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Ojos de lobo

El sexódromo
(Sandoval)

EL SEXÓDROMO
Verónica Maza Bustamante


Por sí sola, su portada invita a admirarla, tomarla entre las manos, mancillar el plástico que la cubre. La cámara sangrienta, se lee en unas letras pequeñas sobre un cintillo rojo que permiten que la ilustración destaque. En ella, un diablo de cuatro largos cuernos abraza a una delicada mujer ataviada con un vestido blanco. El tirante de un hombro cae sobre su brazo, dejando al descubierto un seno de pezón rosado. Es un grabado en blanco y negro con unos minúsculos toques de color rojo: el breve botón del seno, unas frutillas que cuelgan de un árbol.

La belleza de la imagen es proporcional a la de los textos. Su autora, Angela Carter, nació al sur de Inglaterra en 1940 y es conocida por su labor dentro de la literatura fantástica, pero no cualquiera: aunque su estilo tiene mucho de los cuentos de hadas clásicos, está muy cerca también de Sade y Bataille. Dos de sus obras han sido llevadas al cine: La juguetería mágica (1987) y En compañía de lobos (1984), dirigida por Neil Jordan en su mejor momento.

Carter tuvo el impulso de escribir “cuentos góticos, cuentos crueles, cuentos de terror, narrativas fabulosas que traten directamente del imaginario del inconsciente” y, basada en historias de Charles Perrault, Jeanne Marie Leprince de Beaumont, el folclore europeo y el Marqués de Sade, lo hizo con una maestría que la convirtió en una de las grandes autoras de Inglaterra.

Son diez los cuentos que escribió para La cámara sangrienta con la elegancia y el encanto de la narrativa del siglo XVII pero en 1979, con insistentes toques de erotismo que integran tanto las más luminosas como las más estremecedoras apetencias del ser humano. Por eso, el escritor Ian McEwan definió el libro como “una celebración altamente sensual de la sexualidad en sus manifestaciones más jubilosas y oscuras”.

Su reedición corre a cargo de la editorial Sexto Piso (en su colección de libros ilustrados), la cual eligió a la artista plástica chilena Alejandra Acosta para alborotar la imaginación del lector y coronar el ejemplar con una serie de grabados que, comentaba, se ganan por sí solos el aprecio del lector.  

En tiempos de feminismo exacerbado, se agradecen las historias —sutiles pero con una gran fuerza— habitadas por mujeres fuertes que se enfrentan a sus roles en las relaciones de pareja, al desequilibrio en ellas, a los aspectos perversos del matrimonio, de los encuentros sexuales como forma de dominio o moneda de cambio, a la fuerza que pueden reunir cuando las mujeres se unen. Cercana al alma femenina y, desde la ficción, se vuelve un espejo para que hombres y mujeres reflexionen sobre esas diferencias, el poder real de ellas y sus derechos inherentes.

La hermosa Angela sabía de igualdad. La buscaba sin volverse castradora de hombres. En su libro La mujer sadiana, hablaba de una pornografía al servicio de la mujer. Seguramente si aún viviera (murió en 1992, víctima de cáncer), le agradaría saber sobre ese movimiento de integrantes del sexo femenino que hacen películas para adultos, de esas suecas y españolas que están generando historias en video con el objetivo de excitar pero con creatividad, inteligencia, curiosidad, humor, realizando en algunos casos interesantes propuestas a favor de sus derechos.

Ya en su cuarta novela, Love, de 1971, uno de sus temas era el erotismo. En ella exploraba la infidelidad, los vínculos de pareja y la desconexión emocional teniendo como protagonistas a una joven psicológicamente inestable, su marido y su cuñado, envueltos en un triángulo amoroso que acaba en tragedia. En El doctor Hoffman y las infernales máquinas del deseo (1972) acompañamos a Desiderio en su aventura en pos del doc, quien, al estilo del Gran Hermano orwelliano, perturba a los habitantes de una ciudad con imágenes fantásticas que parecen reales. El protagonista desea ardientemente a Albertina, hija de Hoffman, y será este anhelo el que los lleve a una serie de anécdotas fantásticas llenas de sexo.


Algo parecido sucede en La cámara sangrienta. Más allá del horror está el placer. Más allá de la entrega está el poder del sexo. En su versión de “Barba azul”, que le da título al volumen, narra: “Mi camisón acababa de ser liberado de su envoltura; se había posado sobre mis hombros y mis pechos jóvenes y puntiagudos, leve como una prenda de agua pesada, y ahora me acariciaba con picardía, flagrante, insinuante, abriéndose paso entre mis muslos mientras yo me movía sin sosiego en la estrecha litera. El beso de mi esposo, su beso con lengua y dientes y el roce de una barba, me había insinuado la noche de bodas con el mismo tacto exquisito del camisón que me había regalado; una noche de bodas que se aplazaría voluptuosamente hasta que yaciéramos en su antigua y fabulosa cama, en un dominio situado en una cumbre y rodeado por el mar que todavía escapaba a mi imaginación… aquel lugar mágico, el castillo de hadas con muros de espuma, la morada legendaria donde él había nacido. El lugar donde, algún día, yo le daría un heredero. Nuestro destino, mi destino.”

Su interpretación del famosísimo cuento de “La caperucita roja” me parece alucinante:

—Qué brazos más grandes tienes.

—Son para abrazarte mejor.

Todos los lobos del mundo aullaron una canción nupcial mientras ella le daba libremente el beso que le debía.

—¡Qué dientes más grandes tienes!

Ella vio que sus fauces babeaban y oyó que la habitación se llenaba con el clamor del Liebestod del bosque, pero la prudente jovencita no se inmutó ni siquiera cuando él dijo:

—Son para comerte mejor.

La muchacha rompió a reír; sabía que ella no era la carne de nadie. Se rió de él en su cara, le arrancó la camisa y la tiró al fuego, sobre la estela voraz de su propia ropa desechada.

Otro de mis pasajes favoritos, porque es excitante pero, a la vez, divertido (justo como un cuento de niños para adultos) es “El rey de los trasgos” (duendes): “Ahora, cuando salgo a pasear, a veces por la mañana cuando la helada ha dejado su brillante huella en la maleza o, a veces, aunque cada vez menos y con más ganas, por la tarde, cuando desciende la fría oscuridad, siempre voy en compañía del rey trasgo. Y él me tumba en su cama de paja crujiente, donde descanso a merced de sus enormes manos.

Es el carnicero que me enseñó hasta qué punto es el amor el precio de la carne.

—¡A despellejar el conejo! —dice. Y yo me quedo sin ropa”.

Aquí hay vampiros, hay habitaciones secretas, hay torturas, marionetas que cobran vida, hombres lobo, gatos con botas, vampiros; todos, en la mejor tradición de la literatura gótica y recreados por esas hipnóticas imágenes en blanco, negro y carmín.

“Antes de convertirse en lobo, el licántropo se queda totalmente desnudo. Si ves un hombre desnudo entre los pinos, debes correr como alma que lleva el diablo”, aconseja Angela Carter en su cuento “En compañía de lobos”. Y tras apagar la luz de la lamparilla de buró para disponerse a dormir, esta lectora no puede hacer más que relamerse los labios en espera de esa fiera de ojos que brillan como llamas de velas en la noche.

@draverotika

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