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El Open de Agassi

Agassi
(Mored)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Jairo Calixto Albarrán


Adiferencia de Caitlyn Jenner, que un día descubrió que toda su vida era una mentira, desde los tiempos de campeón olímpico como decatlonista hasta sus deprimentes pasajes en calidad de mascota mal atendida de las Kardashian, Andre Agassi siempre tuvo conocimiento de la única verdad que ha regido su existencia y que al mismo tiempo la nubla y la condena: odia el tenis.

Cualquier otro jugador miembro del circuito puede tener resentimientos contra el tenis por el sacrificio y la concentración que requiere el desempeño profesional, pero ninguno dirá públicamente que odia al tenis. Sería como si Messi renegara contra el tiki-taka, Jordan de las clavadas o Michael Phelps de las albercas.

Desde el día en que su padre lo sometía a autoritarias y salvajes terapias tenísticas a los ocho años, con el único objetivo de convertirlo en campeón del mundo, el pequeño Andre supo que vivía una doble condena: para lo único que tenía un talento superlativo era el verdadero objeto de sus rencores y traumas infantiles.

Mientras Jenner tenía que conformarse con experimentar en el cuerpo equivocado, Agassi vivía la maldición de enfrentar al diabólico artefacto con el que su padre lo entrenaba, el Dragón, que arrojaba pelotas por docenas a más de 120 kilómetros por hora.

Muchos jugadores suelen quejarse de la disciplina y el sacrificio que representa ser profesional, pero jamás podían imaginar que un ganador de los torneos más importantes del orbe (Agassi pertenece a la más acabada estirpe de campeones que han ganado los abiertos que componen la serie Gran Slam) pudiera albergar en su interior un profundo rencor para la materia tenística que le había dado fama y fortuna.

Es por eso que la autobiografía del talentoso Mr. Andre, titulada Open, pensando en las justas abiertas a las que tanto acudió y también en la manera en que se escribió este bravísimo corte de caja: abierto en el más puro sentido de la palabra. Muy pocos ejercicios de autogestión biográfica pueden presumir los grados de apertura emocional, existencial, memoriosa, a los que acude el autor para desatar en el lector una avidez por atacar el libro cual si fuera una dejadita con slide en la red.

Andre Agassi no es el que todos creíamos, venerable tenista que construyera su propia leyenda desde la provocación y el espíritu subversivo. Ni tampoco era el padrotillo de Las Vegas que con la fuerza de su arte tenístico rayano en lo patibulario se enfrentó a los titanes que representaron la edad oscura del saque durísimo y salvaje. No. Era un alma atormentada por lo estrambótico de su propia historia, condenado a practicar una disciplina que en lo fundamental le era maligna y odiosa, pero que era y sigue siendo la fuente de su prestigio.

Era cagantito. Sobre todo cuando se empeñaba en llamar la atención con sus shorts de auténtica imitación de vinil importado, o con su greñero embravecido que saltaba cada vez que la aerodinámica lo orillaba a ser como la hierba que se movía, se movía y se movía, o cuando pretendía provocar a los rancios reglamentos de Wimbledon negándose a treparse a las pistas vestido de blanco, con su aplomo de seudopunketo que venía desempacado de Las Vegas, donde lo que importa es la acumulación originaria de pecados.

Andre Agassi, con su poderoso saque y su gimnástico estilo de subirse a la red, aplicar el revés a dos manos y el legendario drive que le valió tanto reconocimiento, había llegado a la ATP por la puerta trasera, ajeno a la pompa y circunstancia que habilita por estirpe a los grupos de niños mimados de la vida que se adueñan de los torneos con su denso abolengo y míticas pedanterías. Él, hijo de un migrante iraquí, madreador y obsesivo, que desde la clase media era empujado a alcanzar el sueño americano dando raquetazos a mansalva. Él, negado para cualquier forma de instrucción educativa pero con instintos literarios, se hizo a sí mismo desde la intuición y el sentimiento. Reacio a las normas y los instructivos, Andre Agassi te revela en su autobiografía cómo funciona la mente y cómo gobierna su cuerpo el atleta de alto rendimiento desde "el deporte más solitario" que, en la pista dura o de arcilla, en un estadio portentoso o una cancha pública, no es otro que un Robinson Crusoe en zapatillas y pantalones cortos, sin un Viernes con el cual defenderse de los avezados caníbales distribuidos del otro lado de la red.

Es mucha soledad para una mente suspicaz, diría Elvis Presley, más aún sobre la insólita persona de Agassi, que es un receptáculo de señalamientos, prejuicios, incomprensiones e inmerecidos epítetos destinados a oradar su autoestima. Tanto así que lo acusaban de ser "punk" cuando era fanático de Céline Dion.

No se vale.

Open es la radiografía de un antihéroe fatigado, harto del tenis y la interminable lista de protocolos y rituales que consume, cansado de sus fatalidades y rivales monstruosos como Pete Sampras y Boris Becker, y fundamentalmente hasta la madre por estar obligado a mantener la imagen para la que se supone estaba diseñado. Es por eso que mientras fortalecía su tenis, lo dotaba de valores superiores y limaba las asperezas de su carácter con todo lo agotador que eso resulta (hay un relato pormenorizado de los tie breaks o muertes súbitas sensoriales que experimenta en cada confrontación en los torneos deportivos y en las revanchas psicológicas en las canchas de la vida), Agassi se va encuerando de manera integral: sus demoledores problemas capilares —llegó a usar peluquines—, el uso de drogas que por poco le cuestan la carrera, sus traumas en toda materia y la consolidación de una vida familiar después de demasiadas rupturas que desembocaron con el gran bastión en que se convirtió la que sería la madre de sus hijos, Steffi Graf, después de su atropellaba relación con Brooke Shields.

Consumido por las incertidumbres y los viajes, obsesionado por la construcción de una familia que no estuviera descompuesta, decidido a superar sus leyendas negras, Agassi es capaz de reconciliarse consigo mismo y un poco con el tenis, a través del cual pudo transformase en celebridad y armar su fundación dedicada a apoyar proyectos educativos.

En Open, Andre plantea que la experiencia de la victoria es maravillosa, sobre todo cuando triunfó en Wimbledon inesperadamente. Algo que no puede compararse siquiera con el desolador suplicio de la derrota, del que no te levanta ningún libro de autoayuda.

Open, la verdadera autobiografía procaz.

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