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Las vaqueritas del 76

Si hacemos bien las cuentas, aquellos niños de los setenta, que hoy vamos ya en la cincuentena, le debemos a Mitchell buena parte de nuestro mapa erótico.
Si hacemos bien las cuentas, aquellos niños de los setenta, que hoy vamos ya en la cincuentena, le debemos a Mitchell buena parte de nuestro mapa erótico. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


Cuando yo era un niño, a mitad de los años setenta, la sociedad mexicana se dividía entre los que amaban a los Vaqueros de Dallas y los que considerábamos que era un equipo antipático, a pesar de la atractiva estrella que decoraba el casco y de la mitológica estampa de Roger Staubach. Un quarterback con un nombre muy sonoro, que cualquiera podíamos pronunciar en una sola emisión de voz: rollerestóbac. Quizá el encanto no venía de su estampa mitológica, sino de la fonética de su nombre.

Pero esa división quedaba escrupulosamente suturada cuando el tema eran las porristas del odioso equipo, las cheerleaders, the 36 most beautiful girls in Texas, según rezaba el eslogan. Sobre los Vaqueros había opiniones divididas pero ninguna duda sobre la gracia y la simpatía de las vaqueritas (así pasaron a llamarse). Este recuerdo viene a cuento porque la artífice de las vaqueritas, la que puso a aquellas 36 bellezas en un póster lúbrico-deportivo que le dio la vuelta al mundo, Suzanne Mitchel, murió la semana pasada.

Si hacemos bien las cuentas, aquellos niños de los setenta, que hoy vamos ya en la cincuentena, le debemos a Mitchell buena parte de nuestro mapa erótico; sus 36 pupilas, sumadas al póster de Farrah Fawcett y al de la Mujer Biónica, fueron gasolina para la llamita erógena de nuestra infancia.

Suzanne Mitchel era una chica texana que ejercía de directora de Relaciones Públicas en una empresa de Nueva York, cuando recibió una llamada de Tex Schramm, el presidente de los Vaqueros de Dallas. Tiene guasa que el presidente del equipo más famoso de Texas se llamara Tex, como si el presidente de las Chivas fuera un chino de nombre Chí.

Pues resulta que Suzanne Mitchell llegó a Dallas, a su nueva oficina, con la misión de remodelar el equipo de cheerleaders, cuando iba a disputarse el Superbowl de 1976, Acereros de Pittsburgh contra Vaqueros de Dallas, un partido que mi hermano y yo grabamos íntegro en tres o cuatro videocasetes Beta.

En ese Superbowl una vaquerita causó revuelo porque guiñó el ojo, de manera muy coqueta, cuando la cámara le hacía un merecido close-up. Aquel gesto espontáneo sentó las bases del proyecto: las vaqueritas tenían que ser coquetas, enseñar algo de piel y, simultáneamente, ser modelos de conducta recatada para la juventud, y la senectud, texana. Mitchell duplicó el número de porristas y las vistió con  una blusa azul, de escote generoso, un chalequito blanco con estrellas que hacía juego con unos shorts mínimos y unas botas blancas a gogó de plástico brillante. “Obviamente no les ponemos esos uniformes a las chicas para que no enseñen nada”, declaró Mitchell, en 1978, en la revista Sports Illustrated, a propósito de un debate moral sobre la conveniencia de tener cada partido 36 pares de piernas desnudas haciendo la coreografía del cancán. Para acallar a los puritanos, a los moralistas y a los pudibundos, Suzanne Mitchell publicó, y publicitó, las condiciones para convertirse en una vaquerita de Dallas: además de ser muy guapa, la aspirante debía tener entre 18 y 26 años y ser “respetable”, entendiéndose por esto que debía estar casada, de preferencia ser madre, o estudiante de tiempo completo o, siquiera, tener un trabajo que la mantuviera ocupada todo el día, sin tiempo ni energía para darle vuelo a la hilacha. Ya sé que esto lo dice uno de manera automática pero, ¿de dónde viene esa frase?, ¿qué demonios es la hilacha?, ¿será eso que me estoy imaginando? Además las porristas tenían prohibido fumar, beber alcohol y (¡Vírgen pura!) mascar chicle. Qué curioso que en los setenta el chicle calificara como material pernicioso, a la altura del cigarro y el alcohol. También, reveló entonces Suzanne, antes de salir a actuar las vaqueritas se recogían en una piadosa media luna, en mitad del vestidor, para rezar un set de plegarias. Finalmente revelaba el sueldo de una cheerleader: 15 dólares menos impuestos por partido. ¿Cómo podían pagarles, a esa constelación que troqueló en nuestra memoria el canon de belleza texano, 15 miserables dólares por partido?

Suzanne dirigió a las vaqueritas de 1976 a 1989, luego regresó a Nueva York a coordinar las Relaciones Públicas del equipo olímpico de ski y después trabajó en una revista, que era en realidad para lo que había estudiado, periodismo, en la Universidad de Oklahoma, cuando era fan no de los Cowboys sino de los Jets de Nueva York.

Esta historia nos invita a preguntarnos qué tanto debemos a aquellas vaqueritas del 76, que mirábamos con veneración (es decir, en abierta actitud venérea) en los pósters que decoraban habitaciones, talleres mecánicos y taquerías en aquel México mocho, premoderno y campanudo, en el que las vaqueritas brillaban, como una esperanza inalcanzable, en medio de Chabelo, Viruta, Capulina y Jacobo Zabludowsky. ¡Qué infancia tan oscura tuvimos, amigos míos! ¿Será que esa afición tan mexicana por las rubias, es obra de Suzanne Mitchell?

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