QrR

Mujeres, futbol y Oriente Medio

EL SEXÓDROMO

Verónica Maza Bustamante

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika

 

Mientras escribo esta columna estoy en el cielo. Literalmente. Y no debido a que justo en este momento esté teniendo un orgasmo fulminante, sino a que voy en la última fila de un avión que me lleva de Houston a Dubái, donde tomaré otro aeroplano para llegar a Ammán, la capital de Jordania, ese país asombroso que recorrí hace más de un año y el cual tengo muchas ganas de seguir conociendo.

¿Por qué estoy de nuevo sobrevolando el espacio para llegar a esa tierra tan interesante? Porque el Reino Hachemita de Jordania me invitó a cubrir el aspecto social, cultural y hasta sexual del Mundial de Futbol Femenil Sub 17, en donde la Selección Mexicana resultó calificada. Como lo leen: un país árabe será la sede de una copa del deporte de las patadas al balón por jovencitas panboleras. ¡Sí, mujeres! ¡Muchos equipos de mujeres! Y desde ahora me pregunto hartas cosas: ¿cómo será la inauguración del evento en el Estadio Internacional de Ammán? ¿Y el uniforme de las futbolistas de Oriente Medio? ¿Tendrán que cubrirse la cabeza, los brazos, los tobillos como suelen hacerlo en este lado del mundo? ¿Y cómo verán, en la vida cotidiana, los habitantes de este lugar a esa horda de adolescentes que podrían ocupar las calles de la ciudad? ¿Y los turistas que acudirán a ver los partidos?

Hablar de mujeres en este lado del mundo es abismalmente diferente a lo cotidiano. Hace poco leía sobre el feminismo en el Islam. Se decía que para entenderlo era necesario quitarse de la cabeza la idea que en Occidente tenemos del feminismo: este asunto de la lucha por los derechos femeninos, las diferencias o coincidencias de género, sus enconos y posibilidades. Aquí, hablar sobre ese tema es tratar, en general, lo femenino, la vida cotidiana, las posibilidades y realidades de las mujeres, el papel que desempeñan ellas en esta zona por donde Moisés, dice esa historia fabulosa que habita la Biblia, conversó con Dios y llevó a su gente en camino a la Tierra Prometida. 

Para entenderlo, entonces, debo vaciar mi mente de prejuicios occidentales. Si quiero analizar lo que vea no será desde las ideas que tengo al respecto viviendo al otro lado del planeta, donde los códigos son diferentes. Me entusiasma esa posibilidad. Hablar con mujeres hasta donde sus políticas y costumbres me lo permitan. Interrogar a los hombres sobre la idea que tienen de las representantes del sexo femenino, tratando de profundizar en ello. Y no me refiero únicamente a cuestiones religiosas; quisiera saber cómo es su manera de amar o qué piensan del amor, esa palabra de por sí tan confusa que por acá cobra diferentes significados si pensamos que aún prevalecen los matrimonios acordados por las familias de los futuros cónyuges.

Pero también es cierto, y lo comprobé hace un año, que los tiempos están cambiando en tierra de Alá (de Dios y seguramente de Buda). La modernidad ha llegado al Oriente Medio. Hace un año, mi amigo Suleiman, el beduino, me dijo: “Antes, las chicas, para aceptar casarse pedían camellos y cabras. Ahora quieren teléfonos celulares y automóviles”. Él, que es un hombre que duerme en el desierto por el puro placer de poder ver las estrellas por la noche, no entendía esas frivolidades, tan comunes en nuestro continente. Pero, a la vez, sabía que no había regreso a los viejos tiempos en donde un leve pestañeo entre los velos del hiyab era una puerta abierta a ciertos placeres que, aún no me queda claro, podrían tener tras un matrimonio pactado mediante el trueque.

Pasándome del otro lado, muero de ganas por ver lo que las chavitas de 17 años que van de México, de España, de Nueva Zelanda, de Alemania o Brasil opinarán al estar en un espacio donde los códigos son tan diferentes a los de sus ciudades de origen. ¿Las emocionará la diferencia o se sacarán de onda? ¿Probarán el café con cardamomo o pedirán una Coca-Cola? ¿Estarán pegadas a los familiares que las acompañan o aprovecharán sus ratos libres para pasear en Ammán, urbe caótica, heterogénea, hermosa en su complejidad (tan parecida a la Ciudad de México en varios sentidos)? ¿Habrían preferido ir a un lugar de playa o a una ciudad europea, o les parece que el público jordano es bueno para que den lo mejor de sí en la cancha?

Mientras contemplo, por segundos, cómo el cielo se va tornando de azul a naranja y luego a negro a través de mi ventana, saboreo esa posibilidad de desprejuiciarme. Me suena parecido a abrir el Mar Rojo de mi mente para poder pasar sin que sus aguas me mojen. Entender algo que no conozco sin aplicar mis reglas, mis conocimientos, mis mitos. Incluso mis miedos o mis conclusiones sobre la vida. También hablar y pensar sobre el género. Sobre mis congéneres.

Pero, más allá de ello (y aquí es donde entra la participación de ustedes, lectoras y lectores que por desgracia no viajan conmigo, pero a quienes invito a seguirme en esta travesía), pienso que este ejercicio puede hacerse aunque no se vaya a un lugar lejano y extravagante. Sirve en todos los planos de la existencia: mirar el entorno con otros ojos. Aplica, por supuesto, en el sexo. En nuestra idea de él, de lo que se trata, de quienes somos y cómo nos percibimos, dónde nos gusta estar y con quiénes. En la manera en que vamos asumiendo ideas que pueden ser erróneas o que nos resultan extrañas o no nos convencen o nos parecen lejanas, simplemente porque nos dicen que así es la onda y debido a ello no nos atrevemos a ir más allá en nuestros pensamientos.

Así que sabiendo que mientras yo escribo esta columna y sobrevuelo el cielo sin dueño, ustedes aún no la leen pero cuando lo hagan yo ya sabré si México ganó el partido inaugural contra Nueva Zelanda (el tiempo me sigue pareciendo un misterio), los invito a que reflexionen sobre este asunto de analizar desde el fondo de sus mentes, sus corazones, sus cuerpos y todo eso que representa su ser, aquello que los convierte en seres humanos sexuados, en hombres y mujeres en busca de bienestar. Con la mente limpia como la de un niño, quizá vean con un nuevo crisol aquello que los integra y forma parte de su vida cotidiana.

Prefiero, en vez de salir a la calle a exigir sin reflexión quién se casa con quién, quién coge con quién, explorar esa posibilidad de olvidar los mitos que podría tener sobre algo que en realidad no conozco y conformar una opinión que, en el mejor de los casos, busque acercarse a la objetividad. Les compartiré mi experiencia en estas páginas y en el portal de MILENIO. Espero que ustedes me cuenten las suyas en su viaje a través de su interior. Lo mejor de todo es que es gratis; algo que ni los duty free les podrían ofrecer. 

¡Que comience la aventura de volver a ser!

< Anterior | Siguiente >