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Mamacitas

El sexódromo
(Sandoval)

Quisiera enloquecer de placer. Sentir de nueva cuenta ese temblor en las piernas, el vacío en el estómago que le provocaba saber que en unas horas se dejaría llevar por la marea del deseo. Notar esa humedad en la entrepierna, la sonrisa que se dibuja en sus labios, la emoción revelada por los latidos de su corazón, desbocados y ansiosos.

Pero desde que se convirtió en madre, su marido aprovecha cualquier momento libre para dormirse. “No hay tiempo para el placer”, se dice a sí misma. Además, él no parece necesitar los encuentros eróticos. Desde hace seis meses no la toca como antes. Parece que se hizo madre y perdió todo su atractivo erótico. Pero a ella le gustaría que aunque fuera de vez en cuando la tomara por la cintura, la jalara hacia su cuerpo y le acariciara desde la raíz de la espalda hasta sus hombros, le besara el cuello, le mimara sus redondos senos.

Ni cómo decir nada. Si ella le insinuara que a veces, en el desvelo de los primeros meses de maternidad, recuerda esos días en que se encerraban todo el fin de semana para agasajarse mutuamente, él pensaría que es una mala mujer, que está pensando en esas cosas en lugar de cuidar al bebé. ¿Se tiene que conformar? Seguramente. No hay más opción que esperar por ese día en que la llama del deseo le regrese a su marido. Mientras tanto, seguirá mojando sus sábanas blancas antes de irse a amamantar.

Se sigue creyendo que el erotismo de la mujer debe ejercerse en función de la sexualidad de los hombres y, además, que las madres (sobre todo las que dieron a luz recientemente) son intocables. Se nos enseña que nuestra misión es satisfacer a la pareja y no entender nuestra pasión, expresar nuestro deseo o seducir al otro.

 

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Es madre soltera. Tiene dos hijos, cada uno de padre diferente. Ninguno llegó a conocer a su vástago; el primero se fue a otra ciudad y jamás volvió. El segundo se asustó, volvió al redil, a su casa grande, a la familia que lleva su apellido.

Se llama Lucía y le gustaría volver a enamorarse. Ha tenido encuentros pasajeros con un par de amigos; nada lo suficientemente fuerte como para establecer una relación. Porque para dar ese paso, necesita sentir una pasión lo suficientemente alebrestadora, pero, ¿cómo se consigue eso hoy en día?, se pregunta en esas noches en que termina haciéndose el amor a sí misma. ¿De qué manera deberá actuar frente a sus hijos si es que halla lo que anhela? ¿Deberá volver a los encuentros a escondidas, ahora no por miedo a la esposa de su amante sino a sus hijos? Quizá lo único que le queda es esperar, aguantar hasta que los chicos crezcan y se vayan de la casa. Pero para entonces seguramente será demasiado tarde.

Lucía no encuentra opciones. Lucía decide dejar de pensar y dormir sin soñar.

Psicólogos y terapeutas familiares recomiendan a las madres solteras que desean establecer una nueva relación, que sean francas con sus hijos, sobre todo si están en la adolescencia o son mayores. Si son más pequeños, al principio lo ideal sería decirles que saldrán con un amigo, sin revelarles que podrían llegar a tener un noviazgo. Dicen en el portal www.madresoltera.org que si los hijos tienen una buena relación con su padre es menos probable que se sientan amenazados por la posibilidad de una nueva figura masculina en sus vidas. “Pero si hay tensión, pueden ponerse furiosos y exigir que no salgas con nadie. Si esto ocurre, siéntate con ellos y explícales que tú y su padre continúan siendo amigos, pero que no volverán a unirse”.

Uno de los errores más comunes de las madres solteras, advierten los terapeutas, es intimar con un hombre en la propia casa. Se debería evitar invitar al galán a pasar la noche en el hogar, al menos hasta que la relación sea estable. De esta manera se evitarían las preguntas incómodas pero también que los hijos se encariñen con alguien que tendrá un rol pasajero en sus vidas.

 

 

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Eduviges Dyada admite que el deseo la inunda. Por Inocencio Osorio. Por Pedro Páramo. Juan Rulfo le da voz para expresar sus ansiedades. Y dice: “Una vez que me sentí enferma se presentó (Inocencio) y me dijo: ‘Te vengo a pulsear para que te alivies’. Y todo aquello consistía en que se soltaba sobándola a una, primero en las yemas de los dedos, luego restregando las manos; después los brazos, y acababa metiéndose con las piernas de una, en frío, así que aquello al cabo de un rato producía calentura. Y mientras maniobraba, te hablaba de tu futuro... A veces se quedaba en cueros porque decía que ese era nuestro deseo. Y a veces le atinaba; picaba por tantos lados que con alguno tenía que dar”.

Es ella, quien pudo haber sido la madre natural de Juan Preciado al haber asistido la noche de bodas al lecho nupcial con Pedro Páramo en lugar de la flamante esposa, una mujer que, a pesar de parecer activa en su vida erótica, es en realidad pasiva. Se deja seducir pero nunca pide; cierra los ojos e, inmóvil, espera que la toquen, ya sea como “acto curativo”, “demostración de amistad” o simple sino de la vida. Eduviges es transgresora al quitarle el halo de pecado al encuentro físico, pero entra al redil para asumir el rol pasivo, como muchas.

 

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Canta la española Bebe: “Moldeó el corazón, la razón/ con unos besos de ron y miel./ Horneó con su aliento su pelo/ y caramelo parecía al terminar,/ y quiso saborear la masa de su pan”. A mí Dafne me dijo algo parecido hace unos cuantos días: “¿Qué sería de las mujeres casadas sin los besos furtivos de otros labios?”. Le pregunté: “¿Sólo picoretes?”. Respondió: “Sí. Puedes pasar a más, pero un beso es suficiente para aumentar el deseo que, aunque sigue brillando tras años de matrimonio, a veces se percibe con menor intensidad”.

Madre de cuatro y lista para festejar su cumpleaños cuarenta, acepta que de pronto se ha atrevido a besuquear a alguien más. Le pregunto si ha hablado con su esposo de esa posibilidad, si tienen un acuerdo. “¡Por supuesto que no! Si lo digo, se acaba mi matrimonio. Además, seguramente Joaquín también ha tenido sus affaires, y eso no me afecta. Así está bien nuestra relación. Cuando llega a pasar, me siento renovada. Hasta me vuelvo más paciente con mis hijos y sensual con mi esposo”, responde.

Durante nuestra conversación recuerdo a la sexóloga Rinna Riesenfeld, quien afirma que entre las parejas pocas veces se habla abiertamente de lo que se quiere y desea en la relación en general, en la parte sexual en particular. Afirma que a lo que deberíamos guardar fidelidad es a los acuerdos, no a las personas. No se tiene que decir lo que se hace si ese es el deseo de ambos. Siempre es bueno que cada individuo se reserve algún secreto. Pero sí definir si se es una pareja exclusiva o se puede tener encuentros sexuales con alguien más, si siempre con la misma persona o solo en casos de viajes o por una noche, si se puede salir de reventón con nuevos amigos, si se vale la penetración en un affaire o solo tocamientos corporales, si se harán tríos o intercambios, etcétera. “No deben obviar ningún tema —señala Rinna—, pues sólo así podrán reducir el riesgo de ser infieles al acuerdo consensuado”.

“¿Algún día lograremos que sean muchas las parejas que establezcan estos convenios y no sean mal vistas por la sociedad?”, le pregunto al sexólogo Juan Luis Álvarez-Gayou. Me responde: “Hace 20 años nadie creía que se podrían llegar a casar dos personas del mismo sexo y se convertirían en padres o madres; hoy en día es un hecho que cada vez más personas asumen y comprenden. Creo que un día llegaremos a entender, valorar y aplicar estas opciones al matrimonio monógamo, en lugar de seguir alimentando una doble moral”.

 

Verónica Maza Bustamante

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