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‘Orange is the new black’

PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto  Albarrán

Desde los tiempos del Conde de Montecristo, y mucho antes, las historias del encierro carcelario han mantenido nutrida la asamblea de terrores de la colectividad. El mito del calabozo es uno de los miedos recurrentes, la fobia iniciática, la referencia ácida. La penitenciaría como limbo incuestionable y geografía del cuerpo castigado, aislado, macerado, sometido. Desde la inocencia a la expiación culpígena, la exposición al apando es la tortura suprema por devenir en imperio sórdido de la claustrofobia triunfante.

   Ahí en la celda los sueños libertarios consumen y cualquier atisbo de fe es un cáncer correoso. Escapar es la primera y última aspiración, pero para lograrlo como en Alcatraz o en Shawshank redemption, antes hay que estar dispuesto a cruzar a nado un río de mierda. A menos que como en legendario caso de Sicilia Falcón, baje por ti un helicóptero, que es mucho más elegante que salir por la puerta trasera de Puente Grande al estilo de El Chapo Guzmán.

   Todo preso que vaya más de la cárcel de tus besos tendría que tener derecho a su Abate Faria en el Castillo de If de cada quien.

   Como hemos visto la oscuridad del encierro en Capadocia (un orwelliano cúmulo de abusos y costumbres), palpado el summun tortuoso de El Apando (la imagen de la virgen tatuada en el abdomen gimnástico del… que en los ritos de la fornicación alcanza niveles píos), conocido los ritos de la brutalidad en Papillon, La isla de los hombres solos y la serie televisiva Oz, entre otras muchas mitologías del cautiverio, cualquiera diría que estamos preparados para una experiencia de esta magnitud como si tuviéramos preinstalado el espíritu de Pepe el Toro en la bartolina de Lecumberri, pero no. El drama del prisionero es superior y por lo tanto incomprendido.

   Todo esto y mucho más lo sabían los productores de Netflix cuando le dieron luz verde a su exitosísima serie, nominada a los Emmys, Orange is the new black. Porque además de exaltar el espíritu de Edmundo Dantés como corresponde a todo drama carcelario, encontraron en la propuesta un espacio alterno donde también se pueden acomodar el humor, la luz, el juego, la imaginación y el encanto. Todo sin perder el sentido de realidad y conjugar elementos conocidos como el sadomasoquismo lógico e imperante en esos territorios del castigo y la condena.

Orange is the new black es un título que recicla una idea cursi y fútil muy recurrente en la cultura contemporánea: darle un peso nuevo a lo que creíamos sometido a un valor de cambio. Así, de la misma manera en que los cuarenta son los nuevos treinta (gracias al triunfo de la cosmética y el gimnasio, liposucciones y cirugías, lo que antes se veía como el principio de la decadencia ahora se contempla a la manera de una lozana y juvenil madurez) y el rosa es el nuevo blanco (es decir, la incorporación de otra tonalidad a la línea básica de lo cromático), el naranja de los uniformes de las recién llegadas a una cárcel es la cabeza de playa de una nueva segregación.

   En el tambo los nuevos son la carne de cañón, el depósito de los rencores y el punto de inflexión en el que se recrea el principio de autoridad.

   La protagonista de la historia es una niña bien de Conecticut ávida de aventuras y experimentaciones fundamentalmente desprovistas de reflexión que vayan más allá del goce instantáneo y la frivolidad. Eso la lleva a volverse amante de una traficante de drogas dominante y hipster con lentes de Daria quien, finalmente, en un último arrebato, la llevará a la cárcel. Una de mínima seguridad, donde se dará unos sendos y correosos baños de pueblo; una rubiecita linda y fresa en el tambo es en sí mismo una invitación al harakiri.

   Y allí, capítulo a capítulo, la pobre niña rica va despojándose de prejuicios y certezas; lo que antes le provocaba asco ahora le parece superficial, lo que le resultaba encantador ahora le revuelve el estómago. Es una chica lista y educada que, al desprenderse del glamur y las frivolidades que apuntalaban su existencia, es capaz de valorar a sus compañeras de infierno y a los custodios que no parecen entender que también están encadenados.

   El gran logro de Orange es abrir un camino alternativo para un género ya muy desgastado a fuerza de guiones brillantes que no renuncian nunca a la tenebra. Y en el momento en que supones que el penal se ha convertido en Disneylandia, se aparece el diablo.

   Ya sea en forma de la asistente del alcalde, una aspirante a Milf, corrupta y de minifalda; de la Roja, la rusa brava que domina el imperio de la cocina;  de las depredadoras latinas que ñerean de lo lindo mientras se someten al rigor de sus machos; del colectivo afroamericano que va de la depresión a la festividad, del hip hop a la barbarie… Personajes conmovedores y al mismo tiempo repulsivos, extraviados en una premisa fundamental: la errónea toma de decisiones que las arrojó al tártaro. El arrebato, la infatuación, el desmadre, el resentimiento y la desesperación no son buenos consejeros.

   La productora, creadora y escritora Jenji Kohan venía de realizar obras ingrávidas y gentiles como pompas de jabón: Will & Grace (engendro del open mind que lo mismo repasaba bugas que gays), una serie emblemática, Weeds, que cuenta los devenires de un ama de casa convertida en dealer de mariguana en los suburbios del american way. Provocadora, antiséptica y cínica creación que es el antecedente lógico de Orange… donde perviven el lenguaje montaraz y ñeroso con reflexiones autoflagelantes tipo Paulo Cohelo; el territorio de las escenas de impudicia y lesbiandad, amaestradas con romances de El Libro Vaquero y amores de telenovela barata. Tragediones bíblicos, comedias catárticas, arranques de sitcom, desplantes de teatro musical, problemáticas barriobajeras que combinan con tensiones clasemedieras y arrobamientos yuppies.  

La estrategia de Netflix probó con el éxito de House of cards que sus estrategias estaban bien planteadas. Que el público está ávido de adicciones y que es capaz de consumir una temporada televisiva de 15 capítulos en menos de una semana cual junkie mediático. El  único problema es que una vez que lo haces y los productores son capaces de generarte esas urgencias, la espera de la próxima temporada toma formatos de ansiedad y síndrome de abstinencia.

   Por eso me voy administrando en mis consumos de Orange… para luego no extrañar muy gacho. Los personajes son tan entrañables en uno o varios sentidos que da pena abandonarlos hasta el otro año.

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