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Marycarmen Degollado Bardales

Marycarmen Degollado Bardales
(Jairo Calixto Albarrán)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Jairo Calixto Albarrán


"In Your Eyes, I am complete"

Lo que más me hacia feliz era escuchar tu risa fuerte, profunda, dilatada y sonora. Ver iluminado tu rostro, agitadas tus expresivas manos de pianista y desatada la maravilla muscular provocada por un ironía, un cuento inverosímil, un comentario soez o un apunte sarcástico que pescabas al vuelo.

Antes de salpicar mis textos de pequeñas gracejadas y opiniones maléficas las compartía contigo, Marycarmen, para comprobar que fueran de buena manufactura, para saber si eran publicables si es que pasaban la prueba de ácido de tu proverbial sentido del humor.

Tú me habías extraído quirúrgicamente de la barbarie en que vivía para llevarme a la civilización, que dominabas con elegancia y frenesí. Tú me enseñaste a tener orden y progreso mientras luchabas denodadamente contra el caos y el desorden. Tú guiabas mi camino con rigor y con paciencia, con amor y también con firmeza, porque te habías impuesto una misión nada sencilla: cuidarme de mí mismo.

Te lo dije siempre, Beba Bok. Si no llego a conocerte, capaz que hubiera terminado viviendo bajo un puente. Eras mi brújula y mi sextante a los que como buen bárbaro que soy, a ratos me rebelaba con la esperanza vana de verte flaquear.

Pero la porfía era lo tuyo. Nunca ibas a entregar la plaza.

Por eso te amé y te amo, Marycarmen.

Te conocí la mañana del 23 de enero de 1989, justo diez años antes de casarnos, en una encrucijada de causalidades. Tuvieron que darse muchas cosas para que pudiéramos encontrarnos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales donde terminabas tus estudios y yo trataba de resucitar mi historial académico. Siempre te dije que si yo no hubiera sido tan burro ni luego me hubiera empeñado en revalidar las materias que perdí por golfo, nunca habría caído rendido ante tu belleza, tus desatados entusiasmos ni conocería las maravillas de tu corazón.

Desde entonces nunca volvimos a separarnos, a pesar de ser tan distintos, o precisamente por eso. Eras una fuerza de la naturaleza capaz de hacer que cualquier sueño pudiera ser cumplido. Con trabajo, orden, disciplina y una pizca de suerte (¡cómo creías en ella, porque se te aparecía lo mismo en un trance laboral que en un casino de Las Vegas, donde siempre llenabas tu cubeta!) todo era posible. Por eso, cuando me sentía abrumado, derrotado, con sumergirme en tu mirada sabía que todo iba a estar bien, que moverías todos los mecanismos necesarios para salir adelante.

Así te vi deshacer entuertos con profesionalismo y naturalidad. Mientras a los demás se nos cerraba el mundo, Marycarmen, siempre encontrabas la salida pateando puertas, mentando madres y a paso firme, con esos pies tuyos que para molestarte te decía que eran de hobbit.

Y así hacías todo, sin dudar, convencida, armada de coraje, sabiduría y sentido común. Lo único que no lograste fue enseñarme a bailar, pero me gustaba saber que mi novia sí sabía cómo se baila la cumbia.

Marycarmen Degollado Bardales, eres el amor de mi vida. El motor de todos mis esfuerzos, periplos y certidumbres, fuente de tranquilidad y de cataclismos, como debe de ser.

Eras brava, bravísima, vigor inagotable que ponías orden y progreso allí donde hiciera falta. Siempre decía que si te dejaran un mes encargada a la patria, seguro la enderezabas.

Incluso ahora, cuando tu corazón tristemente ha dejado de latir luego de dar una pelea durísima contra una enfermedad voraz y de la chingada, te siento a mi lado marcando mi destino con el puntual instructivo que me heredaste para seguir adelante, para cuidar de nuestra hija, para respetar tu rico legado, tan tupido como las coquetas pecas que bañaban tu lindo rostro y enmarcaban esa risa tuya que me devolvía la fe y me impulsaba a hacer mejor las cosas y dominar tentaciones.


En estos días, Bok, los diarios y los noticieros hablaron de ti. Y frente a la desdicha y la tragedia están las decenas de personas que te aman y que de manera solidaria tejieron una robusta red de complicidades para protegerte en la pesadilla hospitalaria, ahí donde conocimos el cariño de las enfermeras, la preocupación de los doctores, pero también la palpable inconsistencia deshumanizada de los médicos que se creen como el doctor House, pero no tienen las habilidades para emprender la aventura del diagnóstico más allá de lo que dictan los cánones.

Desde estas líneas, Marycamen, quiero agradecer a todos los que nos tendieron la mano desde el seno familiar hasta la red de protección de los amigos de toda época que te regalaron generosamente su tiempo para no dejarte sola ni un momento. También tenderle la mano a quienes desde las redes sociales, los correos electrónicos, te enviaron las mejores vibras, abrazos, besos, y te echaban porras virtuales para no desfallecer.

Todos se la rifaron, y no hay palabras que expliquen lo que hubiera sido todo esto sin su ayuda, sin su entrañable presencia.

Eso es lo que pasó, Bok, la más importante y desmedida muestra de solidaridad que jamás hubieras podido imaginar.

Ahora mismo suena en mi mente "In Your Eyes", de Peter Gabriel, nuestra canción. Y te veo bailar en el día de nuestra boda que fue una fiesta, por decir lo menos, desaforada e inquietante, y evoco esa tarde lluviosa en que nos caímos en medio de la calle risa y risa, sin temor a ser atropellados por un pesero; o cuando nos asaltó en el umbral de la casa el grupo más profesional de gamberros a los que casi les damos las gracias por ser tan amables; o la mañana en que me llevaste a conocer Madrid con una pasión solo comparable a la que mostraste cuando me llevaste a conseguir el autógrafo de Pete Rose en Las Vegas; o la noche en que se nos perdió nuestro querido John Fitzgerald Toy —tremendo yorkie sin límites—, que te extraña como pocos, al que luego recuperamos milagrosamente; o el momento en que supimos de tu embarazo y la certeza de que aquella niña que nueve meses después nacería en un quirófano lleno de cuñados y concuños, se llamaría Zoe.

Estuviste conmigo cuando murió mi abuelita Alma y juntos fuimos a despedir a tu padre. Nos consolamos juntos ante la muerte inesperada —cuándo no lo es — de nuestro queridísimo Gustavo Patiño, y juntos gozamos aquella cena hiperbólica con Joaquín Sabina, casi tanto como los campeonatos de los Pumas —que en un gesto maravilloso te rindieron homenaje— y que festejamos como locos en el Estadio Universitario.

Uno de los gestos amorosos más sublimes, además de cultivar sabiamente a mi hiperkinético niño interno, fue abandonar tu americanismo para gritar ¡Goya! y cantar el "Cómo no te voy a querer" en la tribuna.

Vivimos cosas terribles y otras sublimes por dolorosas, siempre tomados de la manita, siempre la manita. A lo largo de 25 años, que nunca me dejarán de parecer pocos, peleamos por temas intrascendentes y por otros mucho más severos, pero nunca nos separamos, pues sabíamos que estar juntos era lo mejor que nos había pasado, que el amor es un arduo trabajo de tiempo completo.

El otro día te pedí, Marycamen, una señal para saber que estabas bien. Fue entonces que apareció aquel halo solar que muchos torpes confundieron con un fenómeno meteorológico, y te dije con una gran carcajada: "¡Vamos, querida, te dije una señal, pero no exageres!".

Bonita beba, bonita beba Bok, eres latosa pero pecosa, bonita beba Bok.

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