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Por el Maestro Internacional de Ajedrez

Carlos Torre Repetto, genio del ajedrez.
(Apache Pirata)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Pareciera que después de miles de partidas jugadas en el curso de su vida desde los 8 años, los escaques se le hubieran transferido a la piel no solo desde el tablero exterior, cual proceso fotográfico, sino también desde dentro hacia afuera, desde lo más profundo de su cerebro, cual escondido proyector de tableros de ajedrez. El año es 1976 y faltan menos de dos años para su muerte, pero su mente cansada y torturada aún tiene la suficiente lucidez para derrotar uno tras otro a los mejores jugadores de México, es cierto que solo son partidas informales de café jugadas a 10 o 15 minutos de duración, pero aun así sus jóvenes rivales de entre 18 y 35 años sienten la autoestima herida de muerte cada vez que el Gran Maestro con mano muy lenta y temblorosa mueve como en una agonía sus piezas para capturar una torre por aquí, una reina por allá o infligir un mate inesperado. Tiene más de 50 años de no jugar un torneo de ajedrez y aun siendo solo una sombra del jugador que fue y que en la década de los 20 enfrentó de manera invicta a tres campeones mundiales, los restos de su genialidad son suficientes para sin desearlo, y recalco, siempre sin desearlo, humillar a los mejores jugadores de los 70 y 80, a Marcel Sisniega, a Felix Villarreal, a Mario Campos, a Roberto Navarro, a Kenneth Frey. Pero su mente ya no puede concentrarse más de una hora continua, él lo sabe y entre aburrido y cansado nos dice que ya no más partidas, que necesita descansar y sube a la habitación del hotel para tomar una siesta merecida.

Nunca nos dirá e incluso llega a enojarse cuando insistimos en preguntarle por qué se retiró de los torneos de ajedrez. Pareciera que en ese pequeño secreto se le fuera la vida, en un segundo sus ojos reflejan emociones mezcladas y pasa del enojo al temor, un temor escondido en lo más recóndito de su alma para finalmente después sentir un poco de lástima por nosotros, nosotros que nunca rozaremos los niveles que él alcanzó con tan solo tres torneos en Europa y sobre todo porque nunca sabremos a ciencia cierta la verdad de su retiro. Solo nos quedará analizar los rumores que corren por aquí y por allá. Algunos dicen que se volvió loco jugando el Campeonato de Ajedrez de Estados Unidos realizado en Chicago en septiembre de 1926, la versión de los organizadores americanos es que siendo el líder del torneo, el hombre que no tenía novia sufrió una decepción amorosa y quiso suicidarse, de ellos mismos salió la versión que cuando solo le faltaba una partida para convertirse en campeón de Estados Unidos un telegrama le causó gran depresión al avisarle que no podría ser profesor de la Universidad Nacional de Mexico, posición para la que nunca aplicó. Y finalmente otras versiones independientes dicen que Carlos Torre, después de rechazar ofertas para convertirse en ciudadano americano, fue objeto de trampas y malos tratos por parte de los organizadores del torneo y al finalizar la penúltima jornada, apenas saliendo del Club donde se realizaba el evento, el pequeño gran hombre que apenas llegaría a 1.60 metros de estatura y que nunca pasó de 55 kilos fue objeto de una emboscada por matones de Chicago de la época, pagados por intereses oscuros que no deseaban en la época del Ku Kux Klan ver a un mexicano convertirse en campeón absoluto de Estados Unidos. Quizás nunca se sabrá la verdad que podría estar archivada en algún sótano de las burocracias americanas. Lo que es cierto es que Carlos Torre permaneció hospitalizado varias semanas y no pudo presentarse a jugar esa última partida que con un empate le hubiera bastado para proclamarse el mejor jugador de Estados Unidos libra por libra o neurona por neurona, como usted prefiera. Y que el hombre que con solo 21 años derrotó al campeón mundial Emanuel Lasker, que empató con los campeones José Raúl Capablanca y Alexander Alekhine y cuyos propios rivales por su meteórica trayectoria lo llegaron a considerar con posibilidades de llegar a campeón mundial, después de ese episodio confuso nunca volvería a jugar un torneo de ajedrez de esa categoría y más bien se retiraría como ermitaño durante varios años a un rancho de su hermano en el estado de Tamaulipas, donde logró recuperar un poco de salud, donde consiguió recobrar algo de su genialidad, pero lo que jamás logró recuperar, por una especie de estrés postraumático, fue el deseo de salir al mundo a vencer a los mejores de su tiempo o al menos ir a ganarles a los estadunidenses a su propia casa sin el temor de recibir una golpiza.

ROBERTO NAVARRO SEGURA

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