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‘Lista negra’

Guillotina tarjeta de crédito
(Eduardo Salgado)

por Rafael Tonatiuh

Diciembre del 2012, la actriz Maya Mazariegos, envuelta en bufandas y gorritos como una Betty Boop navideña tabasqueña, se compró una nueva cámara fotográfica digital en una tienda Radio Shack. El joven dependiente nunca le explicó que necesitaba un adaptador para bajar sus fotos a su lap top, de manera que al introducir la memoria a su computadora, a ésta se le incendió la tarjeta madre (y valió madre). Al aparato se le fue el sonido, se le borró la pantalla, se alentó, la pila dejó de cargar, todo el tiempo la resetea y le recetea sus guamazos.

Como por ahora carece de un envidiable poder adquisitivo, se le ocurrió solicitar una tarjeta de crédito en una tienda departamental, para pagar una nueva computadora a plazos.

Ni a mí ni a Mayita nos hacen gracia las tarjetas de crédito. Yo creo que las adquieren personas ambiciosas que se quieren pasar de listas y terminan enganchadas a su adicción de gastar en pendejadas. Mayita, quien es una compradora compulsiva y no escatima en gastos y cambia de outfits mínimo tres veces al día, es consciente de que con una tarjeta de crédito en sus manos acabaría fácilmente en la cárcel o en el mil veces temible Buró de Crédito.

Adquirí mi primera y única tarjeta de crédito en enero del 2012, cuando viajé a París. La tramité porque en diciembre mi tarjeta de débito no pasó al pagar un disco en Mix Up; pensé que sería aterrador que por alguna estúpida razón mi tarjeta no pasara una cuenta en la Ciudad de las Luces; no era mala idea llevar una tarjeta de crédito de emergencia. Al regresar a México pagué mi deuda y cancelé la cuenta.

La tarjeta de crédito puede ser la única salida en casos extremos. Conozco una pareja de artistas plásticos que, irónicamente, sacaron sus plásticos para comprar galletas y atolito (desde endenantes que las regalara Sedesol), nada de malgastar en martinis de la Condechi, nuevo celular ni carro del año; como no pagaron su deuda entraron a la lista negra del Buró de Crédito (hasta que pasaron cinco años, periodo tras el cual, cuenta la leyenda, el Buró te perdona, pagas cualquier cosa y puedes adquirir nuevamente una tarjeta).

Después de una semana de espera, en la tienda departamental le negaron la tarjeta a Mayita, informándole que estaba en la lista negra del Buró de Crédito.

Mayita jamás ha tramitado una tarjeta de crédito y se indignó muchísimo. Le expliqué que en la actualidad, algunos delincuentes encontraron la manera de sacar tarjetas de crédito a nombre de otras personas, una práctica común de delincuencia bancaria, donde también se da la clonación de tarjetas y los cajeros automáticos que se clavan los billetes.

Le conté que a en un lapso de diez años yo mismo recibí llamadas de tres bancos distintos, exigiéndome que pagara deudas de tarjetas de crédito que jamás adquirí, los engañan fácilmente, hasta les dieron direcciones falsas de mi domicilio.

Diversas teorías atormentaron la mente de Mayita: ¿sería una persona conocida quien le sacó la tarjeta, por una especie de venganza? ¿Sería un astuto empleado bancario? ¿Habría llegado el plástico de una tarjeta de crédito en una de sus anteriores direcciones y el nuevo inquilino la estaría usando a su nombre?

Una mañana, Mayita se estaba alistando para aclarar la situación en las oficinas del Buró de Crédito, cuando sonó su teléfono celular. Era un empleado bancario, haciendo propaganda de un “tiempo compartido” en un centro vacacional de Cancún, aprovechando las ventajas de su tarjeta de crédito.

Mayita brincó: “¿Cuál tarjeta de crédito? ¿Por qué estoy en la lista negra el Buró de Crédito? ¿Cómo tienen mi número?”

Le explicaron: “Usted tiene una tarjeta de crédito desde 1984, con un crédito actual de cinco mil pesos”. Mayita se rió: “¡Ese año todavía ni nacía!”. Sin embargo, efectivamente, tenía una cuenta. Mayita pensó que su ahora difunto padre, como hombre previsor, le abrió una línea de crédito para asegurar su futuro, sin haberse tomado la molestia de avisarle.

Mayita respondió que por esa tarjeta, que nunca solicitó, la habían puesto en la lista negra del Buró de Crédito. El empleado le informó que por uso de tarjeta ya había generado intereses, mismos que debía pagar, para sacarla de la lista negra. Mayita le hizo ver que la cuenta estaba en ceros. ¿Qué intereses, si el crédito ni se había tocado? El empleado sugirió que activara su tarjeta, para sacar dinero y pagar los intereses de una deuda que todavía ni tiene. Mayita respondió que no, el del banco concluyó entonces que no veía otra alternativa que cancelar la cuenta, vía telefónica, y luego avisar al Buró de Crédito para sacarla de la lista negra.

Con tal de que Mayita tuviera su lap top, le dije que abriría mi tarjeta de crédito en la tienda departamental, para sacar la computadora. Era imposible que a mí me la negaran, pues desde mi viaje a París no había vuelto a solicitar otra tarjeta de crédito y estaba limpio.

La solicitud me la negaron porque “no había generado historial crediticio”, es decir, por no haber usado antes tarjetas de crédito, ni me había endeudado como la gente normal. Aunque Kafka no lo crea.

Tal vez la Virgencita nos protege al no darnos tentaciones para gastar como ricos siendo pobres.

Rafael Tonatiuh

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