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Justicia ciega

la Justicia ciega
(Karina Vargas)

“MINISTERIO PÚBLICO EXIGE A INVIDENTE… ¡DESCRIBIR A UN LADRÓN!
Tras sufrir un asalto, la mujer se dirigió a denunciar los hechos, pero fue imposible iniciar la averiguación.”
Francisco Mejía. MILENIO. 26/02/2014. 03:39AM.

Tanteando con su bastón, Lucía atravesó el silencioso Ministerio Público, pues un operativo cercano había requerido la presencia de casi todos los elementos policíacos.

La punta de su bastón tocó el escritorio del agente Andrade, se detuvo y declaró en voz alta: “Vengo a denunciar un robo”. El agente Andrade alzó el rostro y recitó fastidiado: “Describa al agresor”.

La mujer, indignada, se quitó las gafas oscuras y mostró sus pupilas apagadas. “¿Cómo voy a describirlo si soy invidente?” El agente Andrade replicó altivo: “Una persona invidente no es un ser inútil, puede arreglárselas”. “¿Cómo lo sabe?”, respingó Lucía. El agente Andrade se levantó de su asiento y, aproximando su rostro al de la demandante, se quitó bruscamente sus gafas obscuras: “Porque soy invidente, ¿no se da cuenta?” Lucía pateó el suelo: “¿Cómo voy a darme cuenta si no lo veo?”

El secretario de actas escribió: “La niña que se perdió salió con un vestido rojo”, porque era ligeramente sordo, y gritó: “¡¿De qué edad es la niña?!” “¿Cuál niña?!”, preguntó Lucía, confundida. El guardia de planta agitó los brazos, tratando de aclarar la situación, porque era buena persona, y aunque veía y oía perfectamente, era mudo.

“No le hagan caso al secretario”, intervino el lic. Treviño, “por momentos se duerme y habla dormido; por favor, prosiga con su declaración” (el lic. Treviño veía, oía y hablaba a la perfección, pero difícilmente podía practicar carreras con obstáculos, ya que un cocodrilo le había devorado las piernas y la nariz, teniendo que usar, por motivos económicos, una bola roja de payaso, que le quitaba seriedad y nutría un velado odio hacia la humanidad).

Lucía rezongó: “¿Quién es usted, el de la voz graciosa?” El lic. Treviño (quien, efectivamente, poseía una chillona entonación, causada por la prótesis esférica sobre sus labios) le mostró con rabia el dedo medio de su mano derecha, y susurró con aplomo: “Soy el licenciado Treviño. Su abogado de oficio. Puede confiar en mí”. El guardia, quien era buena persona y sabía como se las gastaba el licenciado, tuvo el impulso de tomar del brazo a Lucia y sacarla de allí, pero él mismo se había prohibido tocar las partes demandantes. El secretario de actas anotó: “Ocho años, con apariencia de cuarenta y cinco”.

Lucía prosiguió: “El asaltante, a punta de pistola, me obligó a darle todo mi dinero”. “¡Un momento!”, atajó el agente Andrade, “Si usted es invidente, ¿cómo sabe que fue a punta de pistola? Quizás lo que le extendieron fue el bote que suelen usar las personas que piden donaciones para operar los ojos de invidentes sin recursos, y usted, quien evidentemente odia a los ciegos, creyó que la estaban asaltando”.

Lucía abrió la boca consternada, “Lo sé porque forcejeamos y se soltó un disparo”. En ese momento, el lic. Treviño se puso unos guantes de goma y colocó un silenciador en la punta de su  pistola, diciendo: “¡Cuidado! Tal vez, al luchar por el arma, pudiera matar a alguien”, luego disparó sobre el secretario de actas, quien, tras soltar un gritito, cayó fulminado. El guardia, con señas, le dio a entender al lic. Treviño que no saldría impune de ese crimen.

Lucía y el agente Andrade se sobresaltaron, éste último inquirió: “¿Qué ocurre?” El lic. Treviño, mientras retiraba el silenciador del cañón, agregó: “Nada, el secretario de actas tuvo un sueño húmedo. Señorita ¿podría acercarse hacia mí? Yo avanzaría hasta su sitio, pero lamentablemente carezco de piernas”. Tanteando con su bastón, Lucía se aproximó al lic. Treviño, quien colocó el arma entre sus dedos, e inquirió: “El arma del agresor, ¿era como ésta?” Lucía la palpó: “No. Era una Ruger 22”. El guardia corría de un lado para otro, desesperado por la posibilidad de que el malévolo abogado condenara otra persona inocente.

El lic. Treviño, portando una maquiavélica sonrisa, trató de recuperar su arma, pero Lucía se la arrebató, cortó cartucho y le apuntó en medio de los ojos. “¿Qué pasa aquí?”, preguntó alarmado el agente Andrade, buscando inútilmente su bastón, pues Lucía lo había pateado fuera de su alcance. “Que usted tiene razón”, contestó Lucía, “Una persona invidente desarrolla suficientes recursos para ayudarse”, y de un disparo desintegró el teléfono celular que el lic. Treviño estaba marcando. “¡Guardia!”, ordenó Lucía, “¡entrégame las carteras de éste par de payasos, aunque sólo uno lleve la nariz reglamentaria!”, (ciega de nacimiento, Lucía había desarrollado el resto de sus sentidos de forma que podía captar cualquier débil estímulo: sonido, aroma, radiación térmica, etc., inapreciable al umbral de percepción de la gente común y corriente, y ubicaba todo cuerpo dentro de aquel espacio). “Vamos, tú eres buena persona y estoy segura de que ayudarás a una pobre cieguita”.

Cuando regresaron los policías, sólo hallaron al alegre guardia bailando tap, haciendo malabares con el bastón del agente Andrade. Fue incapaz de narrarles los hechos.

Nota: por causas de fuerza mayor, se cambió el título de esta sección.

Rafael Tonatiuh

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