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Mario Almada en el CUEC

(Karina Vargas)
(Karina Vargas)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

“En el CUEC te educan para ser exquisito”:
Christian González (director de La cumbia asesina,
El clon de Hitler
y Nosotros los chemos).

Cuando estudié cinematografía en la UNAM (1985 -1990), la Fábrica de Churros y los cines estaban en manos de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica, donde los miembros eran productores, distribuidores y exhibidores por el mismo boleto (un caso divertido el de Gustavo Alatriste, productor de obras maestras como Viridiana, de Luis Buñuel, y al mismo tiempo de Rey de la reventa). No existía Cinemex ni Cinépolis, solo unos cuantos multicinemas junto a cines de grandes dimensiones, cuyos propietarios proyectaban (como siempre) películas gringas y las que ellos producían: sexycomedias y balazos. El cine mexicano aún no era taquillero en el extranjero.

Vi el crepúsculo de un monopolio que empezó a desfallecer hasta que en 1991 fue sepultado con las cintas de dos Alfonsos (ninguno Zayas): Como agua para chocolate (Alfoso Arau) y Solo con tu pareja (Alfonso Cuarón), realmente taquilleras, tipo Hollywood, con buena factura, donde no estaban ni los Almada ni los cómicos más albureros.

En esa transición entre los años ochenta y noventa (cuando los alumnos que filmaban cine directo combativo en patines, en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, dieron paso a los proto-hollywoodenses Mandoki, Cuarón y El Chivo), se exhibió en una Muestra Internacional de Cine una película de la Cámara (que ellos tomaban muy en serio, pero que rebosaba de humor involuntario): Intriga contra México (Fernando Pérez Gavilán, 1988, con guión del pícaro Víctor Ugalde), sobre un golpe de Estado en México, donde hipnotizan al ejército y al presidente le ponen víboras venenosas en su recámara. Fue la divertida patada de ahogado de unos productores tratando de hacer “cine con mensaje”.

Durante esos coqueteos entre los productores de churros y el cine bien realizado (que dejó de pagar desplazamientos al sindicato), en 1989 Alfredo Joskowicz, director del CUEC-UNAM, y Mitl Valdez, secretario académico (posteriormente director en 1997), invitaron a los miembros de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica para que visitaran la escuela y se animaran a producir películas universitarias.

Acudieron gustosos diez caballeros de edad avanzada. La cita fue en la sala de proyecciones, para ver lo mejor de cada bando. El CUEC pasó Vieja moralidad (Orlando Merino, 1988, con guión de Jaime García, basado en un cuento de Carlos Fuentes), con Liliana Abud y Jorge Russek, sobre el despertar sexual de un chavo a principios del siglo XX. Los de la Cámara proyectaron El fiscal de hierro (Damián Acosta Esparza, 1989), con el recientemente actor fallecido Mario Almada (cuyo salario costaba la mitad de la producción, pero redituaba el doble), y Lucha Villa; basada en la vida de Salvador del Toro Rosales, plagada de divertidas imágenes violentas.

La reunión trascurría amistosamente, hasta que Mitl dijo: “Ustedes ponen el capital y nosotros el talento”. ¡Ups! (no se le ocurrió pensar que para ellos, El fiscal de hierro era su Ciudadano Kane). Los viejillos cuchichearon y, cual película de Emilio Tuero, se levantaron al mismo tiempo, su líder dijo: “No hemos venido aquí para ser insultados. Nosotros también aportamos talento”, y se marcharon ofendidos.

Cuando vimos irse por la puerta aquella posibilidad de producir largometrajes que se exhibieran en cines y se promocionara en cartelera, Mitl Valdéz nos consoló: “Ellos jamás producirían una película experimental”. Quizás tuviera razón, pero yo quería presentarles la sinopsis de Karatazos y balazos, una mezcla de Primero soy mexicano (Joaquín Pardave, 1950)  con La balada de Billy Jack (Tom Laughlin, 1972), sobre un morro de un pueblo del norte que se marcha a estudiar artes marciales al Templo Shaolín, China, y regresa convertido en un arma mortal, capaz de enfrentarse al cacique del pueblo (quien retiene el agua de una presa, hasta que el pueblo pague) pero es pacifista, y en el Templo Shaolín le enseñaron a no usar la violencia a la menor provocación… hasta que le colman la paciencia y se organiza tremenda batalla campal.

Hace poco me dijo Christian González (ex egresado del CUEC y maestro del videohome): “Para filmar tus historias no tienes que pedir apoyos de Imcine ni Fidecine. En una semana me das un guión, yo te lo pago al instante y se filma en dos semanas”. En otras épocas lo hubiera aceptado sin rechistar, para ahora que paso del medio siglo, pretendo buscar a un productor para filmar mi ópera prima en serio, bien filmada y sí es experimental (sin Julieta Venegas en el soundtrack), porque aún creo en Godard, Herzog, Polanski, Buñuel, Jarmusch, John Waters y todos los que realizan un cine pacheco, audaz y provocador gracias a que tienen un productor que confía en ellos.

Próximamente: El Tono del Tona, la película.

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