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‘Moscou-sur-Vodka’

Vodka
(Guadalupe Rosas)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

Hace unos días revisité la película Nostalgia (1983), del director ruso Andrei Tarkovsky. Como me pasa siempre que revisito esta película, descubrí tres o cuatro ideas en las que no había reparado o no lo había hecho con la suficiente atención, y las anoté en una libreta. Nostalgiaes la primera película que rodó Tarkovsky fuera de Rusia, en Italia, y la trama gira alrededor, y de manera obsesiva, sobre su título. Es la historia de Gorchakov, un poeta ruso, como el padre de Tarkovsky, que viaja a un balneario en la Toscana, que es parte del paisaje de la biografía de un músico que pretende escribir. El viaje lo hace con Eugenia, una intérprete rubia y guapa que lo ayuda a comunicarse con los nativos y, además, le sirve como sparringpara sus reflexiones: la rubia va escuchando la espesa conversación del poeta y, cada vez que interviene, lo único que consigue es espesar todavía más la conversación. Pero dentro de esa espesura el poeta Gorchakov dice cosas de extraordinaria vigencia, por ejemplo, oír hoy lo que dice, al principio de la película, arroja luz sobre las maniobras expansionistas que últimamente pone en práctica el presidente ruso Vladimir Putin, que tiene el proyecto, muy evidente, de anexionarse esos países que antes eran parte de la Unión Soviética. Lo consiga o no, la maniobra es una rareza en el siglo XXI y cuenta con la oposición, no muy contundente, de las democracias occidentales. ¿Qué tiene el presidente ruso en la cabeza?, se pregunta el lector del siglo XXI. ¿De verdad pretende anexionarse Ucrania por la fuerza y a la vista de todo el mundo?, ¿será capaz de cumplir su velada amenaza de dejar a media Europa sin gas?, ¿estará esperando a que empiece el invierno para que la ausencia de gas afecte el sistema de calefacción de medio continente? Tanta pregunta indica que, de este lado del mundo, entendemos muy poco a Putin, y eso que el poeta Gorchakov llama “el alma rusa”.

“Nadie es capaz de entender a Rusia”, le dice el poeta a su traductora rubia y ella, como buena sparring, le pide una explicación que la ayude a entender lo que quiere decir, a lo que el poeta responde que solo puede entenderse Rusia “aboliendo las fronteras”. ¿Qué quiere decir esta misteriosa declaración?, ¿que vamos a entender el alma rusa el día que seamos todos rusos?

Más adelante el poeta Gorchakov conversa consigo mismo, y por momentos con una niña, dentro de una casa en ruinas que presenta una severa inundación. La nostalgia de Rusia, y de su mujer y su hija que lo invade, lo lleva a paliar ese humor triste con el remedio ruso por excelencia: beberse una botella de vodka.

Llegados a este punto, con el poeta bebiéndose en solitario una botella de vodka, hay que recurrir al libro Limónov (Anagrama, 2013), del escritor francés Emmanuel Carrère, donde se nos ilustra, mientras se nos cuenta la biografía del escritor que da título al libro, sobre la manera que tiene el alma rusa de abordar el vodka. Limónov es un escritor, y activista ruso, autor de una famosa novela, de éxito contundente en Francia, titulada El poeta ruso prefiere a los negrazos.

“Todos los hombres de valía rusos beben como esponjas”, sostenía el poeta Vénichka Yeroféiev, que es el autor del gran poema de las borracheras rusas titulado “Moscú-Petushkí” (que en francés se tradujo como Moscou-sur-Vodka), que es la ruta que cubre mientras va bebiendo alcohol a mansalva, en una suerte muy rusa que se denomina zapói. Resulta que, de acuerdo con este poeta, y con Limónov y Carrère, la forma de beber que tenemos los occidentales es de una tibieza atroz porque el zapói, esa modalidad que el buen ruso practica con frecuencia, consiste en beber hasta perder la conciencia y más allá, es decir, hasta aparecer en un sitio, a decenas de kilómetros de donde se destapó la primera botella, y no saber dónde está uno ni cómo ha llegado hasta ahí. El zapói, como puede verse, es una borrachera extrema que, desde luego, no puede obtenerse solo con vodka, pues necesita de mezclas y añadidos que diluyan, de verdad, la conciencia. El poeta Yeroféiv consigna en su poema Moscú-Petushkí, una de las bebidas que preparó para disfrutar de un zapói de buen nivel; un coctel, por llamarlo de algún modo, de nombre “lágrima de Komsomol”: cerveza, white spirit (un solvente industrial), gaseosa y desodorante para los pies.   

A la luz del zapói, el poeta Gorchakov, en la película de Tarkovsky, es un bebedor tibio y convencional que tiene suficiente con una sola botella de vodka; está muy lejos de esa forma de beber salvaje que practican las almas rusas. Tarkovsky hace decir al poeta Gorchakov, mientras va adentrándose en la botella de vodka, el poema de otro poeta, Arseni Tarkovsky, que era el padre del director como ya he dicho. De este poema anoté uno de los versos, porque me pareció que en su interior se oculta una sabiduría que, una vez comprendida, podría iluminarnos el camino: “Una gota más una gota es más que dos gotas”.

@jsolerescritor

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