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Masacrado por vampiros

Masacrado por vampiros.
Masacrado por vampiros. (Especial)

Tlachichilco, Veracruz, es un pueblo montado en la Sierra Madre Oriental, de modo que la panorámica es excepcional: el verde rabiosamente esmeralda deslumbra, y puede verse, allá abajo, el río que parece una serpiente; al otro lado del cerro que parte en dos al poblado, se extienden montañas de una belleza delirante. Para llegar ahí se va por Tulancingo, luego Agua Blanca (ambos en Hidalgo), Zacualpan (Veracruz) y rancherías ignotas. Llega un momento en el trayecto en que los viajeros tienen la sensación de que van en un avión, porque a ambos lados se miran profundos precipicios en cuyo fondo los ríos semejan, otra vez, serpientes, serpientes de humo cuando es temporada de lluvias: el humo es, en realidad, vapor. (Otra vía de acceso es por la Huasteca  Veracruzana: Poza Rica, Álamo, Oxitempa, La Jabonera: el trayecto se tiñe asimismo de verde, y es en esa inmensa planicie atiborrada de magnos potreros donde pastan miles de cabezas de ganado hasta que se empieza a ascender en la Sierra.)

Ahí, en ese pueblo hermoso, se instala el mercado público, el tianguis, cada domingo, al que acuden los locales y marchantes de poblaciones vecinas para surtir sus despensas o para vender productos de distinta naturaleza. Y ahí Cirilo Plata hacía su espectáculo semana tras semana. Llegaba atildado (ropa azul, humilde, sombrero y huaraches), amable él, correcto: saludaba todo mundo y le deseaba parabienes. Y se ponía a beber aguardiente con sus compinches, pedía su topo de caña (equivalente a un vaso pequeño de veladora) y contaba historias, cuestionaba la existencia de Dios y el diablo, trataba explicar las lluvias de estrellas frecuentes en la región, las amenazas climáticas y otras cuestiones (aunque en realidad no terminó siquiera la educación primaria), de manera que mantenía entretenidos a sus cofrades.

Pero a eso de las dos de la tarde comenzaba su numerito, consistente en despotricar, en mentarle la madre a grito abierto al presidente municipal, al juez, a los policías, al sacerdote, a los ricos ganaderos, a los pobres y a todo aquello que venía a su alcoholizada mente. Como su show era conocido de décadas atrás, ya nadie le prestaba atención, no lo llevaban a la cárcel porque, aparte de los insultos no era agresivo. Al pardear la tarde lo llevaban a su raquítica casa, y al día siguiente se le veía —supongo que crudísimo— ir a su parcela, a su milpa, a cuidar su ganado. Trabajaba de sol a sol, y sobrio era un pan, respetuoso, comedido, nada que ver con el borracho de los domingos.

Uno domingo no asistió a la plaza y, por la tarde, con su nieto y una mula fue a su milpa a vigilar, a evitar daños que había advertido en los últimos días. En plena noche, cuando se disponían a dormir alternándose en la vigilia, abuelo y nieto escucharon que arriba, entre los árboles, se estaba desatando una como pelea de perros: eran, en realidad, murciélagos hematófagos, es decir, vampiros. De repente éstos dejaron de lado sus disputas y se abalanzaron contra Cirilo Plata, se le fueron al cuello y ni él ni su nieto pudieron impedir el desangramiento. Como pudo, el chamaco dispersó a los vampiros y trepó a su abuelo en la mula, lo llevó a Tlachichilco para que lo atendieran en la clínica pública, pero al llegar había muerto, desangrado y, calculo, de miedo.

(No es la primera vez que en ese pueblo ocurren cosas aterradoras: a Chemo lo mataron abejas africanas afuera de su casa y a plena luz del sol; se suele ver caballos nerviosos, sudados y con la crin con trencitas perfectamente tejidas: aseguran que, en las noches, los duendes los montan, los hacen galopar y les tejen esas trenzas alucinantes. Una vez mi padre me hizo levantarme en plena madrugada [las siete de la mañana] para que viera yo un ejemplo y aplastar mi incredulidad. De veras: el caballo temblaba, estaba completamente sudado y su pelo adornado).

Pero la muerte por murciélagos de Cirilo me escandalizó, y quiero creer que el verdadero motivo de su deceso se debió a dos circunstancias: primero, dejó de asistir a su ritual de los domingos, a beber y mentar madres a diestra y siniestra. Y luego se olvidó de su apellido y, en consecuencia, de que los vampiros se matan con balas de plata.

IGNACIO TREJO FUENTES


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