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La "MexiCoke"

La "MexiCoke"
La "MexiCoke" (Omar Meneses)

por Jordi Soler

En su etapa de sobriedad, cuando batallaba por dejar el alcohol y las drogas, el famoso escritor David Foster Wallace se reanimaba con una taza de café a la que añadía una bolsita de té negro. Cuando abandonó la clínica de desintoxicación en la que lo ayudaron a superar sus adicciones, informó a su colega de Harvard, un tal Costello: “Soy depresivo. Y a que no sabes qué —le dijo— ¡el alcohol es un depresivo!”.

Esto lo cuenta D.T. Max, en la biografía del escritor (Todas las historias de amor son historias de fantasmas) que publicó recientemente, traducida al español, la editorial Debate. La historia de Foster Wallace, que terminó con su sonado suicidio, es de una tristeza contagiosa; además los detalles biográficos consiguen afectar, en rigurosa acción retrospectiva, toda la obra del escritor. Cuando terminé el libro pensé que mejor hubiera sido no leerlo y quedarme solo con su obra de ficción que es, seguramente, más verdadera, e interesante, que su vida.

Pero volvamos al café con té que usaba el escritor para reanimarse, y concentrémonos en el reanimador mexicano por excelencia que es la Coca-Cola. Este refresco, dirá usted, es el invento de un señor de Atlanta, Georgia, y además no solo reanima mexicanos sino personas de todo el mundo, cosa que es verdad, aunque también debemos admitir que la Coca-Cola en México tiene una dimensión, digamos, mental, una dimensión  ficticia desde luego pero que, al irse aplicando a rajatabla generación tras generación, se ha convertido en una de esas ficciones que son más verdad que la verdad.

Desde que era yo un niño supe, por los testimonios de familiares, amigos y vecinos, que la Coca-Cola es el remedio para casi cualquier enfermedad, sobre todo si está muy fría y mejor si va con mucho hielo, aunque el grado máximo de efectividad se consigue, como bien sabemos, con un vaso del refresco milagroso al que se ha añadido dos gotas de limón.

Como todos los niños de mi barrio, crecí bebiendo compulsivamente Coca-Colas, viendo pasar la vida por la avenida San Antonio, con un botellín agarrado entre el dedo medio y el índice, como esos bluesmen indolentes que, con una taza de Bourbon en la mano, veían pasar sus canciones por las aguas del río Misisipi, y todo lo que hacían era pescarlas y meterlas a una cesta donde “Spoonful” y “Stormy Monday” acababan dando coletazos en un revoltijo que incluía también a “I’m Your Hoochie Coochie Man”.

Hace unos días recordé mis Coca-Colas mexicanas infantiles después de leer un par de notas, en la prensa inglesa, sobre la “MexiCoke” (la Coca-Cola que se fabrica en México), ese refresco que nos ha acompañado toda la vida y que ahora resulta que es, según los estudiosos del fenómeno, efectivamente distinta de todas las demás Cocas que se beben en los otros países, porque se endulza con azúcar de caña en lugar del brebaje dulzón proveniente del maíz que le ponen en el resto del planeta. Las notas de periódico no son demasiado específicas, pero parece que en el territorio de los endulzantes la fórmula secreta del refresco ofrece un margen en el que cada país, según sus costumbres y sus recursos, tiene permitido improvisar. Las notas no aportan mucho, como digo, pero en el caso de la Coca-Cola a mí me interesa menos la veracidad de la información que la continuidad de la leyenda porque, siendo rigurosos, no podremos negar que este refresco alguna dolencia nos ha curado más de una vez, algún retortijón nos ha abandonado para siempre después de un ingente eructo animado por sus burbujas beatíficas.

La singularidad de la Coca-Cola mexicana es tal, que se exporta a Estados Unidos para paliar la nostalgia que sienten los emigrantes mexicanos por el refresco que dejaron atrás en su terruño, pues encuentran que la gringa, siempre según los dos periódicos ingleses, es menos dulce y bastante menos burbujeante.

Además de sus propiedades curativas, este refresco tiene un notable poder de evocación, su sabor, la forma de la botella y sus características generales han dado pie a más de un símil o metáfora, y sobre todo han dado lugar a uno de los dichos más misteriosos y oscuros de nuestra lengua: a fulanito “le gusta la Coca-Cola hervida”; una composición que vendría a significar, ya adentrándonos en la caverna del lenguaje, que a fulanito “le truena la reversa”, o bien que “le hace agua la canoa”.

¿Qué tanto hay de verdad en la singularidad de nuestra Coca?, ¿qué porcentaje de este refresco es mental? Como se trata de una receta secreta me temo que nunca lo sabremos. Y si no es verdad ¿qué más da?, ¿no le curó a usted aquel retortijón un vaso milagroso de Coca-Cola fría? La información excesiva sobre la química de este refresco podría provocar un efecto parecido al de la biografía de David Foster Wallace, tanto detalle puede afectar, en rigurosa acción retrospectiva, toda la obra del bebedor compulsivo de Coca-Colas, y probablemente sea mejor ni enterarnos, y quedarnos solo con la parte milagrosa del refresco, con su burbujeante ficción.

 @jsolerescritor


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