray en la economía nacional, la locura impera. George Miller te hace una operación a corazón abierto, una lobotomía con vista al bar y  te regala a un esperpento superior que invoca todos los demonios: Imperator Furiosa que a pesar de todas sus prótesis y cicatrices, no puede descomponer la belleza feraz de Charlize Theron. Eso sí, Tom Hardy, que encarna al Loco Max con un aliento casi superior al de Mel Gibson —que le gana en materia de humor negro—, es la gran aportación de El renacido. Ahí le da vida al bestial pero melancólico villano John Fitzgerald (pero no dead Kennedy), es un digno competidor por el Oscar al Mejor actor de reparto. Todo en lógico nivel actoral que incorpora las experiencias de Batman, El origen, Legend; Hardy, que renuncia a las sexy comedias y ataca con las vísceras a sus personajes, merece respeto.

Y aunque comparto la aseveración de Michael Caine (ese noble brontosauro que representa el viejo glamour del jurásico hollywoodense más respetable) sobre que es absurdo decidir nominaciones académicas por cuestiones étnicas, acá la Academia tendría que haberle abierto espacio al master de masters, al Humungus de histrionismo más a contracorriente: Samuel L. Jackson cuya elaboración en Los ocho más odiados, lleva al extremo lo que es ser el actor fetiche de Quentin Tarantino. Todo en un filme que es, en efecto, un Western, no como El renacido, que es más bien Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, pero con osos.

Mención aparte merece La gran apuesta de Adam McKay, que desmenuza la gran crisis inmobiliaria en Estados Unidos que le explotó a Obama en la cara y demuestra que fue un gran complot del sistema financiero yanqui que está constituido por una pandilla de maleantes coludidos con las instituciones gubernamentales. El capitalismo salvaje será salvaje o no será. Por eso, para asegurarse de que funcione el timo, inventa términos oscuros y complejos para que el público no entienda nada y caiga en el garlito.

Y para atacar ese efecto, McCay recurre a gente como Ariana Grande para explicar al estilo Disney Chanel este atraco fundamental. Gran momento cuando el chef Anthony Bourdain deja en claro cómo fue la cosa al usar un pescado podrido que, colmado de caldos, especias y yerbas, se convierte en un suculento manjar que sus comensales en su restaurant de luxe pagarán a precio de oro.

Esa es la ley del mercado.

El Oscar, oscuro objeto del deseo.  

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