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Mike Nichols o el arte de no ser solemne

Mike Nichols.
(Blumpi)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Miguel Cane

Quizá a botepronto, el nombre de Mike Nichols no le suene de nada, pero si uno menciona títulos como ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, El Graduado, Secretaria ejecutiva, Deseo carnal, Lobo, La jaula de los pájaros, Closer o bien la multipremiada miniserie de HBO Ángeles en América, entonces surge una idea clara de quién estamos hablando. En corto: uno de los más grandes directores de cine de las últimas cinco décadas, que falleció esta semana a los 83 años de edad.

De hecho, la vida de Nichols —nacido Mikhail Igor Peschkowsky en Berlín en 1931, en el seno de una acaudalada familia de judíos rusos que habían huido de la Revolución Bolchevique, y que se encontraron atrapados por el régimen Nazi— podría dar material suficiente para una película o dos: cuando la persecución a los judíos llegó al paroxismo en 1939, su padre, médico que ya no podía trabajar, huyó a Estados Unidos, y su esposa —que era prima segunda del mismísimo Albert Einstein— lo siguió poco después llevando a Misha (como lo llamaban en casa) y su hermano, Robert. Cuando el pequeño recorrió por primera vez la gran manzana junto con su padre, quedó estupefacto al ver en el escaparate de un comercio la leyenda Delicatessen Kosher; volviéndose atónito a su progenitor, para decirle: “¡Papá! ¿Aquí sí dejan decir eso en la calle?”

Con el fin de adaptarse mejor a su nuevo país, el doctor Peschowsky cambió el nombre familiar a “Nichols” —tomándolo del patronímico del abuelo, Nikolai— y pronto tuvo un consultorio en el Upper West Side, que permitió que la familia, que había abandonado Alemania con una mano delante y otra detrás, tuviera una vida más desahogada. Sin embargo, esto no significó que Nichols lo tuviera muy fácil en su infancia: para acabar de amolar el asunto de una timidez crónica en sus años de niño, hay que sumar el hecho de que por la reacción a una vacuna, a los 10 años de edad, perdió toda su cabellera de manera permanente —“era un chiquillo flaco y dientón, que además era tan calvo como el cerdito Porky”, diría años después— por lo cual tuvo que usar peluquines y tupés por el resto de su vida (eso sí, todos de la mejor calidad, para que no se le notara el copete de hueso).

Dado que no era muy popular de chamaco, Nichols se sumergió en el mundo de los libros y el cine —veía hasta cinco películas a la semana—, además de ir al teatro cada que podía. Su madre, tratando de ayudarlo a superar la timidez (y el tartamudeo que tuvo de chiquillo, que a veces resurgía, sobre todo si estaba tenso), lo inscribió en una clase de arte dramático y Mike Nichols decidió que quería ser actor. Hizo estudios de medicina y de literatura (de hecho, fue novicio de juventud de la eminente Susan Sontag), pero lo dejó todo en la Universidad de Chicago, cuando ocurrieron dos cosas de vital importancia para él: subirse a un escenario por primera vez y conocer a la que sería su mancuerna más célebre y principal cómplice por el resto de su carrera, la fabulosa comediante, guionista y directora, Elaine May.

Nichols y May, cuenta la leyenda, se conocieron en 1954 de una manera casi como de sketch: coincidieron en una sala de espera y él se le acercó improvisando un diálogo con fuerte acento ruso. “¿Me puedo sentar?”, May respondió que sí con el mismo acento. “¿Es usted Natasha?”, a lo que ella preguntó “¿Es usted el agente X-9?” y de ahí se convirtieron en un hito en el campus universitario: eran la pareja más cómica del área y pronto dejaron sus estudios para hacer un acto de cabaret, que los llevaría eventualmente a Broadway, a la radio y la televisión. De hecho, Una velada con Nichols y May se convirtió en el disco de comedia más vendido de la historia hasta entonces y les valió sendos premios Grammy (Nichols además, obtuvo nueve Tony, dos Emmy, un Globo de Oro y un Oscar). La pareja siguió actuando hasta 1961, cuando de un día para otro decidieron dejar de actuar juntos en el escenario y seguir con carreras paralelas en las que siempre se apoyaron. Elaine floreció como dramaturga y Nichols como director de teatro, llegando a montar obras de gran éxito como Descalzos en el parque, La pareja dispareja, La loba (con Anne Bancroft herself), la versión original de Anita la huerfanita y más recientemente Spamalot y La muerte y la doncella. Fue precisamente gracias a este currículum que Nichols trabó amistad con Richard Burton y éste lo llevó a Hollywood a dirigir ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, protagonizada por él y su entonces esposa, la formidable Elizabeth Taylor y una joven e intensa actriz: Sandy Dennis en un rol icónico. Aunque la película fue nominada en todas las categorías para el Oscar en 1966, solo ganó cinco, entre ellos mejor actriz y mejor actriz de soporte (para la Taylor y la Dennis). Acto seguido, Nichols dirigió El Graduado y convirtió a Dustin Hoffman y Katharine Ross en estrellas de la noche a la mañana (la escena final ha sido homenajeada tantas veces que aún si uno no ha visto la película, la reconoce) mientras que Anne Bancroft alcanzó el súmmum de su carrera hasta ese momento en su memorable interpretación como Mrs. Robinson, esa ama de casa elegante y neurótica que seduce a un jovencito y que tiene su nicho permanente en la cultura popular (hasta Simon & Garfunkel le hicieron una canción).

En las décadas siguientes, Nichols demostró tener un talento tan versátil —regresando de vez en cuando a los escenarios, como sucedió en 1981, cuando él y Elaine May se reunieron por primera vez para actuar juntos en 20 años, como George y Martha, en una breve temporada de seis semanas de Virginia Woolf— que lo mismo filmaba comedias, que desgarradores dramas y hasta una sólida película de terror (Lobo, con Jack Nicholson), siempre valiéndose de un sentido del humor y de la irreverencia que, aunado a su perfecto sentido del timing, lo llevaba a ser genial y único en su tipo.

Algunos de los actores que colaboraron de cerca con él y que lo reconocen como una gran influencia en su vida son Candice Bergen (“Él me convenció de que sí podía actuar”), Harrison Ford, Annette Bening, Sigourney Weaver, James Spader, Matthew Broderick, Martin Sheen, Paula Prentiss, Ann-Margret, Cher, Melanie Griffith, Meryl Streep, Julia Roberts y Natalie Portman. Todos ellos tuvieron reconocimientos por sus trabajos con este hombre de agudo olfato y vibrante carisma, que solo quería dedicarse a lo que le gustaba: dirigir, cosa que hizo hasta su muerte, por un infarto fulminante, en su apartamento de Manhattan, donde residía con su cuarta esposa, la célebre periodista Diane Sawyer.

Nichols deja un hueco enorme en el mundo del cine, pero también un gran legado de risas y de ironías, de romances electrizantes y gran química. Era un gran director que no era ni solemne ni arrogante. Y esa es la rúbrica de su gran filmografía que queda para la posteridad, y es causa suficiente para celebrar su última salida con aplausos.  

Miguel Cane

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