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Nick Zedd y su cine de transgresión

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Óscar Ocampo Vilchis

Protagonista fundamental del pospunk neoyorkino en los 70, es fundador del ‘Cinema of Transgression’, género y movimiento que ofrecía películas de bajo presupuesto y pobre calidad visual que lograron incomodar el ojo y la moral del espectador


Una chica de Manhattan cuelga en la pared del baño de su departamento una imagen de Jesucristo. Se desnuda, se sumerge en la bañera y se corta las venas. Su novio llega al departamento, entra al baño para defecar y, al no encontrar papel sanitario, se limpia el culo con la imagen de Cristo. Luego descubre el cadáver de su novia y, sin meditarlo, aprovecha y se saca el pene para introducirlo en la boca de la muerta. Así es la última secuencia de Thrust in Me (1985), cortometraje perteneciente al Cinema of Transgression, movimiento —y género— fundado por Nick Zedd, ,que lo desarrolló con el concreto propósito de desafiar los convencionalismos visuales y morales del cine tradicional estadunidense, por romántico que esto suene a estas alturas en todas las materias.

A propósito de la conferencia ofrecida por el cineasta en la exposición “El zine invisible de Nick Zedd”, del Museo Universitario del Chopo, donde, además de sus películas, se exhibieron algunas de sus pinturas y fanzines, vale la pena sopesar la presencia de este artista underground.

Pieza fundamental del pospunk que apareció en Nueva York a finales de los 70 —más un género musical que un movimiento ideológico como el punk puro y que aprovechó el camino ganado en los parroquianos del CBGB— Zedd se nutría con aquella música, al mismo tiempo que las bandas como Sonic Youth hacían lo propio con la sordidez presentada por el marginal cineasta.

Las secuencias rebosantes de obscenidad que Zedd perpetuó en celuloide no tienen otros ingredientes que los que, desde siempre, han sido infalibles para remover los intestinos y la moral: sexo explícito, drogas, personas quemadas y mutiladas, muerte y crítica a la sociedad capitalista. A pesar de esto, el material fílmico de Nick no se limita a lastimar la vista y provocar asco; en conjunto también constituye un tesoro documental de lo que se veía y escuchaba en lo subterráneo de un Nueva York ochentero que repudiaba lo que en la superficie se vanagloriaba: el nacionalismo y el consumismo exacerbado.

El “cine de transgresión” siempre fue precario en su manufactura; de hecho esto es lo que forma un sello estético reconocible: cortometrajes en su mayoría rodados en blanco y negro, secuencias incoherentes y no lineales, soundtracks inconexos que pareciera que fueron elegidos al azar, actuaciones pésimas y demás torpezas voluntarias. Obviamente los resultados económicos también fueron escasos o nulos, pues la proyección de esos filmes en algún cine comercial era prácticamente imposible y solo se lograban presentar en algunos clubes nocturnos del peligroso Lower East Side, lo que se tradujo en una forma de vida con escasos recursos que hasta ahora prevalece.

Entonces, otros cineastas como Richard Kern, Tessa Hughes Freeland, Lun Leg y Lydia Lunch se unieron al movimiento con sus propias creaciones.

Aplicando al pie de la letra el “Do it yourself” acuñado por los punks, Nick siempre se valió de cámaras prestadas y de actores amateurs que trabajaban sin cobrar y que estaban dispuestos a mostrarse desnudos, practicando sexo oral o embarrándose de cualquier cosa. En estas circunstancias, dice él, los resultados siempre son más honestos. Confiesa incluso que nunca contó con una cámara propia, hasta 2005 y que pronto se le rompió.

En otro mediometraje (War Is a Menstrual Envy, de 1992), esta vez a color, una monja con la piel pintada de azul y frondosas tetas al aire retira la venda que cubre el cuerpo de un hombre que, al descubrirse, muestra graves secuelas de quemaduras en gran parte de su piel. La religiosa, ahora sin maquillaje azul y con ropas más ligeras, comienza a besar cada centímetro de carne cicatrizada del hombre, sin excluir sus manos en muñón. Ambos entran en una creciente excitación que es interrumpida por una sucesión de escenas de nubes de diversas formas cuando la boca de ella se encamina a descender.

Para entender la mente creadora de Zedd, basta con conocer a grandes rasgos sus orígenes: nació en Maryland a mediadios de los 50. Cuenta que su padre era un censor de correos al que algunos conservadores le hacían llegar las publicaciones que ellos consideraban que se debían vetar del correo de Estados Unidos. Su padre conservó todas esas publicaciones que iban de los calendarios pin up, a la pornografía pasando por las revistas pulp. Nick descubrió y devoró todo este material cuando era niño y su padre murió. Luego de filmar varios cortometrajes, a mediados de los 70 se mudó a Nueva York para estudiar en la Escuela de Artes Visuales en Manhattan. Fue el ambiente underground y la escena punk lo que definieron su estilo y le ayudaron a gestar su movimiento transgresor.

Para 2004, Nick consiguió un espacio en la televisión pública de Manhattan para dirigir The Adventures of Electra Elf, una serie de bajísimo presupuesto que cuenta las hazañas de una superheroína y su perro chihuahua. La teleserie de paupérrimos efectos especiales y falsos escenarios de pantalla verde pronto gustó a personas de todas las edades, incluidos los niños, que fueron una importante audiencia, y adultos que la comenzaron a adorar.

Hoy Nick Zedd dice que vive en un ambiente alienígena: desde 2011 optó por abandonar Nueva York para autoexiliarse en la Ciudad de México. Su novia lo dejó, su madre murió, tuvo una operación del corazón, por lo que decidió mudarse a un departamento de la colonia Condesa. También se ha interesado por la pintura y que del cine mexicano le impresionó por su bizarrez Caperucita y Pulgarcito contra los monstruos.

@thepor8

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