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Leñero

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Alegría Martínez

Autor de más de 15 obras —aparte de sus novelas, cuentos, reportajes, ensayos, diaria labor periodística editorial y de su paciente y encomiable labor como maestro de escritores—, los personajes del teatro de Vicente Leñero nos pertenecen, en muchos casos son personas conocidas, con nombre y apellido, seres que formaron parte de sucesos determinantes en nuestra vida político-social, deportiva y cotidiana, o que pasaron por sucesos que merecen ser conocidos.

La mudanza marcó mi experiencia de espectadora en 1979, porque su autor, el escenógrafo Alejandro Luna, y el director Adam Guevara, construyeron un símbolo de esa arena movediza en que transformamos nuestra existencia. Este montaje me llevó a presenciar más de 9 puestas en escena de su dramaturgia.

Leñero incursionó con esta obra en un teatro metafórico, expresionista, versión en la que María Rojo y Luis Rábago interpretaron al matrimonio que se mudaba a un departamento habitado por fantasmas. Antonio López Rojas era el jefe de los cargadores, aferrado a la más terrena realidad plagada de ironía. Los personajes se movían cada vez menos entre un cúmulo de enseres domésticos que parecía engullirlos.

El dramaturgo sostuvo en su momento que ¡Pelearán a diez rounds! era una obra con carácter simbólico que debía reflejar nuestra realidad mexicana a través del mundo del box.

Para este texto dramático, en el que además construyó una metáfora del pleito conyugal, Leñero quería una “pelea de a de veras” y se decidió contratar para cuatro rounds al noqueador Pipino Cuevas, ex campeón mundial de peso welter, ya retirado, quien, aunque en escena debía simular los golpes contra el personaje que interpretaba el actor José Alonso, le rompió tres costillas. Se suplió al actor con el boxeador Jaime Lozano, pero la parte actoral con Carlos Ancira y con Rebeca Jonnes, no alzó el vuelo y la temporada llegó a su fin.

En otras ocasiones, como sucedió con su obra Todos somos Marcos, escrita para el ciclo de Teatro Clandestino, la pareja protagonista, interpretada por Arcelia Ramírez y Álvaro Guerrero, discutía intensamente desde visiones radicalmente opuestas, no solo sobre las acciones del conflicto armado en Chiapas y el subcomandante, sino frente a la postura periodística de Héctor Aguilar Camín sobre ese levantamiento, que fue fuertemente cuestionada a través de los parlamentos de estos personajes.

Más de 15 obras con distintos tratamientos, que apuntaban a la experimentación sobre distintos desafíos artísticos, Leñero nos legó en su teatro, pero su obra Nadie sabe nada, (1988), fue aún más allá, al exponer con precisión, a través de un thriller, el microuniverso anclado a los acontecimientos políticos y a la forma en que se viven al interior de la redacción de un periódico, que se extendía a la red de corrupción, poder, persecución de la verdad y crímenes, que esto genera en un país como el nuestro.

Esta obra, estrenada en el entonces Centro de Experimentación Teatral (CET), del INBA, que dirigió Luis de Tavira, implicó para su autor un inmenso trabajo de dramaturgia múltiple para poder dar seguimiento a lo largo de nueve espacios escénicos, a lo que hacían los personajes una vez que éstos habían salido de escena.

Este montaje de teatro simultáneo, invitaba al espectador a atisbar tanto dentro de la oficina de una directora de periódico y senadora priísta —cuyo nombre jamás se mencionaba, pero cuya acción, revelaba de inmediato su identidad e intención—: Socorro Díaz, directora de El Día. Asimismo, tenía presencia un personaje femenino al que fácilmente se podía relacionar con Victoria Adatto de Ibarra, procuradora del Distrito Federal, con su infaltable mascada al cuello y, por si fuera poco, se escuchaban las notas del Himno Nacional en escena, asunto prohibido.

Nadie sabe nada fue también un desafío escenográfico para José de Santiago, que abrió la oportunidad de observar, no solo al interior de la redacción de un periódico, del cubo de entrada de 4 departamentos, cantina, baños de vapor, cabaret y taquería, sino también de ver lo que sucedía en la calle, donde se llevaba a cabo una persecución entre agentes con pistola, trepados al estribo de un vocho rojo que cruzaba el escenario, esto entre muchos actos más.

Esta compleja trama de personajes, buscaba revelar periodísticamente, desde el escenario del Teatro El Galeón, un secreto decisivo para la política nacional, que surgía de la oficina del presidente de la República y que nunca sabremos en qué consistió, porque así lo quiso su autor.

Quizá el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado tenía una pista, porque la obra fue censurada, por lo que compañía, dramaturgo y director, enfrentaron  la autoritaria decisión, mediante la toma del teatro, donde pernoctó el elenco completo.

El acuerdo, luego de varias reuniones con autoridades y la aceptación de algunos cambios, permitió la continuación de la temporada, gracias a la postura del equipo artístico de esta obra, como sucedió con la también censurada El martirio de Morelos, donde el héroe sexenal elegido por el gobierno de José López Portillo era desmitificado.

En nuestro país, regularmente enfermo de amnesia (lo que para nuestro infortunio es un hecho), es cual lo plasmó Leñero en esta obra de teatro, en relación a todo aquello que nos aqueja como mexicanos, Nadie sabe nada.

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