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Larga vida y prosperidad

El señor Spock
(Mored)

PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto Albarrán


Los cohetes espaciales, las leyendas de Yuri Gagarin, Valentina Tereshkova y la perra Laika; el mismísimo Apollo y el alunizaje; Aldrin, Arsmtrong y Collins, despertaron el sueño de viajes interestelares, de comunicación con otras especies y aventuras en el espacio que el cine y la televisión alimentaron profusamente amamantándose con literatura de ciencia ficción. Difícil saber que el hijo de unos inmigrantes judíos ortodoxos (de uno de sus rituales retomó elementos para idear la legendaria señal vulcano) Leonard Nimoy, iba a ser una figura toral e inspiración primigenia para aquellos que soñaron con esos periplos imposibles. Su personaje, el señor Spock en Viaje a las estrellas, a pesar de ser en apariencia deshumanizado e implacable (características que por poco le cuestan la desaparición de la serie, cosa que no ocurrió gracias a Gene Rodenberry, autor de la historia), se transformó en símbolo de esa aspiración, cuya influencia pasa por Barack Obama, Los Simpson y The Big Bang Theory.

El anuncio de su muerte generó pesar en diversas generaciones. Nimoy-Spock, esa indivisible dicotomía que tanto le costó asimilar, nos había marcado.

A través del teletransportador, el Capitán Kirk, el Señor Spock y el Doctor McCoy descienden a un mundo verdaderamente aterrador y hostil. Un territorio que supera cualquier pesadilla que hubieran podido experimentar en sus viajes por el universo. Un periplo que rompe todos los esquemas que pudieran podido prefigurar en sus fantasías más intrincadas.

Y ahí estaban esos viajeros intergalácticos (el primero representa el espíritu temerario, el segundo la racionalidad y el tercero la empatía), tan lejos del Enterprise y tan cerca de una historia espeluznante: Nueva York, 1929, el día en que se derrumbó la bolsa valores —económicos y de los otros—, se desmoronó el dólar y el capitalismo salvaje supo que el antiguo mito sobre la fragilidad del mundo y el potencial cíclico de las crisis financieras, se hizo realidad derrumbando los sueños guajiros de un sistema voraz, feraz, donde la avaricia había tocado fondo.

Es ahí, bajo los escombros, donde nuestros personajes reconocen a las bestias de la ambición y la malicia de los especuladores, mientras al mismo tiempo contemplan el advenimiento solidario del proletariado. Es ahí, y no ante las batallas con seres inesperados en el hiperespacio, donde el contenido vulcano de las orejas puntiagudas reconoce que el poder de la lógica se desmaya si no lleva en su interior el poder de la pasión y el arrebato.

Un capítulo memorable cuyas complejidades solo podían compararse con el enfrentamiento de Douglas Phillips y Anthony Newman, del Túnel del tiempo, con el mismísimo Maquiavelo; o cuando la tripulación del Seaview llegó a Pearl Harbour con Kowalski azotándose por la zona de camarotes; o cuando Starky & Hutch van a Haití a resolver un caso con zombis chupa sangre. O ya de plano en aquella ocasión en Perdidos en el espacio en que el doctor Smith es engañado por unos extraterrestres que, tratando de hacerlo creer que si traiciona a los Robinson podrá regresar a la Tierra, confeccionan una dudosa versión terrestre con moscas del tamaño de un hobbit.

El Señor Spock tenía la peculiaridad de hacerle sentir no solo a sus compañeros de aventuras en el S.S. Enterprise que formaban parte de una raza maldita y muy escuálidamente desarrollada, sino que hacía extensible esa capacidad en los espectadores que nos sentíamos frente a sus ejercicios de reflexión como cavernícolas adorando el fuego. Nosotros los terrícolas que nos hemos creído forjadores del concepto de civilización, junto al vulcano nos sentimos como buenos salvajes condenados a ser como Viernes frente a la mirada tierna de Robinson Crusoe.

Y esa era la intención de Gene Rodenberry, autor de Star Trek, cuando concibió al señor Spock como este ser cuasi robótico, inteligentísimo, entrañable, a veces irritante, pero con los instrumentos necesarios para sentir. Y a diferencia de Guillermo de Bakersville que se conformó con lo que le contó Adso de Melm sobre el amor, Spock sí conoce los placeres de la carne trémula. Al dotarlo de ese aire de superioridad y al mismo tiempo de la capacidad de admiración suficiente como descubrir en la raza humana sentimientos, ideas y manifestaciones dignas de ser admiradas y reproducidas cuando podían encapsularse en una palabra “¡Fascinante!”.

Como fascinante la narración discográfica de Nimoy de Las crónicas marcianas de Ray Bradbury que está circulando en el Twitter de @OpenCulture. Como fascinante haya sido como el director de Tres hombres y un bebé. Como fascinante es que el peinado de Spock está basado en el corte a la  Beatle, mismo que su padre peluquero recuperó para ofrecerlo a la clientela y allegarse unos recursos.

Spock pertenecía a esa raza que siente más orgullo de sus dudas que de sus certezas.

'Downton Abbey'

Heredera de una gloriosa serie televisiva de culto setentero, Los de arriba y los de abajo (donde se ventilan las historias de un familia aristocrática y la servidumbre que los atiende), Dowton Abbey se yergue como uno de los más importantes fenómenos en estos tiempos en que las series viven su época dorada.

Quizá porque mientras se retrata el estilo de vida de un lord inglés y su inquieta prole, también se describen los avatares del pequeño ejército que les sirve, todo en medio de los grandes cambios políticos y sociales. Comienza con el hundimiento del Titanic, pasa a la Primera Guerra Mundial y las consecuentes evoluciones de una sociedad que se despoja de los ataviamos victorianos y comienza a abrazar nuevas formas de apertura: las mujeres ya no se conforman con ser objetos de ornato y maternidad, buscan la participación política, la lucha de clases se exacerba y un mundo nuevo está por constituirse.

En medio de estos ejes se entrecruzan las existencias de lores y doncellas, mayordomos, lacayos y miladies, mucamas, cocineras y aspirantes a reinitas. Así construyendo un gran mural que guía al espectador por intrigas palaciegas, radiografías históricas, feria de vanidades y tragediones bíblicos, debidamente salpicados con el característico humor inglés. Una narración exquisita, atractiva, que conjuga la modernidad, la nueva cultura popular (el jazz, el Foxtrot van desplazando al vals y ópera) y los juegos aspiracionales. Todo pasa del melodrama a la intensidad teatral sin perder la atención de los espectadores que arden por saber qué trama resultará más atractiva, si la de los sirvientes (un universo que también vive sus revoluciones) o la de los aristócratas que también tienen que aprender que hay vida más allà de las cremas, los vestidos, los trajes y los oropeles. La ética laboral está que arde y pende sobre sus cabezas como una espada de Damócles.

Downton Abbey podrá ubicarse en el los primeros años del siglo XX, pero muchos de sus contenidos están vigentes.

Un recuerdo de honor para Anthony Mason

Recordémoslo como una mole de músculo que se abría paso por la duela con la alegría y la autoridad de un tanque con las bombas preparada. Durante los 90, cuando en los Knicks rifaban Patrick Ewing y Charles Oakley, fue el mejor sexto hombre que venía de la banca para asegurarse de impactar en el equipo contrario. Todo fuerza y rigor, esta criatura era una bestia enchida de rencor cuando se trataba de maltratar a quienes se interponías entre él y los rebotes en el área de la pintura.

De mirada pícara y lengua viperina, Mason sembraba el terror a su paso y eso los fanáticos de los Knicks de Nueva York, hoy tan desamparados, se lo recordamos con nostalgia y afecto. Descanse en paz.

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