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Negado para ligar

Libros para conquistar
(Especial)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


"El cerebro es mi segundo órgano favorito".
Woody Allen

Yo no sé ligar, me vuelvo realmente insoportable cuando trato de hacerlo; hasta me parecería razonable que Mancera les diera un gigantesco silbato brasileiro a las mujeres para hacerlo sonar si me aproximo. Con un poco de esfuerzo podría aprender algo de alemán, las bases del derecho internacional, un poco de mecánica de suelos, pero jamás aprenderé a ligar.

He leído muchos manuales, desde los clásicos El arte de amar (el de Ovidio, no el de Erich Fromm), pasando por El ABC de la seducción (Regina Hamburger, Editorial Gedisa), escrito por una psicóloga alemana muy fregona en sus talleres de flirteo, pero que con toda su preparación está equivocada, pues asegura: “No tema hablarle a una persona desconocida, no lo verán como un bicho raro”, porque sí te ven como un bicho raro; y El arte de conquistar (Cecilia Fuentes, Editorial Posada, colección Duda Semanal), popular libro de bolsillo de los setenta, cuya portada es memorable: una chica guapa de overol de mezclilla, con las manos en la cintura, es abordada en un parque por un hippie melenudo que porta una rosa en la mano).

También me chuté la maravillosa ¿Pero hubo una vez once mil vírgenes?, de Enrique Jardiel Poncela, dónde el conquistador Pedro de Valdivia nos da toda una cátedra de sus métodos para enamorar, que se resumen en tres reglas: 1. Verse bien. 2. Ser audaz y 3. Gustarle a ella.

Tengo mucha teoría en el arte de conquistar, lamentablemente no tengo mucha práctica, pues me falta lo mero principal: valor para hablarle a alguien que me gusta, y para colmo, dentro de mi ser se debaten dos Tonas: un Tonasátiro que se muere por ligar y Santo Tonás, que abomina el ligue y a los ligadores.

Cuando pasan las damiselas, el Tonasátiro babea (si una mujer me sorprendiera babeando no me llevaría a la cárcel, sino a una clínica para enfermos mentales). Ligar debe ser hermoso, pues además de otorgarte los favores de la persona que te gusta, la aceptación te hace sentir valorado, sexy, excitante, ¡groarrrr! Aumenta tu autoestima y andas contento.

Ligar es un juego, un reto, una aventura. Las vacaciones se inventaron para ligar turistas. Todos mis parientes y amigos ligan y son admirados por habilidad para ligar.

Lo mismo que cualquier hombre, mi educación sexual tuvo como principal asignatura y obligación saber ligar. Mis primos lo hacían, mis compañeros de la escuela y de la colonia ligaban bajo un mismo principio: la mujer es una presa de caza. Eso suena un poco machista, así que Santo Tonás se abstiene de ligar, para no parecerse a los pedantes donjuanes.

El ligador es un mamón y un hipócrita, cambia de personalidad de acuerdo a su conquista. ¡Yo soy más espiritual que eso! ¡Yo estudio la Cábala! Soy casi un rabino. La gente me busca para pedirme consejos o para que les narre algún cuento jasídico, no me ven como un objeto sexual. Lo mío es ser amigo de las mujeres, comprenderlas y disculparlas cuando piensan que soy un viejo depravado (nomás porque babeo al verlas).

Después de tanto tiempo de fingir desinterés hacia el ligue (como la zorra de la fábula que descalifica de inmaduras a las uvas que no puede alcanzar), hoy acepto que sí me gustaría saber ligar y que los ligadores me dan harta envidia de la mala.

Cuando era un púber, mi papá El Pocho me presionaba en las reuniones: “Acércate a Fulanita, la hija de Perenganito, es un cuerazo”. El Pocho pasaba por alto que Fulanita, por el solo hecho de ser una persona normal, no tendría tema de conversación conmigo, seguramente sabría de deportes, programas de televisión, música de moda (y si la niña es bonita hablaría también de chicos guapos y salidas a lugares finos con otros bomboncitos). Yo solo hablaba del Chanoc o La familia Burrón y escuchaba estaciones protogruperas, con canciones de Los Terrícolas, La Tropa Loca y Los Pasteles Verdes. ¿Qué teníamos Fulanita y yo en común? Aparte, la belleza femenina me cohíbe, me impide hablar, es como comerme siete derrumbes con atole de peyote. Yo soy tímido por naturaleza, me sonroja hablar con personas desconocidas, y si se trata de chicas guapas, sencillamente me subo al Nirvana de la iluminación catatónica y mi lengua se adormece, solamente se mueve para decir pendejadas y quemarme.

Cuando trato de ligar me vuelvo solemne, me vendo como si fuera un conocedor exquisito, pretendo saber cosas que ni sé, opino cosas contrarias a mi verdadero ser, me visto como si de verdad tuviera dinero, soy horripilantemente hipócrita y termino comiendo como realmente como, diciendo las barbaridades que suelo decir y tirándome las flatulencias que normalmente retengo en compañía de una dama de no malos bigotes.

Al parecer, el precio por abstenerme a ligar es la autenticidad: ser yo mismo (o sea, el mismo idiota de siempre).

En fin, los dejo, pues voy a gratificar a mi órgano favorito, la lengua, con una deliciosa sopa de fideos con queso cotija y un mezcal. ¡Besitos!

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