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La infamia de Capufe

Ese 27 de mayo, sin embargo, no había habido ningún accidente, al menos a la hora que pasé por el lugar, pero Capufe, previsor como es, esperaba que lo hubiera.
Ese 27 de mayo, sin embargo, no había habido ningún accidente, al menos a la hora que pasé por el lugar, pero Capufe, previsor como es, esperaba que lo hubiera. (Cuartoscuro)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Juan Manuel Villalobos


El pasado 7 de junio se mató un automovilista que circulaba en la carretera México-Querétaro, en el kilómetro 65 —a la altura de Tepeji del Río—, uno de los 15 que están en obras desde hace varios meses y que ha convertido la autopista más transitada del país en una trampa mortal, en un trayecto de seis horas (alegoría de un vía crucis) y en  una infamia nacional.

Son casi 30 kilómetros de embotellamiento que se recorren en dos o tres horas los que provocan las obras sempiternas y en donde se ha habilitado el carril de acotamiento como un carril normal, con baches, piedras, asaltantes y vendedores ambulantes, y un carril del sentido inverso, de Querétaro a México, dividido por unas frágiles barreras anaranjadas que presagian lo peor. Y lo peor, lo sabemos, ocurre con bastante frecuencia en este país.

La previsión que tiene Capufe de los accidentes, los asaltos y los muertos que sus obras —mal señalizadas, cuando lo están—, provocan, es escalofriante: el pasado viernes 27 de mayo, transité a media mañana por dicha carretera y en la caseta de salida, la de Tepotzotlán, en una hoja impresa y pegada a la caseta se  anunciaba un accidente en el kilómetro 67, dos kilómetros después del lugar en el que un tráiler embistió el 7 de junio un coche compacto, percance en el que murió una persona.

Ese 27 de mayo, sin embargo, no había habido ningún accidente, al menos a la hora que pasé por el lugar, pero Capufe, previsor como es, esperaba que lo hubiera. Se equivocó de incidente, de hora y de kilómetro: lo que hubo fue un asalto a las nueve de la noche, en el km 57, a un autobús escolar del Colegio Kennedy de Jurica que regresaba de una excursión en la Ciudad de México y que, atorado por las obras, fue presa  de un asaltante que subió armado, despojó de sus pertenencias a los niños y quiso secuestrar a una niña.

La política de Capufe, según me explicó el hombre que me cobró en la caseta una vez que llegué a San Juan del Río y le externé mi queja por la falsa información —el accidente en el km 57— y por las obras, es dejar el anuncio de un accidente como previsión de lo que esperan que suceda: una colisión, un asalto, un muerto o varios. Su ironía me dejó helado: si así se comportan los empleados, cómo lo hará su jefe: hoy no, pero mañana seguro alguien se mata. En todo caso, el 7 de junio, Capufe atinó con el muerto, aunque se equivocó por dos kilómetros, peccata minuta de una empresa que trafica con la muerte segura y cobra 140 pesos  por ella.

Conrado García, un usuario que debe tomar esa carretera todos los fines de semana, posteó en su cuenta de Face-book, al enterarse de los hechos del 7 de junio: “Es (sucedió) en el tramo en donde los irresponsables de Capufe tienen colapsado por sus eternas y mal planeadas obras. Ahí inventaron un carril de contraflujo aislado solo por las barreras de plástico, en zona de curvas y pendiente. Capufe es responsable de la pérdida de vidas, tiempo y dinero. Su inepto director se llama Benito Neme. No responde un solo tuit”.

Según datos del Consejo Nacional para la Prevención de Accidentes, la carretera México-Querétaro registra tres accidentes diarios (cuando no está en obras) y es la segunda más peligrosa del país (la primera es la de México-Puebla). Pero la ineptitud y la manera en que Capufe y su director, Benito Neme Sastre —que no solo no responde los tuits, sino que tampoco toma ninguna llamada—, se escudan en la muerte para hacer lo que les venga en gana, es escandalosa.

El pasado 6 de febrero, en la carretera Cuernavaca-México fui testigo, a la hora del cierre por las obras que se llevan a cabo de un enloquecido segundo piso, de la utilización de tres ambulancias para desviar a los coches a la altura de Tres Marías. Con las sirenas en alto, al unísono, orillan a todos los automovilistas, los cuales suponen que el tráfico se debe a un terrible accidente que amerita tres ambulancias. La sorpresa es que no van a recoger a ningún muerto: las ambulancias son usadas como  barreras para dirigir los coches hacia la desviación, tras dos horas de retenciones. En el kilómetro 55 de esa carretera se han registrado también asaltos e incidentes por el mismo motivo: los embotellamientos de 10 a 20 kilómetros por hora.

Según Raúl Paxtian Ventura, subsecretario técnico de Capufe, las ambulancias están ahí “para canalizar el tráfico de manera ordenada”, como lo explica torpemente en una carta que me hizo llegar en respuesta a mi queja. Es evidente que Paixtán no ha transitado por esa carretera de noche, porque de haberlo hecho, sabría que las ambulancias no están ahí para ordenar ningún tráfico, sino para evitar que la gente atorada en un embotellamiento de tres horas tenga la tentación de tocar el claxón para quejarse, aunque podría hacerlo en memoria de los muertos que el señor Paixtian, el señor Neme y la empresa Capufe cargan a sus espaldas, 24 mil al año, 55 diarios en las carreteras del país, de acuerdo a datos de la Organización Panamericana de la Salud.

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