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Justin da lecciones a rockeros mexicanos

por Juan Alberto Vázquez

A comienzos de los noventa, el alcoholismo de Alejandro Lora estaba tan avanzado, que era común verlo caer sobre el escenario, mentando madres al olvidar sus fáciles y predecibles letras, ofreciendo un show tan hermosamente deplorable, que cualquiera se estremecía por estar frente al arranque de la leyenda. Los fans ya nos mirábamos desfilando frente al féretro del líder, en el nutrido funeral del que vendría siendo el primer mártir auténtico del Rock hecho en México (Rockdrigo González no cuenta), y que habría sido enterrado merced a la congruencia y fidelidad que siempre tuvo con sus excesos.

   Pero ante el terror que implicaba la idea de buscar chamba ya sin su gallito de los huevos de oro al lado, Chela Lora, La Domadora, puso orden en la casa, aplacó al borracho del marido y tomó el negocio en sus manos. Lo que siguió después ya no sorprendió a nadie: El TRI de México dejó de ser molesto y por el contrario se convirtió en un producto alineado, más cercano al folclor que a la rebeldía. Al grado de devenir en el show estelar de muchas convenciones del PAN, chaquetazo que ilustra muy bien al nuevo Alex Lora, convertido al mandilonismo gracias al poder de convencimiento de su querida Yoko.

   No es que nadie desee que se los músicos se mueran, pero por alguna razón atribuida al morbo occidental, existe un lazo indestructible entre la credibilidad de un músico, lo turbulento de su existencia y la cantidad de episodios celebrados al margen de la ley. Baste revisar las biografías de gente como los Rolling Stones, Jim Morrison, Amy Winehouse, Charly García, Elvis Presley, Kurt Kobain, Janis Joplin o el mismísimo Jimmy Hendrix, para dar fe de lo anterior.

 Entonces resulta cuando menos incomprensible que los muertos prematuros ligados a la música, que en el rock en inglés se cuentan por decenas, en México nos sean provistos por personajes de la música popular y hasta de la ¡vernácula! Por sus excesos murieron Lucha Reyes, Javier Solís, José Alfredo Jiménez —quien además y pese a su apariencia se convirtió en un gigoló más consumado que todos los de la Gusana Ciega juntos—, Víctor Iturbe El Pirulí, ajusticiado por sus nexos con el narco y Mike Laure, recordados todos ellos por darle vuelo a la hilacha de manera persistente y ejemplar, pero sobre todo por reflejar dichos excesos en sus interpretaciones.

   Por otro lado, busque usted cualquier escándalo reciente relacionado con un músico mexicano que interprete rock, y solo hallara los berrinches de Carla Morrison o la detención en el alcoholímetro de un tal León Larreguí, vocalista de la banda Zoé, episodios que se suman a un catálogo lamentable y penoso. Porque sangre, mugre, “comportamientos inapropiados” o actitudes valemadrosas y respondonas, que uno esperaría de personajes como los Tacubos, los Fobios o los Dildos, sucede que mejor nos las ofrecen tías guarras como Alejandra Guzmán, Gloria Trevi, o personajazos como Kalimba y Reily, de quienes obtenemos las historias de pederastias, malviajes, cirugías fallidas y otras dignas de aparecer en la portada del Alarma! , de las cuales uno siente un morboso orgullo.

   E insistimos: no es que los músicos deban de ser malportados o atormentados por naturaleza, pero lo cierto es que esa mala vida, en el 90 por ciento de los casos ha resultado en obras de arte memorables e inolvidables. En el caso del rock, las drogas construyen y son las tragedias las que cuentan las mejores historias.

EL ESCÁNDALO SE PASÓ AL POP

Recientemente una prostituta brasileña le tomó un video tras de haberlo dejado “noqueado” luego de una intensa sesión de besos y cachondeos. Días después trapeó el escenario con una bandera de Argentina, país donde le retuvieron parte de sus ganancias porque un guarura suyo golpeó a un fotógrafo acosador. Se sabe de su gran amistad con Floyd Mayweather, el Money Maker, quien lo invitó a su esquina el día que dio lecciones gratis de boxeo al Canelo Álvarez y con quien además suele visitar antros desnudistas.

   Sus enfrentamientos con los paparazos son frecuentes, así como sus exabruptos en redes sociales donde suele compartir fotos dándose un churro en una fiesta privada, o comentando su encuentro con el Presidente de cierto país bananero. Si contáramos los escándalos a la altura de cualquier personalidad rockera, celebrados con mucha autoridad y convencimiento en el más reciente lustro, el cantante canadiense Justin Bieber superaría con mucho a los que puede relatar todo el elenco del próximo Vive Latino.

   ¿Será que los músicos de rock ya se cansaron de destrozar habitaciones de hotel, de armar faraónicas juergas o de asumir su obligado enfrentamiento con  la autoridad? ¿Dejarán todo lo relacionado al escándalo y la turbulencia en manos del pop mientras ellos se conforman con nombramientos tipo el Más Sexy del Año tal como sucedió con el cantante de Maroon 5, el irresistible pero descafeinado Adam Levine?

   Los espectadores, la gente que compramos sus discos o vamos a sus presentaciones en vivo, esperaríamos un movimiento con más punch y menos homenajes a José José y la Sonora Margarita. Pues salvo honrosas excepciones, la verdadera revolución musical en México, se está dando en otros géneros, ya no en el rock. Aunque ese es tema de otra reflexión.

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