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El Muay Thai y yo

Cada deporte tiene sus movimientos.
Cada deporte tiene sus movimientos. (Fotoarte: Tacho)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
El Tal Borgues

Cuando le platiqué a mi editor de mi afición a las artes marciales mixtas y el apoyo dado por parte de la embajada de Tailandia al Muay Thai (MT) en México, me sugirió escribir sobre tal deporte, pero desde adentro. Y aunque maldije a Hunter Thompson y su periodismo gonzo, decidí analizar aquí mi pasión

Confiado por haber hecho deporte los últimos 40 años, supuse que no tendría dificultad en aventar golpes como si estuviera en hora pico del Metro o practicar los agarres tipo Mil Máscaras a medio microbús o Metrobús. ¡Cuán equivocado estaba! Venturosamente, en el deportivo al que voy (cuyo nombre no quiero recordar para evitar represalias) abrieron recientemente clases de MT. Además, el profesor, el joven Uriel Cervantes (5º grado de la disciplina y cinta negra en kick boxing) es paciente y de inmediato captó el nulo nivel del escribiente. De todos modos, en esa clase solo iba una mujer y un bravo hombretón de 70 años, el gran Esteban, que pelea box como Chávez antes de drogarse y patea a la altura del pecho: o sea, a una no podía pegarle y el otro podía hacerme talco en segundos. Y eso suponiendo que en algunos años llegáramos a pelear, pues la práctica del MT representa varios conflictos para pegarle a los colchones o al saco de box.

1. Se entrena y pelea sin zapatos. El brillante deportivo anónimo tiene un área de MT con mosaico, así que te resbalas con calcetines o descalzo: tuvimos que hacer todo con zapatos, lo cual dificulta el momento de recibir patadas (un golpe con tenis duele más).

2. Hay que vencer a la dislexia. Cual fantasma cheikspiriano, se pasea en todo momento que Uriel ordena “jab de frente y luego gancho” o “jab y patada con la pierna de apoyo”, pues invariablemente la pareja que me toca para practicar hace lo contrario al tiempo que muevo la cabeza para evitar el golpe ordenado, lo que consecuenta que reciba varios golpes por minuto. Si es Esteban, que pega como patada de político, ya me puedo ir despidiendo del deportivo completo por Alzhaimer prematuro causado por la pérdida de neuronas. La compañera de partido no canta mal las rancheras y cual pluri en ascenso, no solo cambia de lado, sino también de golpe. He sumado lesiones a las preexistentes al MT.

3. El costal y los domis están más duros de lo que parecen. Fue necesaria una clase para que comprendiera la causa por la cual TODOS los usuarios de los otros horarios usan vendas en puños y muñecas: te los puedes romper en un mal golpe a tales instrumentos aparentemente suaves y claramente resistentes. Y peor si la víctima se dedica a escribir desde hace varias décadas: entre el síndrome de túnel carpiano y la propia proclividad a dejar caer la mano al evitar los chayotes, uno se vuelve delicado de las articulaciones involucradas. Pero como soy de la generación traumada por el Rocky de manos ensangrentadas por pegarle a los colgantes pedazos de res, le doy al saco como si en ello me fuera la vida. Y luego me voy al supermercado a ponerme en la muñeca la carne empaquetada que tienen en el refri. Algunos plásticos tienen minúsculas salidas de sangre a medio cuajar, por lo cual termino menos adolorido, pero oliendo a Semefo sin ventilación o a lunch vampírico.

4. No es lo mismo pegarle al domi sostenido por un profesional como el profe Uriel (ranqueado en la asociación México-Tailandia) que recibir golpes de éste o de un compañero que a cada golpe repite por lo bajo frases dedicadas a un destinatario ausente: ella, “¿así que no vas a pagar la pensión de tus hijo?”; Esteban, “¿qué le dijiste a mi mujer adorada?”; una vez entró una usuaria de amplia pechonalidad: “Arriba tengo los ojos”.

5. Cada deporte tiene sus movimientos. No le hace que hubiera hecho triatlón hace unos años y que pueda correr diez kilómetros sin problema: tras cada clase de MT termino como Bambi, con las patitas temblorosas y miedo de sentarme en transporte público, cierto de que carezco ya de la fuerza para sostenerme en los enfrenones que dan los salvajes ruleteros o microbuseros. Más de una vez he salido proyectado contra las féminas rellenitas, darme de cara en salva sea la parte y después escurrirme balbuceando disculpas, cual imitación chafa de Stephen Hawkins. Ni se diga tolerar un apagón de luz adentro del Metro y estar parado sin la opción de dejarme caer para descansar.

Y eso que no he tenido ni un solo round.



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