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No soy el Maracanã, pero como me divierto

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Pablo Pérez-Cano

Hay una canasta con una gallina muerta y la fotografía de la selección brasileña entre las oquedades de un árbol donde estoy sentado en el parque del Dique de Tororó. Es muy probable que la 'verdeamarela' juegue en el estadio que tengo enfrente, el Itaipava Fonte Nova

Espero a que Ana Paula llegue, vamos a ir a tomar un sorvete de amendoin. Mientras ella llega, observo pasar a un hombre con un disfraz rojo de torero, luego al capitán de un avión con su séquito de aeromozas, todos en vestimenta naranja fluorescente. Hoy juega España contra Holanda. También pasa un perdido compatriota con un sombrero de mariachi, solo entonces reparo que el sombrero charro, es muy buen aditamento para los aficionados dispersos por el enorme Brasil; un mexicano distingue a otro desde medio kilómetro de distancia. Aunque solo es medio día y faltan varias horas para que comience el juego, hay en las calles personal del ejército y decenas de granaderos con perros adiestrados.

En reflejo de las aguas del dique veo al estadio de 245 millones de dólares. El manantial natural también refleja los barrios de casas precarias amontonadas en los cerros. Ana vive en la Paraíso, un barrio al que llegué y al que le tengo mucho cariño, por las personas que me abrieron sus puertas y su corazón.

Ella llega puntual y se sienta a mi lado sin pronunciar ni una palabra, pero con una sonrisa y un gesto me dice que ella esta bien y pregunta que si tudobem. Le devuelvo la sonrisa y caminamos. Cuando pasamos cerca del estadio, Ana lee un letrero que alguien ha colgado: “Não sou o Maracana, mas passo bacana”. La frase no tiene mucho sentido pero yo creo entender algo así como que el estadio se la pasa bomba a pesar de no ser el Maracana de Río de Janeiro.

Quien colgó el cartel debe ser consciente de que cada vez que un turista mira su ticket de ingreso al estadio, se hace la pregunta, “por que no se juegan todos los partidos en Río?” y piensan que por el precio que pagan, tienen derecho de celebrar sus victorias en Ipanema o llorar sus penas en Lapa y no en una ciudad cuyo nombre no habían escuchado nunca.

Esta, Salvador de Bahía, es la segunda ciudad más turística del país, principal centro de desarrollo de la cultura africana en América y ni así llega a acercarse al pedestal en el que la industria del turismo ha colocado a Río.

Después del sorvete, Ana y yo acordamos ir a la marcha de un bloque anarquista en Campo Grande. Ella es un año mayor que yo, estudia pedagogía en la  Universidad Federal y es parte de las poquísimas estadísticas alentadoras. Es mujer, negra, hija de madre soltera, obtendrá un título universitario este año. Se siente comprometida de manifestarse en las calles. Me río de ella porque viene con un primaveral vestido blanco con flores y vamos a reunirnos con chicos que visten ropas oscuras, el rostro cubierto y agitan banderas rojinegras, ella también ríe.

Ana puede pasar horas hablando sobre lo que está mal en su país, también me cuenta que tiene planes de vender brigadeiros, un dulce tipico de Brasil, durante el juego el Portugal-Alemanha. Dice que los venderá a un euro cada uno.

Las protestas que el anho pasado reunían millones, ahora se han convertido en pequeñas marchas de estudiantes organizados en comités políticos que no llegan a acaparar la atención de los medios como antes. Marchamos con ellos, el plan es llegar hasta Porto da Barra donde hay una pantalla gigante que transmite el juego, “temos que chamar a atenção do povo”, dice uno de los dirigentes, Ana y yo queremos aprovechar o Porto para tomar un baño en el mar. No llegamos porque en Corredor da Vitoria la policía dispara gas lacrimógeno y detiene a dos chicas.

A Ana se le ocurre que podemos aprovechar lo que queda de la tarde. Me pide que haga un retrato de Paulinha y Bianca sus pequenhas primas del interior que están de visita. Vamos para su casa y las niñas se visten para un paseo. Quiere llevarlas a conocer el metro que se inauguró esta misma semana. El cabello de las tres es una reivindicación de la moda afro de los años 70.

“Es la primera línea de metro que hay en todo el nordeste de Brasil. Son solo siete kilómetros de vía pero el gobierno gastó 15 anhos y muchos millones de dólares en echarlo a andar”, me explica Ana, aunque yo conozco la historia del metro de la Bahía, tan famosa como para estar en los Record Guiness por la obra urbana más tardada de la historia. Paulinha y Bianca abren emocionadas sus ojos cuando ven pasar el convoy de trenes del metro, la sonrisa bonita es de familia.

Llegamos a la puerta pero no podemos entrar. Un trabajador nos explica que en los días de partido solo se puede viajar
en el metro si se tiene un ticket de ingreso para el estadio.

twitter.com/perezpablo212


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